Capitulo 12: Un reencuentro inesperado

1241 Words
La noche se alargaba oscura, fría y Luna Mercado caminaba hacia el vestíbulo del edificio con una sensación de agotamiento que parecía haberse apoderado de su cuerpo. El día había sido largo, lleno de tareas interminables y lo único que la mantenía en pie era la idea de llegar a casa, desconectarse con una taza de café caliente y un buen libro para despejar el estrés de la jornada. ¡No necesitaba nada más!. El sonido metálico del ascensor la hizo detenerse frente a las puertas con una exhalación cansada, pensó que nada podría interrumpir la rutina de la noche, hasta que vio cómo las puertas se cerraban justo cuando intentaba entrar. En ese momento, Ángel había presionado el botón para que se abrieran nuevamente. Parecía haber llegado justo a tiempo. Él se giró hacia ella y sin dudar, le sonrió amablemente. —¿Vas a esperar el siguiente? —preguntó, con voz suave y cálida, disipando la pesadez del día. Luna lo miró, sorprendida por su amabilidad, No era común que las personas fueran tan accesibles en esos momentos. La gente en su mundo solía estar atrapada en sus propios pensamientos, demasiado ensimismada para notar a los demás. —No, no hace falta —respondió con un leve encogimiento de hombros— Ya está aquí. Él soltó una ligera risa y se acercó. Luna solo lo observó en silencio. Él era un hombre de estatura media, sencillo, no un ser atractivo, pero con una presencia que la hizo sentirse cómoda de inmediato, como si lo hubiera conocido toda su vida, pero jamás en los lugares en los que solía frecuentar y ambos entraron al ascensor. Él sin esos nervios de las veces anteriores al verla y justo cuando las puertas se cerraban, un extraño ruido metálico interrumpió el ambiente. Luna levantó la vista hacia las luces del techo, que comenzaron a parpadear y apagarse, dejándolos en completa oscuridad. El ascensor se detuvo de golpe, haciendo que su corazón diera un pequeño salto en su pecho. —¡Oh no, no puede ser! —exclamó Luna, apretando su bolso contra el pecho, mirando a Ángel con una mezcla de frustración y resignación. Estaba acostumbrada a los contratiempos, pero quedar atrapada en un ascensor justo al final del día… eso no estaba en sus planes. —Parece que sí —respondió él con una sonrisa tranquila. — No te preocupes, en un par de minutos estaremos fuera de aquí. Luna suspiró, intentando calmar su creciente incomodidad. No le gustaba estar en lugares cerrados, y el simple hecho de estar atrapada en un ascensor no era lo que consideraba “un buen cierre de jornada” Sin embargo, algo en la calma de él la hacía sentirse segura, aunque no entendiera bien por qué. —Bueno… espero que tengas razón —dijo, con una ligera risa nerviosa. El silencio se instaló entre ellos durante unos segundos, cada uno atrapado en su propio espacio pero, algo en el aire parecía cambiar. Luna sentía como si el tiempo se hubiera detenido, como si todo a su alrededor se hubiera calmado en ese pequeño cubículo. Las luces de emergencia titilaban débilmente, proyectando sombras suaves en las paredes metálicas y no podía evitar notar la presencia de él a su lado, cuando sus miradas se cruzaron, un breve instante bastó para que Luna sintiera una extraña corriente de calidez invadirla. En sus ojos marrones, vio algo más allá de la amabilidad, algo que le hizo sentir que el mundo que la rodeaba se desvanecía un poco más...Era tan sutil, pero tan profundo, que por un momento, Luna olvidó respirar. —¡Soy Ángel, trabajo aquí como guardia! — dijo él, en tono amigable, rompiendo el silencio. —Aunque, espero que este no sea el tipo de encuentro que esperabas. Luna sonrió, ligeramente avergonzada por la intensidad de sus propios pensamientos. —¡Luna! —respondió, recuperando la compostura— y si ya me di cuenta de que trabajas aquí y definitivamente no, no es lo que esperaba. Él soltó una pequeña risa — cierto, el uniforme — dijo entre risas y presionó el botón de emergencia, pero sin éxito. Luego, mirando a Luna, dijo: —Lo bueno es que al menos no hay nadie más aquí, ¿no?. El mal rato se hace más llevadero cuando no hay tanto público compartiendo el encierro. Luna sonrió, sintiendo cómo la tensión se desvanecía. Algo en él hacía que la situación incómoda pareciera menos importante. —Sí, tienes razón, aunque preferiría estar en mi apartamento, acurrucada con una manta —dijo ella, casi sin pensarlo. — ¿Te gustan las mantas? —preguntó Ángel, con tono juguetón, rompiendo aún más el hielo.— Yo soy fan de las mantas, especialmente cuando hace frío, pero jamás en una noche no tan fría como esta. Luna se rió, aliviada por el cambio de tema. —Soy una experta en mantas, en serio, debería haber una especie de campeonato de mantas, porque sería campeona mundial.— Ángel la miró con una sonrisa aún más amplia. —Entonces, ¿debería desafiarte por el título? Luna levantó las cejas, sorprendida por su atrevimiento y le lanzó una sonrisa irónica. —¡Que empiece la competencia!— su conversación continuó de forma ligera y Luna dejó de sentirse nerviosa. Algo en Ángel hacía que todo pareciera más fácil, más soportable. Estar atrapados en ese pequeño ascensor ya no parecía tan malo. Era como si, en ese espacio reducido, el mundo exterior ya no importara...de repente, el ruido metálico de un mecanismo se escuchó, seguido por un suave resplandor de luz que llenó la cabina y las puertas del ascensor, que hasta ese momento se mantenían cerradas, comenzaron a abrirse muy lentamente. Luna miró a Ángel en silencio, algo en sus ojos había cambiado, algo que le hizo sentir que no era solo la luz lo que los iluminaba. Había una conexión, invisible pero palpable, que había nacido entre ellos. El ascensor se detuvo por completo y las puertas al fin se abrieron, la brisa fresca del pasillo los rodeó. Luna sintió un vacío extraño cuando vio el final de esa pequeña burbuja entre ellos. Se detuvo un instante, buscando algo que decir, algo que mantuviera la magia del momento intacta. —Bueno, parece que hemos llegado a nuestro destino —dijo Ángel con una sonrisa relajada. —Sí… parece que sí —respondió Luna, con una sonrisa tonta que no podía borrar, aunque no sabía si era por la sorpresa de lo ocurrido o por lo que sentía al separarse de él. Antes de que pudiera dar un paso hacia la salida, Ángel la detuvo con unas palabras. —Nos vemos pronto, que estés bien, Luna. Ella lo miró, confundida, pero con una calidez extraña creciendo dentro de ella. —¿Nos veremos pronto?— preguntó intrigada. Él sonrió y, antes de que ella se marchara , añadió: — No tengo duda de que nuestros caminos se cruzarán de nuevo. Trabajamos en el mismo edificio, así que no sería raro que esto vuelva a ocurrir ¿no crees? —Tienes razón—dijo Luna y con esas palabras flotando aún en el aire, Luna avanzó hacia la salida, sin poder dejar de sonreír. Algo había cambiado en sus vidas esa noche, algo que ellos mismos aún no entendían. Pero, una cosa era segura: Ambos sabían que esa no sería la última vez que volverían a verse.
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