EL RENACUAJO

1109 Words
—Vamos por más cervezas —dijo Lana, dándole un suave codazo a Maya mientras ambas se alejaban hacia las neveras portátiles. El aire fresco acariciaba sus pieles mientras se abrían paso entre la vegetación iluminada por las antorchas. Maya tomó un par de latas y luego miró a su amiga con curiosidad. —¿Te diste cuenta de cómo se pusieron los chicos cuando ese tal Wilson se acercó a Perla? Lana soltó una risa nasal y asintió. —Esa es la verdadera razón por la que Perla nunca ha tenido novio. Maya la miró sorprendida. —¿En serio? —Alan siempre ha sido demasiado sobreprotector con ella —explicó Lana mientras tomaba otras cervezas—. A ningún chico le parece lo suficientemente bueno para Perla. —¿Será que le gusta? —preguntó Maya bajito, con malicia en la mirada. Lana se encogió de hombros. —No lo sé. Una vez le pregunté directamente y me dijo que la veía como una hermana. —Demasiado protector para verla solo como una hermana. O tú que sí eres su hermana, ¿actúa igual contigo? Lana negó con la cabeza y sonrió con ironía. —Exacto. Eso mismo le dije. ¿Y sabes qué me respondió? Que Perla tiene la cabeza en los libros y no en la tierra, que por eso puede ser más ingenua y necesita más cuidado. —Yo no creo que Perla sea ingenua —dijo Maya con convicción. —Yo tampoco, pero en fin —resopló Lana, antes de volver hacia el grupo. Al llegar con las cervezas, Rubén se puso de pie con entusiasmo. —¡Oigan! ¿Vamos a nadar? —La piscina está muy llena —dijo Perla, mirando hacia el área donde varias personas ya se habían lanzado. —Vamos al lago entonces —propuso Andrés, sonriendo con picardía. —¿Y si hay algún animal? —preguntó Perla, frunciendo el ceño. —No seas tonta, Perliu —dijo Maya entre risas—. Aquí no hay animales, a lo mucho te sale un renacuajo. Las carcajadas se esparcieron entre el grupo. —Si tienes miedo, te doy la mano —ofreció Alan, medio en broma, medio en serio. Perla le dirigió una mirada rápida, alzando una ceja con gracia. —No, gracias. Y que me sigas espantando cualquier posible ligue… no, gracias. El silencio que siguió fue breve pero cargado. Los tres chicos —Alan, Rubén y Andrés— quedaron atónitos ante la respuesta, sin saber qué contestar. Perla giró hacia sus amigas con una sonrisa triunfante. —Bien, chicas. Vamos. Sin más, se quitó la malla y los shorts de mezclilla, dejando al descubierto su traje de baño que resaltaba aún más sus curvas y su seguridad recién descubierta. Lana y Maya la imitaron con una risita cómplice, y juntas empezaron a caminar hacia el lago. —¿No vienen? —preguntó Maya sin voltear, sabiendo bien lo que provocaba la vista. Los chicos intercambiaron una mirada rápida y se quitaron los tenis apresuradamente, saliendo casi corriendo detrás de ellas. —¡Espérennos! —gritó Rubén entre risas. La noche apenas comenzaba… y ya ardía más que la fogata. El agua del lago estaba tibia por el calor acumulado durante el día, y bajo la luz de la luna, todo parecía más mágico, más liviano. Las chicas entraron primero, chapoteando entre risas, salpicándose unas a otras mientras los chicos corrían detrás, lanzándose al agua como niños. —¡Rubén! —gritó Perla al recibir una salpicada directamente en la cara. —¡Yo no fui! Fue el renacuajo —bromeó él, nadando a su alrededor. Andrés aprovechó para sumergirse y salir justo al lado de Lana, dándole un pequeño susto. —¡Eres idiota! —le gritó entre carcajadas, mientras él levantaba las manos en rendición. Alan, por su parte, nadó tranquilo hasta donde estaba Perla, observándola en silencio por unos segundos. Ella se dio cuenta y le lanzó agua con ambas manos. —¡Deja de mirarme como si estuviera por ahogarme! —Solo me aseguro de que no te ataque ningún renacuajo salvaje —respondió él, rodando los ojos con una sonrisa. Maya, flotando de espaldas, murmuró: —¿Se dan cuenta de que esto parece escena de película? —Sí, pero sin presupuesto para efectos especiales —dijo Andrés, ganándose una salpicada colectiva. Después de un rato, regresaron a la orilla, donde extendieron toallas y mantas en la arena. Algunos se envolvieron en ellas, otros se recostaron mirando las estrellas. La brisa era fresca, pero no incómoda. Rubén sacó una bocina portátil y puso música suave. Entre canción y canción, se pasaban botellas, compartían chicles, contaban anécdotas graciosas y hacían imitaciones de profesores. —¿Se acuerdan cuando el profe de gramática dijo que la coma podía salvar vidas? —dijo Maya—. “Vamos a comer, niños”… o “vamos a comer niños”… Todos rieron a carcajadas. —O cuando Perla se quedó dormida en clase y respondió “sí, Aristóteles” a una pregunta de historia medieval —añadió Lana. —¡No fue así! —gritó Perla, roja de risa—. Yo dije eso porque soñé con Aristóteles, ¡no sabía ni dónde estaba! Alan le tendió una manta mientras ella aún se reía, y cuando sus dedos se rozaron por un segundo, ambos se quedaron quietos. No dijeron nada, pero compartieron una mirada distinta, cargada de algo nuevo, más profundo. Maya lo notó y sonrió para sí. —¡Hora de verdad o reto! —gritó Andrés, y todos levantaron la cabeza al unísono. —¡Yo empiezo! —dijo Rubén—. Perla, ¿verdad o reto? Ella lo miró con desafío. —Reto. —Tienes que gritar: “¡Alan es el amor de mi vida!” y darle un beso en la mejilla. Las risas se apagaron un segundo. Perla se encogió de hombros, se puso de pie y caminó hacia Alan con una sonrisa de traviesa. Se inclinó hacia su oído y susurró: —Solo porque es un juego… Luego, en voz alta, gritó: —¡Alan es el amor de mi vida! Y le estampó un beso en la mejilla, causando gritos, aplausos y silbidos por parte de todos. Alan se rió, aunque su rostro permaneció encendido, no tanto por la broma… sino por cómo se le aceleró el corazón. La noche continuó entre bromas, confesiones ligeras y muchas risas. Perla no recordaba la última vez que se había sentido tan libre, tan viva… y aunque no lo sabía, esa noche sería una que todos atesorarían por siempre.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD