Miguel y Ángel estaban sentados en la terraza de un bar, la luz amarillenta de la tarde ya se desvanecía, y el ambiente se llenaba con el bullicio de la ciudad, entre risas y chistes, las cervezas se iban acumulando sobre la mesa.
Ángel se apoyaba sobre su silla con una actitud relajada, como si nada le importara, mientras Miguel, con una sonrisa curiosa, parecía dispuesto a poner sobre la mesa uno de esos temas que siempre lograban generar una buena discusión entre ambos.
—Escucha esto, Ángel—comenzó diciendo Miguel, tomando su cerveza con las dos manos y mirando hacia el horizonte:
“Hay una leyenda que dice que cada persona tiene un hilo rojo atado al meñique, invisible para los ojos, pero que los conecta con su alma gemela.
No importa el tiempo, la distancia o las circunstancias.
Ese hilo siempre te llevará hacia esa persona destinada a ti.”
Ángel soltó una risa burlona, casi como si la historia fuera una broma bien conocida.
—¿De verdad Miguel? ¿Estás diciendo que existe un hilo invisible que une a la gente para siempre? , ¿Cómo si fuera magia o algo sacado de una novela barata de amor?—.
Ángel dio un trago largo a su cerveza y se recostó más en su silla, mirando a su amigo con incredulidad.
—Es más que magia Ángel— replicó Miguel con seriedad. —Es una creencia antigua.
La gente en muchas culturas la ha tomado como una forma de explicar cómo, a veces, las personas se encuentran a pesar de las circunstancias.
Es un símbolo del destino, del verdadero amor.—
Ángel soltó un bufido, con una sonrisa cínica en los labios. —¿Destino?, eso suena como algo que inventaron para darle sentido a las vidas aburridas de gente que no sabe qué hacer con sus días.
El amor verdadero, la magia, esos son inventos de personas que no tienen nada mejor que hacer y sinceramente, si el amor fuera tan real como lo pintan, no existirían todos esos desastres "amorosos" que vemos a nuestro alrededor.
Románticos que se creen invencibles, pero que terminan completamente rotos.
Miguel le lanzó una mirada desafiante, pero sin dejar de sonreír. —
¡Tú No lo entiendes, Ángel!.
La gente a veces está tan enfocada en lo superficial que no ve lo que realmente importa.
El amor, la conexión, el destino… todo eso está ahí, aunque no lo veas a veces, solo hace falta creer un poquito.—
Ángel miró a su amigo como si estuviera hablando en un idioma extranjero.—¿Creer en qué? ¿En el amor eterno?
¿En que todo tiene un propósito?.
Te lo repito, la gente se engaña a sí misma, y lo peor es que lo creen.
Miguel dio un sorbo a su cerveza, como si estuviera disfrutando de la conversación, pese a las diferencias.
—No estoy diciendo que todo el mundo lo entienda.
Yo creo— continuó él— Creo que lo que pasa es que tú nunca has experimentado algo tan profundo.
Te has mantenido alejado de todo eso, sin arriesgarte a sentir algo verdadero, ¿no?—
Ángel se rió nuevamente, esta vez de manera más contenida. —Te equivocas, amigo. Yo sí he experimentado cosas, pero no todo se trata de encontrarse con alguien y ponerle un nombre a lo que sea que suceda. —y con una pequeña sonrisa continuó diciendo.—
He tenido muchas noches, y créeme, No necesito un hilo rojo para saber cómo funciona esto.
Las mujeres, los romances… no son más que momentos fugaces.
No busco algo profundo, solo busco diversión y compañía sin complicaciones, en eso hasta ahora me ha ido bastante bien.
Miguel lo miró con escepticismo, aunque también un poco de curiosidad.
—¿Y nunca te has detenido a pensar en lo que tal vez te falta?.
Quiero decir, sí, te va bien con las mujeres.
Las conquistas con tus palabras, tu labia de poeta. Pero… ¿no crees que algo más podría estar esperándote? Algo real, no solo una noche y adiós.
Ángel se encogió de hombros, mirando a su alrededor mientras las luces de la ciudad comenzaban a brillar más intensamente.
Lo real es lo que hay, lo que yo veo es que no necesito un cuento de hadas, ni una historia romántica para sentirme bien conmigo mismo.
El amor, el destino… eso suena como un truco barato para distraer a las personas de la verdad.
La gente no se conecta de forma mágica, se conecta porque hay química, porque hay algo en común y lo demás es puro teatro.
Miguel suspiró y tomó otro trago de cerveza. —Lo que pasa Ángel, es que nunca has dejado que el amor verdadero te encuentre y tal vez, cuando menos lo esperes, ese hilo rojo te atrapará sin que lo puedas evitar.— y mirando a su amigo le agregó—
"Ángel el pececito colgado de un hilo"— no pudo evitar la risa.
Ángel se quedó en silencio por un momento, mirando a su amigo con una mezcla de curiosidad y desdén.
—Eso lo veremos, Porque hasta ahora, no ha aparecido ningún hilo rojo, ni me han atraído historias de amor eterno.
Yo sigo mi camino, y la verdad me parece mucho más divertido.
Miguel lo observó por un instante, con una sonrisa en los labios. —El problema es que tú estás buscando lo fácil, Ángel. Y a veces, lo que es fácil no es lo que realmente nos llena.
Ángel soltó una risa sin mucho entusiasmo, pero no contestó,Pero en su interior, algo le decía que la conversación aún no había terminado.
Quizá había algo de cierto en lo que Miguel decía o quizás, solo quizás, los dos estaban tan atrapados en sus propias creencias que era imposible llegar a un acuerdo.
Mientras tanto, las cervezas seguían desapareciendo de sus vasos, y la noche continuaba su ritmo, como un eterno enredo de posibilidades.