ALESSANDRO La paz suena más fuerte que la guerra. En la guerra solo oyes disparos y tu propio corazón, en la paz lo escuchas todo: el teléfono que no para, los obreros remendando los muros, los abogados, los socios que quieren besar el anillo. Llevo tres horas encerrado en mi despacho con Enzo. La mesa está cubierta de mapas y contratos, pero mis ojos se fijan en una pequeña caja de terciopelo n***o que guardo en el cajón superior, junto a mi pistola, es el anillo con la piedra del Corazón de Vulcan. Lo compré antes de ir a la Toscana y antes de que estallara el infierno, ha sobrevivido a la guerra en esta caja fuerte, esperando su momento. —Ya está todo limpio —dice Enzo, cerrando una carpeta—. Los territorios están calmados, los nuevos socios entendieron el mensaje: o se arrodillan o

