La universidad parecía una ciudad dentro de otra.
Torres de ladrillo cubiertas de enredaderas, caminos empedrados, árboles que daban sombra a estudiantes que leían en el césped, y un murmullo constante que olía a café, libros abiertos y futuro.
Perla bajó del taxi con el corazón agitado. Tenía una maleta en una mano y un bolso cruzado sobre el pecho. A su lado, Alana no paraba de hablar, emocionada como una niña en una feria.
—¡Mira eso! ¡Tienen una librería solo de poesía! ¡Y cafetería dentro de la biblioteca! —gritaba como si acabaran de llegar al paraíso.
Alan caminaba detrás de ellas con sus auriculares colgando del cuello y un libro bajo el brazo, más callado que nunca, aunque sus ojos recorrían cada rincón como si ya estuviera escribiendo mentalmente una crónica de todo aquello.
El edificio de residencias se alzaba al fondo del campus, con un estilo sobrio y elegante. Allí los esperaban las habitaciones que serían su hogar durante los próximos años.
—Bienvenidas al sector femenino —dijo una chica con gafas gruesas, que parecía una versión universitaria de una bibliotecaria, al recibirlas en la entrada del ala este del edificio.
Las habitaciones estaban organizadas por sectores: las chicas a un lado, los chicos al otro.
Pero lo mejor era que estaban separadas solo por un pasillo angosto.
La habitación de Perla era la 114, la de Alana la 116, y justo al frente, en el ala opuesta, Alan ocupaba la 115.
Una casualidad… o un destino cuidadosamente alineado.
Alana no tardó ni cinco minutos en colgar sus pósters y encender un parlante con música indie. Perla, en cambio, se tomó su tiempo. Desempacó sus libros uno por uno, colocó una planta junto a la ventana y pegó en la pared una hoja con una frase que la acompañaba desde pequeña:
"Las palabras que no se dicen, gritan entre líneas."
Esa noche, después de una rápida cena en la cafetería del campus, los tres se sentaron en el césped frente a las residencias, mirando las luces de los pisos encenderse una a una.
—Esto se siente… real —murmuró Perla.
—Es real —respondió Alan, con la mirada en las estrellas.
—Y recién empieza —añadió Alana, tirándose de espaldas al pasto con una sonrisa pícara.
Lo que no sabían aún, era que en ese mismo campus, en un rincón silencioso de internet, una historia se estaba empezando a escribir.
Una historia que cambiaría todo.
Porque esa noche, mientras todos dormían, Perla abrió su portátil, creó una cuenta anónima… y comenzó a escribir la primera página de Entre Líneas y Secretos.
El primer día de clases siempre tiene un aire eléctrico.
Nervios, expectativas y ese leve temblor en el estómago que viene con cada comienzo.
Perla caminaba entre edificios con su mochila ajustada al hombro, siguiendo a Alana que hablaba sin parar sobre su itinerario, mientras Alan leía un folleto de actividades extracurriculares.
Llegaron con tiempo a la primera clase del día: Introducción a la Narrativa Contemporánea.
Un aula amplia con grandes ventanales, sillas individuales y una pizarra digital. Perla eligió un asiento junto a la ventana; Alana, uno justo detrás; y Alan, como siempre, eligió sentarse al borde, cerca de la salida.
Fue allí donde la conocieron.
—¿Está ocupado este asiento? —preguntó una voz dulce, pero firme.
Perla levantó la vista y se encontró con una chica de piel morena, cabello corto teñido de azul en las puntas y unos ojos almendrados que transmitían inteligencia.
—No, claro que no —respondió con una sonrisa.
—Soy Maya —se presentó, sentándose con un cuaderno repleto de stickers que decían cosas como "Reescribamos el mundo" y "La rebeldía también se escribe".
Maya era energía pura. Había crecido entre libros y revoluciones, hija de una profesora de literatura feminista y un periodista exiliado. Su perspectiva del mundo era tan intensa como su manera de hablar.
—Yo soy Perla, ella es Alana, y él… —se giró un poco— es Alan, su hermano mellizo.
—¡Encantada! —dijo Maya, saludando a ambos—. Oigan, si alguna vez quieren ir a un club de lectura o meterse a algún taller de escritura experimental, ¡cuenten conmigo!
Después de clase, Maya los arrastró a la cafetería del campus, donde les presentó a dos amigos más que ya conocía del curso de ingreso.
—Ellos son Andrés y Rubén —dijo mientras los empujaba a sentarse.
Andrés era alto, de sonrisa fácil, con el cabello castaño claro un poco revuelto y unos lentes que no le restaban atractivo, sino que le daban un aire interesante. Tenía el tipo de rostro que inspiraba confianza y simpatía al instante. Vestía con sencillez, pero su forma de hablar delataba una mente aguda y un corazón amable.
Rubén, en cambio, era su contraste: más corpulento, con tatuajes en los brazos, barba incipiente y una actitud descomplicada.
—¿Estudian Literatura? Valientes —dijo con una sonrisa torcida—. Yo vine por las historias... pero me quedé por las personas.
Entre cafés, risas y bromas, los seis congeniaron más rápido de lo que esperaban.
Era como si las piezas hubieran estado esperando encajar desde siempre.
Perla observó a su alrededor y sintió, por primera vez en mucho tiempo, que algo estaba floreciendo.
Nuevos rostros, nuevas voces, nuevas historias.
Esa noche, mientras todos dormían y el campus parecía respirar en calma, Perla se encerró en su habitación, bajó la intensidad de la lámpara de escritorio y abrió su portátil. La pantalla la recibió como una vieja amiga.
Entró a la plataforma donde publicaba de forma anónima y abrió el archivo titulado Entre líneas y secretos.
Sus dedos comenzaron a moverse por el teclado, casi por instinto, guiados por algo más profundo que la imaginación.
"Capítulo 2: El deseo empieza en las palabras..."
No todo lo que escribía era invención.
De hecho, muchas de las escenas, los susurros, los deseos…
eran fantasías que ella había guardado en silencio durante años.
Escenarios que solo había imaginado en noches solitarias, sueños que no se atrevía a confesar ni a su mejor amiga.
Perla estaba escribiendo partes de sí misma.
Anhelos no dichos. Secretos que ardían bajo la piel.
Situaciones que no sabía si algún día viviría, pero que ahora se sentían más reales al verlas convertidas en palabras.
Era erótico, sí, pero también era un espejo.
Suspiró, mordió su labio inferior y volvió a escribir.
"Aquel desconocido la tocó como si leyera su alma… como si supiera exactamente dónde comenzaba su hambre y dónde terminaba el miedo."
Sonrió.
Por primera vez, no tenía miedo de lo que deseaba.
Entre líneas, estaba empezando a descubrirse.