Capítulo 19: Latidos Bajo la Luna

1238 Words
El viento seguía meciendo el cabello de Luna mientras ella y Ángel permanecían en la azotea, envueltos en un silencio que no pesaba, sino que abrigaba. Las luces de la ciudad chispeaban a lo lejos como si saludaran, cómplices de ese momento íntimo que acababan de compartir y la noche tenía un brillo distinto. No por la luna ni por el juego de las estrellas, sino por la forma en que dos corazones que habían latido con distancia, por fin parecían encontrar el mismo compás. Luna, con el rostro iluminado por la tenue luz plateada, se giró hacia él, su expresión todavía tocada por la emoción del beso, y Ángel sintió que el tiempo seguía detenido solo para ellos, como si la ciudad hubiese contenido el aliento para no interrumpirlos. —¿Siempre vienes aquí solo? —preguntó ella, su voz suave, como si temiera romper el encanto con un tono más alto o una palabra de más. Ángel la miró sin prisa, sin el peso de las urgencias que solían marcarle el ritmo a los días ahí, en la cima del mundo que conocían, todo parecía tener otro sentido. —Hasta hoy —respondió, sin apartar la vista de sus ojos—. Pero ahora… creo que ya no puedo imaginar este lugar sin ti. La frase no era solo un halago. Era una confesión envuelta en calma, una verdad recién descubierta. Luna sonrió y no con esa sonrisa que se da por costumbre, sino una que nacía desde lo más profundo, esa que solo sale cuando el alma se siente vista, aceptada… amada incluso, aunque aún no se pronuncie la palabra. —Hay algo mágico aquí arriba —dijo ella, caminando hacia la baranda. Apoyó los brazos sobre el metal frío y miró la ciudad— Pero no sé si es el lugar… o tú. La brisa jugaba con su cabello, con sus pensamientos, con la tibieza que nacía en su pecho. Ángel se acercó quedándose a su lado, Sus hombros apenas se rozaban, pero esa cercanía bastaba para hacerle sentir que no necesitaba más y que estar al lado de ella simplemente así, ya era una forma de plenitud. —¿Puedo confesarte algo? —preguntó él, mirando al frente, aunque sintiera que cada palabra que decía estaba dirigida directamente a ella. —Claro —respondió Luna, girando apenas el rostro hacia él. Su mirada, serena y luminosa, parecía invitarlo a decir lo que fuera, sin temor. —Cuando te vi en el ascensor… pensé que estaba soñando, que había imaginado la tarde del café, sinceramente no pensé que te vería otra vez tan pronto. Luna dejó escapar un suspiro, uno que cargaba más de lo que decía, como si en su interior se removieran emociones que llevaba días evitando enfrentar. —Yo tampoco —admitió—. Pero algo me decía que tenía que volver como si algo aquí dentro —señaló su pecho con una tímida sonrisa— me empujara en tu dirección. Se hizo una pausa, pero no era incómoda. Era como si ambos estuvieran midiendo el momento, dejando que el silencio completara las frases que sus corazones ya sabían, un lenguaje sin palabras, solo gestos, miradas y ese leve temblor de los cuerpos cuando están a punto de cruzar una línea invisible. —Y ahora que estás aquí… no quiero que sea la última vez —añadió Ángel, finalmente mirándola. Su voz era un hilo cálido, una súplica sin exigencia. Luna bajó la mirada por un segundo, como si esas palabras hubieran tocado algo dentro de ella luego asintió, lenta pero con firmeza, dejando que esa promesa se grabara en el aire. —No será la última Luna... Lo prometo. Y cuando lo dijo, lo sintió. No como una obligación, sino como una certeza que brotaba de su pecho con fuerza nueva, como si al encontrarse con Ángel, una parte suya también se hubiese reencontrado consigo misma. La luna parecía acercarse más a ellos, como si bajara un poco del cielo solo para ser testigo de lo que se estaba gestando. Era una noche sencilla, sin fuegos artificiales ni palabras rimbombantes, pero estaba llena de verdad, de esas que solo se sienten cuando dos almas se reconocen, incluso si el cerebro aún no alcanza a entender del todo lo que está ocurriendo. Y cuando Luna se recostó suavemente sobre el hombro de Ángel, él supo que no era un sueño, ni un impulso. Era real...Ella era real. Hubo un leve estremecimiento en su espalda al sentir el calor de su mejilla apoyada allí. Era como si toda su historia —la soledad, las dudas, las noches en que creyó que el amor no era para él— se derritiera en ese contacto sutil. No necesitaba más, ese instante era suficiente para redefinirlo todo. —¿Sabes qué me gusta de ti? —murmuró ella sin moverse, sin mirar, solo dejándose sentir. —¿Qué? —preguntó él, deseando que la respuesta no terminara nunca. —Que me haces sentir como si el mundo dejara de correr, como si estuviera en pausa… y solo estuviéramos tú y yo. Ángel cerró los ojos un momento. Respiró hondo, como si quisiera guardar ese instante en su pecho para siempre, como si ese recuerdo fuera lo único que necesitara en los días difíciles que aún podrían venir. —Entonces quedémonos aquí un rato más —susurró—. En esta pequeña pausa perfecta. Y así lo hicieron, permanecieron juntos bajo el manto plateado de la luna, donde todo era posible, donde las dudas y los miedos aún no tenían permiso de entrar, donde solo existía el calor de sus cuerpos cerca, las promesas que nacían sin ser dichas y el latido compartido de dos almas que sin saberlo del todo, acababan de encontrarse. No hablaron más, No hacía falta. El lenguaje de los silencios compartidos era suficiente, a veces, los mejores diálogos no necesitan palabras, solo una presencia que sostenga, que acompañe, que diga “aquí estoy” sin pronunciarlo y en ese “aquí estoy”, ambos encontraron algo que no sabían que buscaban. Luna cerró los ojos por un momento, dejando que la brisa acariciara su rostro, que el olor del cemento caliente de la azotea y la humedad del cielo se mezclaran con el perfume de Ángel. No sabía cuánto tiempo habían pasado ahí, pero por primera vez en mucho tiempo, no le preocupaba el reloj y no tenía miedo por lo que pasaría mañana. Ángel, por su parte, no recordaba cuándo había sido la última vez que alguien le había ofrecido un silencio tan amable, Porque Luna no solo escuchaba: lo habitaba, lo llenaba con su energía y calma, con su forma de mirar el mundo como si aún quedaran cosas por descubrir. Y quizá,esa era la clave. No importaba cuánto uno se había roto antes. si había alguien dispuesto a mirar entre las grietas y quedarse, tal vez todavía había esperanza, tal vez el amor empezaba así: no con una gran declaración, sino con una pausa, con un latido compartido, con una promesa que se entrega sin pedir nada a cambio. Esa noche, sobre la ciudad que seguía su curso ajena a ellos, Luna y Ángel comenzaron a escribir su historia, una historia sin fecha exacta de inicio, pero con un primer capítulo que llevarían siempre en la piel. La luna, silenciosa fue testigo esa noche y parecía sonreír.
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