Capitulo 8: El desvelo de la duda

984 Words
El sol de la mañana se filtraba suavemente a través de las cortinas mientras Ángel se despertaba, aún algo aturdido por las cervezas de la noche anterior. Se sentó en la cama, observando el reloj de la mesita de noche. Eran casi las diez de la mañana. Había dormido poco, pero eso no era algo raro en él de hecho, había aprendido a vivir con pocas horas de descanso a veces, las noches se alargaban sin que él se diera cuenta hasta que finalmente el sueño lo atrapaba. Sin embargo, algo en esa mañana le daba vueltas en la cabeza. —“El hilo rojo… qué estupidez,”— murmuró para sí mismo, mientras se frotaba los ojos con los dedos, tratando de alejar esa sensación rara que había quedado en su pecho desde la conversación con Miguel. Ángel se levantó y fue al baño, al mirarse en el espejo, la imagen de su propio rostro lo devolvió a la realidad. No era un hombre guapo, ni mucho menos, pero sí tenía algo que atraía la atención de las mujeres. No se trataba de su aspecto físico, sino más bien de su manera de hablar, su labia. Siempre había sido un buen conversador, un poeta de circunstancias, lo que lo hacía popular entre las mujeres con las que compartía noches de aventuras, sin compromisos pero en su interior, aunque no lo admitiera se sentía vacío, como si esas conexiones nunca lo alcanzaran verdaderamente. Después de ducharse y vestirse de manera relajada. Ángel decidió salir a caminar. El sol ya estaba alto, pero el aire seguía fresco. Caminó por las calles con la mente perdida en pensamientos que no lograba ordenar, hasta que se dio cuenta de que había llegado al parque. Era uno de los lugares al que acudía a menudo cuando quería despejarse, siempre había algo en la tranquilidad de los árboles y el susurro del viento que le ayudaba a poner sus ideas en su lugar. El parque estaba casi vacío a esa hora. Algunos corredores pasaban concentrados en su ritmo, mientras un par de padres empujaban las carriolas de sus hijos y él no tenía ninguna prisa. Se sentó en una de las bancas de madera que daban hacia una pequeña laguna. El agua reflejaba el cielo despejado, mientras un par de aves volaban por encima, ajenas a las preocupaciones humanas. Sacó su teléfono del bolsillo y se puso a revisar las notificaciones. solo un par de mensajes sin importancia, un comentario en uno de sus videos de r************* , y un recordatorio de que tenía que ir a trabajar más tarde, Pero no fue eso lo que captó su atención. Fue el pensamiento que le vino repentinamente a su cabeza: “¿Y si todo esto del hilo rojo fuera real?” Se quedó mirando la pantalla de su teléfono por un buen rato, como si fuera a encontrar alguna respuesta clara entre los mensajes y las imágenes que aparecían. No tiene sentido, pensó finalmente. No soy de esos tipos, siempre he sido más práctico que eso. No tengo tiempo para creer en cuentos de hadas, ¡claro que no! Pero la duda seguía ahí, presente, como un zumbido molesto que no se iba. “Quizás Miguel tiene razón,” pensó de nuevo, sin querer darle demasiada importancia. No, No puede ser. Soy un hombre racional y la vida no tiene que tener un propósito místico, ni un destino predefinido. Sin embargo, no podía evitar sentir que algo en su interior había cambiado. Quizás solo había sido la conversación con Miguel, o tal vez la forma en que la noche anterior se había alargado más de lo que esperaba, pero Ángel no podía negar que algo había hecho clic en él. No lo entendía, y mucho menos quería entenderlo, pero el hecho estaba ahí: esa sensación de que tal vez, solo tal vez, había algo más grande que él que no lograba captar. Se recostó en el respaldo de la banca, mirando hacia el cielo, que ahora estaba salpicado de algunas nubes dispersas. a lo lejos, se escuchaba el sonido de una guitarra tocada por un joven que se había sentado cerca de un árbol. Ángel no prestó mucha atención a la música, pero sí a los pensamientos que rondaban por su cabeza. “¿Lo que me falta…es una señal?.” Se pregunto en voz baja, como si algo más estuviera esperándole, como si todo lo que había sucedido hasta ahora estuviera construyendo algún tipo de puente hacia algo muchísimo más grande. Esa noche, por ejemplo, no podría haber sido tan simple. Esa conversación con Miguel sobre el hilo rojo, el amor verdadero, las almas gemelas… Todo eso se sentía tan lejano de lo que él había vivido, pero a la vez, había algo que no lograba quitarse de encima. Suspiró, como si quisiera liberarse de esos pensamientos. “¡Soy un idiota!” Se reprendió a sí mismo. “No voy a quedarme aquí buscando respuestas a tonterías... La vida es lo que es.” Se levantó de la banca con un leve estiramiento, decidido a caminar sin rumbo, a despejar su mente con el movimiento. La mañana ya había avanzado, y aunque no tenía ningún lugar al que ir, la sensación de que algo estaba a punto de suceder lo seguía inquietando, algo tan sutil, tan fugaz, que ni siquiera sabía cómo describirlo. Comenzó a caminar por el sendero, mirando al frente sin rumbo fijo. No lo sabía, pero en ese mismo momento, sin que él pudiera verlo, el hilo rojo seguía su curso en algún lugar más allá de su comprensión. La vida tenía sus propios planes, y Ángel, sin quererlo, estaba a punto de ser parte de algo que no podía controlar. Pero, eso aún no lo entendía. Por ahora, solo caminaba, sin sospechar que pronto todo en su mundo iba a cambiar para él
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