ISABELLA
La habitación azul huele a lavanda y a recuerdos muertos.
Es la misma suite donde Alessandro me escondió una vez durante una fiesta de Navidad, cuando teníamos dieciocho años, recuerdo cómo me besaba detrás de las cortinas de terciopelo, jurándome que algún día yo sería la señora de esta casa.
Ahora, soy la prisionera.
He logrado dormir a Matteo, el agotamiento pudo más que el miedo, mi hijo descansa en el centro de la inmensa cama con dosel, abrazado a su dinosaurio, con las pestañas oscuras descansando sobre sus mejillas pálidas, se parece tanto a él que duele mirarlo.
Me acerco al espejo de cuerpo entero, mi reflejo me devuelve la imagen de una mujer al borde del abismo, tengo el pelo revuelto, la ropa arrugada por el viaje y los ojos hinchados.
La puerta se abre sin llamar.
Me giro de golpe, poniéndome instintivamente entre la puerta y la cama donde duerme mi hijo.
No es Alessandro.
Es una mujer, alta, rubia, impecable, lleva un vestido de seda color champán que cuesta más que todo lo que he ganado en mi vida y unos tacones que repiquetean en el suelo de madera como martillos.
Bianca Conti, la esposa del Don.
La he visto en las revistas, en persona es más fría, más afilada, me mira con una mezcla de curiosidad y repugnancia, como si fuera una mancha de grasa en su alfombra persa.
- Así que tú eres el fantasma —dice. Su voz es suave, pero tiene bordes cortantes—. La famosa Isabella.
Me enderezo, no voy a dejarme intimidar ya tengo suficiente con su marido.
- Y tú debes ser Bianca.
Ella suelta una risa cristalina y carente de humor, entra en la habitación, ignorando mi postura defensiva y sus ojos azules recorren el lugar, deteniéndose en Matteo.
- Y trajiste una cría, qué pintoresco. —Arruga la nariz—. Alessandro no me dijo que venías con equipaje extra, odia a los niños, dice que son ruidosos y sucios, me sorprende que te haya dejado meterlo en esta ala de la casa.
- Mi hijo no es sucio —respondo, apretando los puños—. Y Alessandro no tiene nada que decir sobre él.
- Alessandro tiene todo que decir sobre todo lo que pasa en esta casa, querida. —Bianca se acerca a mí, invadiendo mi espacio personal, huele a perfume caro y a inseguridad—. Escúchame bien, sirvienta, no sé por qué te trajo, tal vez quiere jugar un rato con su viejo juguete antes de romperlo definitivamente, pero no te equivoques yo soy la Señora Moretti, esta es mi casa, tú solo eres un cabo suelto al que pronto Alessandro cortara de raíz.
- No quiero tu casa, ni a tu marido —miento, aunque mi corazón traidor se acelera al pensar en él—. Solo quiero irme.
- Nadie se va de aquí a menos que él lo permita. Y por la cara que tenía cuando entró... —Bianca sonríe cruelmente—... creo que planea quedárselos un buen tiempo, probablemente para hacerte pagar cada centavo que le robaste.
La puerta se abre de nuevo, esta vez, la temperatura de la habitación desciende diez grados.
Alessandro está en el umbral, se ha quitado el saco y la corbata, la camisa blanca está desabrochada en el cuello, dejando ver el inicio de los tatuajes en su pecho, se ve cansado, furioso y letal.
Mira a Bianca, luego a mí.
- Lárgate, Bianca —dice, sin mirarla siquiera, su voz es un látigo.
La sonrisa de Bianca vacila.
- Solo estaba dándole la bienvenida a tu invitada, querido y recordándole las normas de...
- He dicho que te largues. —Alessandro da un paso dentro de la habitación, su presencia llena el espacio, asfixiante—. No tengo paciencia para tus juegos esta noche, vete a tu habitación y si vuelvo a verte cerca de esta puerta, dormirás en las perreras.
Bianca se pone roja de ira y humillación, me lanza una última mirada de odio puro antes de salir, cerrando la puerta con un golpe que hace temblar los cuadros.
Me quedo sola con él, el aire se carga de electricidad estática.
Alessandro me mira, sus ojos negros recorren mi cuerpo, deteniéndose en mis labios, en mi cuello, en mis manos temblorosas.
- ¿Te molestó? —pregunta.
- No más que tú.
Él suelta una risa corta y camina hacia mí, lento, depredador.
- Ven aquí.
- No.
Alessandro no espera, cierra la distancia en dos zancadas y me agarra del brazo, arrastrándome hacia la puerta.
- ¡Matteo! —grito en un susurro, mirando a mi hijo dormido.
- Hay un guardia en la puerta nadie entrará, pero tú y yo tenemos una cita en mi despacho, ahora.
Me saca al pasillo y me lleva casi a rastras hacia las escaleras, su agarre es firme, posesivo, siento el calor de su mano a través de mi ropa y mi piel responde con un escalofrío que no tiene nada que ver con el miedo.
Bajamos al despacho, Alessandro abre la puerta y me empuja dentro.
El lugar huele a él, a tabaco, cuero y whisky, cierra la puerta y echa el cerrojo.
Estamos encerrados.
- Siéntate —ordena, señalando una silla frente a su inmenso escritorio.
Me quedo de pie, cruzándome de brazos.
- Prefiero estar de pie.
- Como quieras. —Él rodea el escritorio y se sienta en su silla de cuero, adoptando esa postura de rey arrogante que tanto odio, me mira durante un largo minuto en silencio, dejándome cocer en mi propia ansiedad.
- ¿Dónde está Marco? —pregunto, rompiendo el silencio.
- En el sótano, rezando o eso espero.
- Alessandro, por favor... Él no tiene la culpa, fui yo, yo quise irme.
- ¡Mientes! —ruge de repente, golpeando el escritorio con el puño. El sonido es un trueno—. ¡Sé que mientes! ¡Te conozco, Isabella! ¡Tú me amabas! ¡Te entregaste a mí esa noche como si yo fuera tu religión! Era tu primera vez, ¿si no me amabas porque me darías tu virtud?
Se levanta y viene hacia mí, retrocedo hasta chocar con la estantería de libros, él me acorrala, poniendo las manos a ambos lados de mi cabeza, atrapándome.
- Dímelo —susurra, inclinándose hasta que nuestros alientos se mezclan—. Mírame a los ojos y dime que fue por dinero, dime que no sentiste nada cuando te hice mía.
- Fue... fue hace mucho tiempo —balbuceo, hipnotizada por sus ojos oscuros.
- El tiempo no borra nada. —Su mano sube a mi cuello, acariciando mi garganta con el pulgar, su tacto es fuego—. Tu piel me recuerda, lo veo en cómo me miras. Tienes miedo, sí, pero también tienes hambre.
- Te odio —digo, con lágrimas en los ojos—. Te has convertido en un monstruo.
- Tú me hiciste así, tesoro. —Se pega más a mí. Siento la dureza de su cuerpo contra el mío, siento su erección, él quiere que la sienta—. Me rompiste y ahora... ahora vas a tener que arreglarme o destruirme del todo.
Baja la cabeza, creo que va a besarme, cierro los ojos, esperando el impacto, odiándome por desearlo.
Pero se detiene a milímetros de mi boca.
- El niño —dice, cambiando de tema bruscamente, su voz se vuelve fría, analítica.
Abro los ojos, él me está estudiando.
- ¿Qué pasa con él?
- Tiene cinco años.
- Sí.
- ¿Cuándo nació? —pregunta.
El pánico me inunda, si le digo la fecha exacta, hará cuentas.
- En... en diciembre —miento.
Alessandro arquea una ceja.
- ¿Diciembre? Eso significa que te quedaste embarazada un mes después de irte.
- Sí. Marco y yo... queríamos una familia.
Veo cómo la mandíbula de Alessandro se tensa hasta que un músculo salta en su mejilla. Los celos lo están consumiendo vivo, la idea de que me entregara a otro tan rápido es el ácido que corroe sus venas.
- Qué rápido olvidaste mi nombre en tu boca, Isabella.
Se aparta de mí con asco, como si de repente yo estuviera sucia, vuelve a su escritorio y se sirve un trago, dándome la espalda.
- Vas a trabajar aquí —dice, después de beberse el whisky de un trago—. Para pagar tu estancia y la vida de tu marido.
- ¿Qué?
- Serás parte del servicio, limpiarás, servirás la mesa, fregarás los suelos que una vez soñaste pisar como dueña.
Se gira para mirarme, su rostro es una máscara de crueldad.
- Quiero verte de rodillas, Isabella, quiero que recuerdes cada día lo que perdiste por traicionarme y te advierto una cosa... mantén al niño lejos de mí.
- ¿Por qué? —pregunto, dolida por su rechazo a Matteo.
- Porque cada vez que lo miro, me dan ganas de matar a Marco por haber puesto sus manos en ti. —Sus ojos brillan con una oscuridad peligrosa—. Y si me obligas a verlo demasiado... tal vez empiece a buscar parecidos que no existen y si encuentro algo que no me cuadra...
Deja la frase en el aire, una amenaza suspendida.
- Vete a tu habitación mañana empiezas al amanecer.
Salgo del despacho temblando, con el corazón a punto de estallar.
Alessandro sospecha, su instinto le grita que algo está mal con las fechas, con el niño, me ha degradado a sirvienta para castigarme, pero sé que es solo el principio.
Me está observando, está esperando un error.
Y mientras subo las escaleras hacia mi hijo, sé que estoy caminando sobre un campo minado y que, tarde o temprano, todo va a explotar.