El aire en la ciudad había comenzado a cambiar.
El invierno se deslizaba hacia la primavera y con él, todo parecía un poco más liviano, más soportable.
Las calles se teñían de luces tenues al atardecer, y la brisa suave que entraba por la ventana del departamento de Luna ya no traía tanto frío, sino una calma inesperada.
Habían pasado varios meses desde su llegada, meses en los que la vida se había ido acomodando, paso a paso y sin apuros.
Luna ya no era la misma chica que llegó con el alma rota, arrastrando una maleta y un silencio doloroso. No del todo.
Su sombra seguía ahí, acechando de vez en cuando, pero ahora ella también tenía un poco de luz para enfrentarlo, consiguió un nuevo trabajo.
Había dejado atrás el primer empleo que tuvo al llegar pues casi sin buscarlo, surgió una oportunidad mejor : un puesto de secretaria en un buffet de abogados
en el mismo edificio viejo donde había empezado su nueva vida, y eso le traía una especie de consuelo extraño, como si su historia se estuviera reconstruyendo en el mismo lugar donde comenzó a sanar.
El trabajo era intenso, pero ordenado. Los días se le pasaban entre agendas, carpetas, documentos y llamadas, y por primera vez en mucho tiempo, sentía que su mente tenía algo más en qué enfocarse que en los recuerdos de Matías.
Cada mañana se vestía con cuidado, se peinaba frente al espejo, se colocaba su perfume favorito y salía de casa con la cabeza en alto. No por los demás sino, Por ella.
Gracias al nuevo salario, pudo arrendar un departamento más grande, uno que le gustó desde el primer instante en que lo vio: estaba en el centro, con una vista preciosa a la ciudad, techos altos y grandes ventanales por donde entraba toda la luz que necesitaba.
Lo amobló de a poco, con cosas sencillas, pero con personalidad: Plantas en el balcón, cuadros llenos de colores en las paredes y una biblioteca pequeña, pero llena de libros que le hablaban al alma.
y entonces, llegó Valeria.
Después de muchos mensajes, muchas llamadas entrecortadas y silencios compartidos, finalmente se animó a visitarla.
Tomó un vuelo desde Barcelona y llegó una tarde fresca, con una mochila a la espalda, los ojos llenos de emoción y esa sonrisa que Luna conocía desde niñas.
Cuando se vieron en el aeropuerto no hicieron falta palabras. Se abrazaron largo, apretado, como si quisieran volver a tejer todo lo que la distancia había intentado deshilachar, a Luna se le humedecieron los ojos, pero no lloró.
Era un llanto distinto, uno que no dolía, uno que aliviaba.
Durante esos días, la casa se llenó de vida.
Valeria cocinaba mientras tarareaba canciones, recorría el departamento con curiosidad, preguntando por cada objeto, cada rincón.
Salían a caminar por el centro, comían en una pequeña picada escondida entre callejones, reían hasta quedarse sin aliento y conversaban hasta la madrugada, como cuando compartían cama en las pijamadas de la adolescencia, contándose miedos, sueños y silencios.
Una de esas noches, cuando estaban sentadas en el sillón con mantas sobre las piernas y tazas de chocolate caliente entre las manos, Luna le entregó un pequeño llavero plateado.
—¿Qué es esto? —preguntó Valeria, confundida.
—Una copia de la llave —respondió Luna, mirándola con ternura—. Esta también es tu casa. Cuando quieras, cuando lo necesites… puedes venir.
No tienes que avisar.
No somos solo amigas Vale... somos hermanas.
Valeria se quedó en silencio, tragando el nudo en la garganta.
Tomó la llave con cuidado, como si fuera algo sagrado, y la guardó en el bolsillo con una sonrisa temblorosa.
—¡Gracias, Lunita!.
Tú también tienes una casa en Barcelona, ¿Lo sabés, cierto?
—Lo sé —dijo Luna y por primera vez, lo dijo en serio.
Hablaron mucho esa noche, de la vida, del trabajo, de los sueños que quedaban por cumplir y como era inevitable, hablaron del amor.
Valeria le preguntó si pensaba en conocer a alguien, si alguna vez se había sentido lista para eso.
Pero Luna bajó la mirada.
—No —respondió, con voz suave pero firme—. No ahora, no puedo o mejor dicho no quiero
Valeria asintió, sin presionar.
—Está bien —dijo—. No tienes que correr, Vas a saber cuándo estés lista.
Luna no dijo nada por un momento. Luego, se encogió un poco sobre el sillón y suspiró.
—A veces todavía veo en mi cabeza a Matías. Su voz, Sus ojos… —Se detuvo, tragando saliva—. No es que quiera. Solo pasa cuando menos lo espero, y no importa cuán lejos esté, a veces siento que todavía está ahí, detrás de mí.
—Es normal —murmuró Valeria, apoyando su cabeza en el hombro de Luna—. Lo que te hizo no se borra de un día para otro, pero estás avanzando, estás sanando, aunque no te des cuenta.
Luna, por primera vez, no discutió.porque en el fondo, lo sabía.
Después de unos días, Valeria tuvo que regresar a Barcelona.
El trabajo, los estudios, y su rutina la esperaban.
Se despidieron Pero está vez con la promesa de volver a verse muy pronto, con planes sin fechas y abrazos que costaban soltar.
Luna volvió a casa con el corazón más lleno.
La soledad ya no pesaba igual. No dolía como antes, ahora había una llave en su mesa de noche que significaba refugio, y una hermana del otro lado del océano que la esperaba sin condiciones.
Ese día, al caer la noche, Luna abrió la ventana del balcón. La ciudad brillaba bajo las luces cálidas y el murmullo del tránsito le parecía más un susurro que un ruido.
Encendió una vela, se sirvió una copa de vino, y volvió a escribir.
Ya no eran frases rotas, sino pensamientos completos. Retazos de una vida que poco a poco, dejaban de doler y aunque todavía no estuviera lista para el amor, sí lo estaba para algo más importante: amarse a sí misma, con todo lo que eso implicaba.
Porque sanar no era olvidar.
Sanar era recordar sin romperse.