Perla se sentó junto a la fogata, justo entre Lana y Maya, fingiendo ignorar las miradas persistentes que sentía clavadas en su piel. El calor del fuego no se comparaba con el que le ardía en las mejillas.
—¿Quieres algo de tomar? —preguntó Maya, ofreciéndole una botella con refresco.
—Sí, gracias —respondió Perla con una leve sonrisa, aún sintiendo la tensión en el aire.
Antes de que pudiera llevarse la bebida a los labios, una sombra se acercó por su derecha. Al girarse, se encontró con Alan, quien se agachó ligeramente para quedar a su altura, apoyando los codos sobre las rodillas.
—No sabía que debajo de tus sudaderas y pijamas se escondía una diosa —dijo con una sonrisa ladeada, mirándola directamente a los ojos.
—Tampoco yo sabía que escondías tanto descaro —replicó Perla, alzando una ceja con una media sonrisa.
—¿Descaro? —Alan soltó una risa baja—. Digamos que me dejaste sin palabras... y eso no es fácil de lograr.
Ella lo miró un segundo más antes de apartar la vista, tomando un trago de su bebida como si no le importara. Pero por dentro, el corazón le latía con fuerza.
Alan se levantó con lentitud, aún sonriendo, y volvió con los demás.
Lana, que lo había observado todo con atención, se inclinó hacia ella con una sonrisa maliciosa.
—¿Qué te dije? Hoy vas a ser la protagonista de muchas fantasías —susurró.
—Estás loca —murmuró Perla, negando con la cabeza—. Alan es tu hermano y mi mejor amigo. Guarda tus comentarios.
Maya intervino con una risa descarada.
—¿Y dónde está escrito que los mejores amigos no pueden follar?
—Qué horror —musitó Perla, escandalizada, aunque no pudo evitar soltar una risa.
Maya alzó su botella como brindando.
—Por Perla y su despertar... que tiemble la fogata.
Entre risas, música y miradas que ardían más que las llamas, la noche apenas comenzaba. Y Perla no lo sabía aún, pero no sería una noche cualquiera.
Perla se quedó mirando por unos segundos a Andrés, Alan y Rubén. Los tres estaban en bermudas, sin camisetas, y el resplandor de la fogata realzaba los músculos definidos de sus torsos. No podía negar que tenían un físico más que envidiable.
—¿Te gusta lo que ves, Perlita? —preguntó Rubén con una sonrisa burlona al notar su mirada.
—Pues sabes que no —respondió ella, alzando la barbilla con fingida indiferencia.
—Antes de mentir, límpiate la baba —añadió Andrés, riendo mientras le guiñaba un ojo.
Perla les sacó la lengua con descaro y luego respondió, cruzándose de brazos con una sonrisa astuta.
—Solo me quedé mirándolos y pensé... qué equivocado está el estereotipo de los hombres literarios. Porque la mayoría aquí estudia Literatura, y aun así son guapos, musculosos... casi como si fueran de otro mundo.
—O sea que sí te parecemos guapos —intervino Alan, acercándose con una sonrisa triunfal.
—Perdón, me faltó aclarar —dijo Perla, esbozando una sonrisa maliciosa—: a excepción de ustedes tres, claro.
Los chicos fingieron indignación entre risas y protestas falsas, mientras Maya y Lana estallaban en carcajadas.
—Esta chica va a hacer que se peleen por ella esta noche —murmuró Maya, divertida.
Perla solo bebió un poco más de su refresco, sintiéndose por primera vez en mucho tiempo ligera, segura... y peligrosamente en control.
En ese momento, un chico alto y de sonrisa amable se acercó al grupo. Vestía casual, pero con aire confiado, y parecía sentirse cómodo entre desconocidos.
—Hola, ¿cómo están? Un gusto, mi nombre es Wilson —saludó con voz clara y amigable.
Todos respondieron con un gesto o un "hola" cordial.
—Soy de último año —agregó—. ¿Ustedes de qué año son?
—De primer año —respondió Maya con una sonrisa.
—Ah, genial —dijo Wilson, mirando a su alrededor—. Oigan, ¿conocen a una chica llamada Perla?
La atmósfera cambió de inmediato. Los chicos fruncieron el ceño con desconfianza. Rubén fue el primero en responder.
—¿Por qué? —preguntó con tono seco.
—¿O para qué? —añadió Alan, sin quitarle la mirada de encima.
Wilson levantó las manos en señal de paz, sonriendo con calma.
—Tranquilos. Es solo que el profesor nos leyó en clase un ensayo que escribió esta chica, y me pareció increíble. Me encantaría conocerla en persona, nada más.
Perla, que hasta ese momento había observado en silencio, alzó la mano tímidamente.
—Soy yo.
Wilson la miró, y su sonrisa se ensanchó con sincera admiración.
—Vaya... no solo eres inteligente, también eres preciosa.
El silencio se hizo un segundo antes de que las chicas soltaran risitas cómplices y los chicos apretaran la mandíbula casi al unísono. Rubén le lanzó una mirada asesina, Alan cruzó los brazos, y Andrés resopló, como si se estuviera conteniendo.
Perla, por su parte, solo sonrió con una mezcla de sorpresa y satisfacción.
—Gracias —respondió Perla, sintiendo cómo sus mejillas se encendían, aunque su sonrisa no se desdibujó ni por un segundo.
—¿Te gustaría dar una vuelta? —preguntó Wilson, dando un paso más cerca—. Podrías contarme más sobre el ensayo, me pareció brillante.
Antes de que Perla pudiera siquiera considerar la invitación, Rubén se levantó de golpe.
—Está ocupada —dijo, seco.
Wilson lo miró, sin borrar la sonrisa.
—¿Ah, sí? No lo parece.
—Pues ahora lo está —intervino Alan, cruzándose de brazos con una expresión que no dejaba lugar a bromas.
Andrés se levantó también, dando un paso entre Perla y Wilson.
—Hermano, ¿por qué no vas por allá y le cuentas eso a otra chica? Hay muchas por conocer.
Wilson los miró uno por uno, aún tranquilo, pero con una ceja alzada.
—Vaya, parece que tiene guardaespaldas personales. No sabía que necesitaba permiso para hablar con alguien.
—No lo necesita —intervino Perla de pronto, poniéndose de pie—. Pero gracias por el cumplido. Y por interesarte por mi ensayo.
El tono de su voz era firme pero educado, y aunque no rechazó del todo a Wilson, tampoco lo alentó.
Wilson captó el mensaje y levantó las manos con una sonrisa más suave.
—Lo respeto. Nos vemos, Perla —dijo antes de girarse y alejarse por el sendero.
Perla se giró hacia los tres chicos, cruzándose de brazos.
—¿En serio?
—¿Qué? —dijo Rubén, sin rastro de arrepentimiento—. No me gustó su cara.
—Ni sus intenciones —agregó Alan.
—Y definitivamente no sus cumplidos —remató Andrés, aún mirando hacia donde Wilson se había ido.
Maya y Lana, sentadas, se miraron conteniendo la risa.
—Esto se va a poner bueno —susurró Maya.
—Apostamos a que alguno de ellos revienta antes de que acabe la noche —dijo Lana con picardía.
Perla soltó un suspiro largo, pero una sonrisa se dibujó en su rostro. Tal vez no buscaba atención… pero definitivamente sabía qué hacer con ella ahora.