Habían pasado semanas, silenciosas, densas, como si el tiempo se arrastrara con desgano. para Luna, cada día era una pequeña batalla contra la ansiedad, contra la culpa, contra los recuerdos que aún le dolían en la piel.
No era fácil aprender a respirar de nuevo cuando el aire aún seguía doliendo.
Se había mudado sin aviso, sin un adiós, sin equipaje emocional que no fuera el que le pesaba adentro a una ciudad nueva, con ruidos nuevos y rostros anónimos que pasaban sin juzgarla, sin saber.
Era lo que necesitaba o al menos eso se decía a sí misma cada mañana, mientras se miraba al espejo con la esperanza de encontrar un rostro que ya no le temiera al mundo.
El cuarto que alquilaba era pequeño, pero luminoso.
Una cama de una plaza, una mesita de noche con una lámpara prestada y una ventana por la que entraba la luz del atardecer, con una suavidad que a veces le sacaba lágrimas.
Le gustaba sentarse ahí, con una libreta en blanco, escribiendo frases sueltas, tratando de encontrarle sentido a algo que aún parecía imposible de nombrar.
Mientras tanto, a cientos de kilómetros de allí, Matías no encontraba descanso.
Al principio, pensó que se trataba de un impulso más. “Ya va a volver,” se repetía con la misma arrogancia que lo había llevado a perderla. pero los días pasaron, y Luna no aparecía.
No respondía a sus mensajes, no había actividad en sus redes.
El número que conocía ya no existía, fue entonces cuando el miedo lo empezó a carcomer, no porque sintiera culpa, sino porque por primera vez no tenía el control.
Buscó en sus amistades, en sus compañeros de facultad, en grupos de conocidos. Incluso fue hasta la casa de la madre de Luna, pero ella tampoco sabía nada o si lo sabía, no pensaba decirle.
Matías insistió, lloró, gritó pero, no consiguió Nada.
Desesperado, contactó a la única persona que todavía podía tener un hilo de conexión con ella: Valeria.
Ella, ya se había instalado en Barcelona.
El sueño que venía cultivando desde pequeña por fin se había hecho realidad. Su pequeño departamento tenía paredes blancas, plantas por todos lados y el caos hermoso de quien está empezando una vida desde cero, pero aunque todo parecía marchar bien, había un nudo constante en su pecho que no se iba: Luna, Su amiga del alma, su otra mitad. desde que había desaparecido, la angustia la acompañaba como una sombra.
Cuando vio el mensaje de Matías, algo dentro de ella se tensó.
“¿Sabés algo de Luna? Necesito hablar con ella.”
No respondió de inmediato, de hecho, lo pensó por horas y al final, contestó solo con lo justo:
“¡No!... Y si lo supiera, tampoco te lo diría.”
Matías no se lo tomó a bien.
Le escribió con furia, exigiendo respuestas haciéndose la víctima.
Le dijo que la amaba, que estaba preocupado, que solo quería entender qué había pasado.
Valeria no cayó en su juego, algo dentro de ella le gritaba que no debía confiar y aunque Luna nunca le había contado los detalles, sabía que algo oscuro había pasado.
Lo sentía en la forma en que Luna escribía, en esos silencios, en esas ausencias.
Desde ese día, Valeria bloqueó su número.
No le debía explicaciones a nadie y mucho menos a quien sabía, en el fondo, le había hecho daño a su amiga.
Luna le había confiado el silencio, y ella lo protegería con uñas y dientes.
Mientras tanto, en la ciudad donde Luna había elegido esconderse, la vida empezaba a tomar forma.
Una tarde, mientras caminaba por una calle angosta del centro, con el abrigo apretado al cuerpo y la bufanda cubriéndole media cara, vio un cartel en la puerta de un edificio antiguo en el que buscaban personal.
No decía mucho más, solo un número de contacto y un horario para entrevistas.
No sabía si estaba preparada, ni si realmente tenía fuerzas. Pero necesitaba hacer algo, moverse, sentir que podía valerse nuevamente por sí misma.
Fue al día siguiente, temprano.
El edificio era antiguo, con escaleras de mármol gastado y unos ascensores que crujían con cada piso que subían.
La entrevistaron en una oficina sencilla, con paredes color crema y una ventana enorme que daba a la calle.
La mujer que la atendió era amable, de voz tranquila.
No le hizo demasiadas preguntas.solo
le bastó mirarla a los ojos, quizá notando algo que no necesitaba explicación.
Le ofrecieron el trabajo en el acto.
No importaba qué debía hacer allí.
No era relevante. lo importante era que cada mañana podía salir de su habitación, tomar el bus, cruzar la ciudad y entrar a ese edificio donde, por unas horas, podía sentirse parte de algo, de algo que no dolía.
Los primeros días fueron duros, la ansiedad la seguía como una sombra.
Tenía miedo de encontrarse con una cara conocida, de ver a Matías en cualquier esquina. pero con el tiempo, empezó a relajarse.
Aprendió los nombres de algunos compañeros, memorizó el trayecto del colectivo.
Encontró una cafetería donde la chica del mostrador le sonreía cada vez que pedía su capuchino de Vainilla.
Era poco, pero era un comienzo.
Por las noches seguía escribiendo, a veces cartas para Valeria que nunca enviaba y algunas otras veces frases sueltas, recuerdos, pedazos de dolor.
Habían noches en las que no podía dormir, en las que las pesadillas la despertaban empapada en sudor. sintiendo que Matías estaba ahí, tras la puerta acechando. pero otras noches más suaves, soñaba con el mar, con libertad y con la voz de Valeria riendo entre luces cálidas.
Valeria, por su parte, seguía escribiéndole con la misma ternura de siempre, con la paciencia de quien sabe esperar.
No exigía explicaciones, no presionaba. Solo estaba, como una mano extendida del otro lado del océano.
“Te extraño, pero me basta con saber que estás bien.”
Ese mensaje llegó un viernes, justo cuando Luna salía del trabajo.
Se detuvo en la vereda, el celular temblando entre sus dedos y por primera vez en semanas, sonrió.
Una sonrisa chiquita, Frágil, Pero verdadera.
Porque aunque aún no pudiera decir todo lo que le dolía, aunque aún no tuviera el valor de mirar su pasado de frente.
Sabía que estaba avanzando, paso a paso, respiración tras respiración.
Y eso, en ese momento, era suficiente