ALESSANDRO
El silencio dentro del Mercedes blindado es más espeso que la sangre.
Vamos en la parte trasera, Yo ocupo mi lugar habitual, el de la autoridad, el del control, a mi lado, pegada a la puerta como si quisiera fundirse con el metal para escapar, está Isabella y en su regazo, hecho un ovillo tembloroso, está el niño.
Matteo.
Ese nombre resuena en mi cabeza con un eco molesto, Matteo un nombre fuerte, italiano.
Miro por la ventanilla oscurecida mientras el convoy atraviesa las calles de Nápoles a toda velocidad, ignorando semáforos y leyes, la policía no nos detendrá, en esta ciudad, mi apellido pesa más que la placa de cualquier agente.
Giro la cabeza lentamente, clavando mis ojos en ellos.
Isabella tiene la mirada fija en el frente, pero veo el pulso acelerado latiendo en su cuello, justo en ese punto suave donde solía besarla hasta que gemía mi nombre, está pálida, hermosa en su terror, ha madurado, ya no es la niña de veinte años que se fue, ahora es una mujer, sus curvas son más pronunciadas, su boca más llena, el paso del tiempo y la maternidad le han sentado bien, maldita sea.
Y el niño...
Mis ojos bajan hacia el pequeño, se ha quedado dormido por el agotamiento emocional, con la cara escondida en el pecho de su madre, una de sus manos cuelga, relajada.
Tiene los dedos largos como los míos.
- ¿Cuántos años tiene? —pregunto. Mi voz rompe el silencio como un cristal estallando.
Isabella se sobresalta y me mira con cautela, protegiendo al niño con sus brazos.
- Cinco —susurra.
- Cinco. —Hago el cálculo mental por décima vez, las fechas son justas, demasiado justas—. Marco dijo que es suyo.
- Lo es.
- Mientes.
No es una acusación a gritos, es una afirmación tranquila, me inclino hacia ella, invadiendo su espacio vital, el olor a su miedo se mezcla con su perfume natural, vainilla y lluvia, un aroma que ha perseguido mis noches durante un lustro.
- Marco tiene los ojos marrones Isabella, pardos y comunes. —Señalo al niño dormido—. Ese niño me miró con ojos negros, ojos de obsidiana, ojos Moretti.
Isabella traga saliva, veo cómo aprieta la mandíbula, intentando mantener la mentira.
- Los ojos cambian, se parecen a los de mi abuela.
Suelto una risa baja, oscura.
- Sigue intentándolo, tesoro, sigue construyendo tu castillo de naipes, me va a encantar verlo derrumbarse cuando sople.
Extiendo la mano, ella se encoge, pensando que voy a golpearla, pero no soy un animal salvaje que golpea lo que quiere conservar, soy un coleccionista.
Paso el dorso de mis dedos por su mejilla, su piel es suave, caliente, tiembla ante mi contacto, no se aparta, no puede.
- ¿Me extrañaste? —pregunto, bajando la mano hasta su barbilla, obligándola a mirarme.
- Te odié cada día —responde ella, y hay fuego en sus ojos. Bien. Prefiero su odio a su indiferencia.
- El odio es un sentimiento apasionado Isabella, el odio significa que pensabas en mí. —Me acerco más, hasta que nuestros alientos se mezclan—. Yo también te odié, te odié tanto que a veces tenía que follarme a otras imaginando que eras tú, solo para poder sacarte de mí sistema por unas horas.
Ella jadea, escandalizada y herida.
- Eres un cerdo.
- Soy un hombre que fue traicionado y tú eres la mujer que va a pagar la factura.
El coche reduce la velocidad, miro por la ventana, hemos llegado al puerto privado, el jet está esperando, una bestia de acero lista para llevarnos de vuelta a Sicilia.
- Hemos llegado —anuncia el conductor.
- Bien. —Me separo de ella, sintiendo la pérdida de su calor al instante—. Despierta al niño, no quiero que lo lleves en brazos, quiero verlo caminar, quiero ver cómo se mueve.
Isabella sacude suavemente a Matteo, el niño se despierta refunfuñando, frotándose los ojos con los puños cerrados.
- ¿Ya llegamos a casa? —pregunta con voz pastosa.
- A una casa, casi —respondo yo.
Bajamos del coche, el viento marino nos golpea, detrás de nosotros, la escolta se detiene.
Dos de mis hombres sacan a Marco del maletero del otro coche, lo tiran al suelo, está consciente, pero aturdido, tiene la cara hinchada por el golpe que le di.
- ¡Papá! —grita Matteo, intentando correr hacia él.
Isabella lo retiene con fuerza.
- ¡No, Matteo! ¡Quédate aquí!
Me acerco a Marco, lo miro desde arriba, con las manos en los bolsillos.
- Súbanlo al avión —ordeno—. Al compartimento de carga con los perros.
- ¡Alessandro! —Isabella se interpone, con lágrimas en los ojos—. ¡Es un ser humano! ¡No puedes tratarlo como a un animal!
La miro con frialdad.
- Se llevó lo que era mío, debería darte las gracias de que no lo arrastre atado al tren de aterrizaje.
Me giro y subo la escalerilla del jet.
—Suban o si que quedan aquí dejo que mis hombres se diviertan un rato.
Isabella palidece, agarra la mano de Matteo y sube tras de mí, con la cabeza baja.
El vuelo a Palermo es corto, pero la tensión lo hace eterno, Isabella y el niño se sientan juntos en un lado de la cabina, yo me siento enfrente, con un vaso de whisky en la mano, observándolos.
Observo cada gesto de Matteo, la forma en que frunce el ceño, la forma en que cruza los brazos cuando está molesto, es como verme en un espejo que retrocede en el tiempo veintitrés años.
La duda se está convirtiendo en certeza y la certeza se está convirtiendo en una furia volcánica.
Si ese niño es mío... si ella me ocultó a mi hijo durante cinco años... Marco Ricci deseará no haber nacido e Isabella... Isabella conocerá una nueva definición de posesión.
Aterrizamos en Palermo, la caravana de coches nos lleva a Villa Moretti.
Al cruzar las puertas de hierro forjado, veo a Isabella estremecerse, conoce este lugar. Creció aquí, aquí se enamoró, aquí concibió a ese niño, si mis cálculos no fallan.
Bajamos del coche.
—Enzo —llamo a mi segundo al mando—. Lleva a Marco al sótano, celda 4. Que nadie hable con él, solo agua, quiero que piense, quiero que sude y quiero que se arrepienta.
- ¡No! —Isabella intenta ir tras ellos, pero la agarro de la cintura y la pego a mi cuerpo de espaldas.
- Quieta —le susurro al oído, mordiendo el lóbulo—. Tu marido está en "tiempo fuera", ahora te toca a ti.
- ¿Qué vas a hacernos? —pregunta ella, temblando en mis brazos.
- A ti y al niño los voy a instalar en la habitación azul. —La giro para que me mire—. Vas a vivir aquí Isabella, vas a comer mi comida, vas a respirar mi aire y vas a dormir bajo mi techo.
- ¿Cómo prisionera?
- Como invitada de honor que no tiene llave para salir. —Le suelto la cintura y me agacho frente a Matteo.
El niño me mira con desconfianza, agarrando la pierna de su madre.
- Bienvenido a casa, Matteo —le digo.
- No me gusta tu casa —dice él con valentía—. Es oscura y tú eres malo con papá.
Sonrío porque tiene agallas.
- Soy malo con mucha gente, niño, pero contigo... contigo todavía no lo he decidido.
Me levanto y miro a Isabella.
- Llévalo arriba, báñalo, quítale esa ropa barata y mañana le traerán ropa decente, y luego...
Hago una pausa, disfrutando del terror que brilla en sus ojos color miel.
- Luego baja a mi despacho, sola. Tú y yo tenemos cinco años de conversaciones pendientes y te advierto, Isabella: si me mientes, si intentas jugar conmigo... iré al sótano y le cortaré un dedo a Marco por cada mentira que salga de tu boca.
- Eres un monstruo —susurra ella.
- Tú me creaste ahora lidia conmigo.
Se da la vuelta y entra en la casa arrastrando a Matteo, huyendo de mí como si fuera el diablo.
Me quedo en la entrada, mirando la luna sobre Sicilia.
He recuperado a mi mujer, he capturado a mi enemigo y tengo a un niño que se parece demasiado a mí para ser una coincidencia.
La caza ha terminado ahora empieza la doma.