8 LA CENA DE LOS SECRETOS

1470 Words
ISABELLA El vestido está sobre la cama, extendido como una segunda piel que espera ser habitada. Es de terciopelo n***o, con un escote en la espalda que baja hasta la cintura y mangas largas, es elegante, caro y absolutamente inapropiado para una prisionera, recuerdo el día que lo compré... o mejor dicho, el día que Alessandro lo señaló en una revista de moda cuando teníamos veinte años y dijo: "Algún día te veré con eso, y no podré dejar que salgas de la habitación". Lo compró, lo guardó, durante seis años. Mis manos tiemblan mientras me quito el uniforme gris de sirvienta, me siento sucia, no por el trabajo físico, sino por la mirada de Alessandro en el jardín, esa mezcla de sospecha y posesión me ha dejado la piel erizada. Me ducho rápido, frotándome la piel hasta que queda roja, intentando quitarme el olor a miedo, me pongo el vestido, la tela fría se desliza sobre mi cuerpo, ajustándose a mis curvas como si hubiera sido cosido sobre mí, me miro en el espejo. La mujer que me devuelve la mirada no es la sirvienta, es la mujer del Don, pálida, con los ojos grandes y asustados, pero con una belleza trágica que el vestido solo resalta. - No llores —me ordeno a mí misma—. Si lloras, él gana. La puerta se abre, no es Alessandro, es Enzo. - El Don la espera en el comedor —dice, sin mirarme a los ojos. - ¿Y Matteo? - El niño ya cenó, está durmiendo y la niñera se quedará con él toda la noche. Asiento, tragándome la bilis, Matteo es su rehén, mientras él esté bajo este techo, yo soy un títere. Bajo las escaleras, el sonido de mis tacones (también estaban en la caja) resuena en el silencio de la mansión, llego al comedor principal. La escena es intimidante, una mesa larga de caoba, puesta para dos personas en un extremo, con candelabros de plata y cristalería fina, la chimenea está encendida, proyectando sombras danzantes en las paredes. Alessandro está de pie junto a la chimenea, con una copa de vino tinto en la mano, lleva un traje oscuro, sin corbata, con la camisa abierta en el cuello, al verme entrar, se gira lentamente. Sus ojos negros me recorren desde los zapatos hasta el peinado improvisado que me he hecho, se detiene en el escote de mi espalda cuando me giro para cerrar la puerta, oigo cómo inspira profundamente. - Te queda mejor de lo que imaginé —dice. Su voz es ronca, cargada de una apreciación masculina que me hace sentir desnuda. - Es un disfraz —respondo, acercándome a la mesa pero manteniendo la distancia—. Igual que esta cena. - Siéntate. Obedezco, él se sienta en la cabecera, a mi derecha, estamos cerca, demasiado cerca tanto que puedo oler su colonia, esa mezcla de madera y cítricos que solía ser mi olor favorito y que ahora es el aroma del peligro. Alessandro sirve vino en mi copa. - Bebe te ayudará con los nervios. - No estoy nerviosa. - Estás aterrorizada, Isabella, veo tu pulso en el cuello va a mil por hora. —Toma un sorbo de su copa sin dejar de mirarme—. ¿De qué tienes miedo? ¿De qué te mate? ¿O de que te bese? - Tengo miedo de lo que eres capaz de hacer por despecho. - El despecho es una emoción vulgar, lo mío es... justicia. Empiezan a servir la cena, platos exquisitos que no puedo probar, mi estómago está cerrado, Alessandro, en cambio, come con apetito, cortando la carne con precisión quirúrgica. - Hablé con Marco —dice de repente. El tenedor se me cae de la mano, golpeando el plato de porcelana con un sonido agudo. - ¿Qué... qué le has hecho? - Nada todavía, solo hablamos. —Alessandro limpia la comisura de sus labios con la servilleta—. Le pregunté por el parto. Me congelo. - ¿Y? - Me contó una historia conmovedora, un parto difícil, en una clínica de Lyon, dijo que casi te mueres, que perdiste mucha sangre. - Es verdad —susurro. Casi muero dando a luz a su hijo, y él ni siquiera lo sabía. - Dijo que el niño pesó tres kilos doscientos y que nació el 12 de diciembre. Cierro los ojos un segundo. Marco ha mantenido la mentira, ha recordado la fecha falsa que acordamos por si acaso. - ¿Ves? —digo, intentando que mi voz suene firme—. Te lo dije. - Sí las historias coinciden. —Alessandro se inclina hacia adelante—. Pero hay un problema, Isabella. - ¿Cuál? - Que Marco tardó tres segundos en responder la fecha, tres segundos, un padre nunca olvida el día que nació su hijo, no duda, no calcula, lo lleva tatuado en el cerebro. - Estaba nervioso, lo tienes encerrado en un sótano. - O estaba mintiendo. Alessandro se levanta la silla arrastra contra el suelo, camina hacia mí y se coloca detrás de mi silla, siento su calor en mi espalda desnuda y sus manos se posan en mis hombros, bajando lentamente hacia mis brazos. - Los perros no dudaron —susurra en mi oído—. Ares se tumbó panza arriba y tú y yo sabemos que ese perro solo se somete ante un Moretti. - Es superstición —digo, temblando bajo su tacto. - Es sangre. Se separa de mí y va hacia la puerta. - Doctor Valentí —llama. La puerta se abre y entra un hombre mayor, con maletín médico y cara de circunstancias. - Buenas noches, Don Alessandro, señora. Me pongo de pie de un salto, tirando la silla. - ¿Qué es esto? - Esto es la verdad —dice Alessandro, implacable—. El Doctor Valentí ha traído un kit de ADN y vamos a tomar una muestra ahora mismo. - ¡No! —Retrocedo hasta chocar con la mesa—. ¡No tienes derecho! ¡Es mi hijo! - Y puede ser mío. —Alessandro me agarra de la muñeca—. Si es de Marco, no tienes nada que temer, el test saldrá negativo, yo pediré disculpas y... bueno, quizás deje que Marco conserve las manos, pero si te niegas... si montas una escena... entonces sabré que tengo razón. Me mira con una intensidad que quema. - Vamos arriba, el niño duerme, será solo un hisopo en la boca y no le dolerá. - Alessandro, por favor... —Lloro, sabiendo que estoy perdida. - Camina. Me lleva escaleras arriba, con el médico siguiéndonos como un verdugo silencioso. Llegamos a la habitación de Matteo, entramos en silencio. La luz de la luna ilumina la cama, Matteo duerme profundamente, con la boca entreabierta, se ve tan inocente, tan ajeno a la guerra que se libra sobre su cabeza. Alessandro se queda al pie de la cama, mira al niño con una expresión que no puedo descifrar. ¿Es dolor? ¿Es esperanza? El médico se acerca con el hisopo. - Abre la boca un poco, pequeño... —susurra el doctor, frotando el algodón contra la mejilla interna de Matteo. El niño se remueve, frunce el ceño —ese ceño maldito, idéntico al de su padre— y se gira hacia el otro lado y sigue durmiendo. El médico guarda la muestra en un tubo estéril. - Listo, Don Alessandro. - ¿Cuánto tardará? —pregunta Alessandro, sin dejar de mirar a mi hijo. - Llevaré esto al laboratorio privado ahora mismo, tendré los resultados preliminares en seis horas, al amanecer. - Bien váyase. El médico sale y nos quedamos solos en la penumbra, Alessandro y yo, a ambos lados de la cama de la discordia. - Seis horas —dice Alessandro, levanta la vista y me mira, sus ojos brillan en la oscuridad—. Tienes seis horas para decidir si quieres decirme la verdad por tu propia boca y ganar algo de clemencia, o si prefieres que un papel decida tu destino. - No hay nada que decir —miento hasta el final, aferrándome a la última hebra de mi secreto. Alessandro asiente lentamente, se acerca a mí, rodeando la cama, me toma la cara con una mano, obligándome a mirarlo. - Reza, Isabella, reza para que ese papel diga que es de Marco, porque si dice que es mío... si descubro que me robaste cinco años de mi hijo... Baja la mano a mi garganta, no aprieta, pero la amenaza es física. - ...entonces desearás haber huido más lejos. Me suelta y sale de la habitación, dejándome sola con la cuenta atrás de mi propia destrucción. Seis horas, al amanecer, el sol saldrá sobre Palermo y mi vida, tal como la conozco, habrá terminado.
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