COEDITOR

1137 Words
Pasaron unos días desde que Perla publicó sus primeros capítulos y, aunque no lo admitiera en voz alta, revisaba la plataforma varias veces al día, esperando alguna reacción. Una noche, mientras organizaba sus apuntes de literatura y escuchaba música suave, le llegó una notificación. La abrió con el corazón latiendo más rápido de lo normal. > "Buen día, autor Piperly. Es un placer tener su historia en nuestra plataforma. Para un mayor progreso y mejor composición, le recomendamos algunos coeditores con los que podrá mantener comunicación privada. Esta herramienta busca mejorar la fluidez narrativa y enriquecer la experiencia de publicación." Debajo del mensaje había una lista con varios nombres, todos bajo seudónimos llamativos: DarkInk, PlumaObsidiana, SilencioRojo, Fuego&Verso… Pero uno en particular captó su atención. > Nombre: LordBlackthorn Comentario: "Su narrativa es visceral y magnética. El deseo y la inocencia están maravillosamente equilibrados. Me interesa colaborar, no para corregirla, sino para empujarla aún más al límite." Perla tragó saliva. Leyó esa nota al menos tres veces. Había algo en la forma en que estaba escrito: elegante, provocador, como si quien lo hubiera escrito pudiera verla de verdad, entre líneas. Sin pensarlo demasiado, aceptó la propuesta. > "Has seleccionado a: LordBlackthorn como tu coeditor. Podrán comunicarse desde este espacio privado." Perla cerró los ojos, con una mezcla de nervios y emoción. No sabía quién era. No sabía qué pasaría. Pero sí sabía una cosa: alguien al otro lado del mundo entendía exactamente lo que ella estaba tratando de contar. Y eso, de alguna forma, era igual de erótico que su historia. La notificación apareció casi de inmediato, apenas Perla aceptó la solicitud. > L: Hola, Piperly. Es un placer haber sido seleccionado por ti. Perla sintió una punzada de emoción recorrerle el estómago. No esperaba que respondiera tan rápido… ni con tanta elegancia. Se acomodó en la cama, cruzó las piernas y apoyó el portátil sobre su regazo. Escribió con cuidado, como si cada palabra que saliera de ella fuese observada muy de cerca. > P: Gracias a ti por haberte interesado en mi historia. No esperaba que alguien la entendiera tan bien… tu comentario me sorprendió. Pasaron unos segundos. Luego, él respondió. > L: No solo la entendí. La sentí. Hay una sensibilidad particular en tu forma de narrar el deseo… es crudo y poético a la vez. Me intrigaste. Perla mordió su labio, entre nerviosa y halagada. Sentía que ese mensaje tocaba más que su ego de escritora. Tocaba algo más profundo. > P: No sé qué decir… suelo esconderme detrás de mis palabras. Es raro sentirme tan vista. > L: Entonces permíteme leerte entre líneas, Piperly. A veces, lo que callamos en voz alta… lo gritamos en nuestras historias. Perla se quedó mirando la pantalla. Un escalofrío le recorrió la espalda. Él no solo leía sus textos. La leía a ella. Perla no respondió más al último mensaje de LordBlackthorn. No porque no quisiera, sino porque sabía que, si cruzaba cierta línea, podría perder la objetividad que tanto se esforzaba en mantener. Quería conservarlo profesional. O al menos, eso intentaba convencerse. Sin embargo, se fue a dormir con una sonrisa dibujada en los labios. La conexión había sido breve… pero intensa. Alguien, en algún rincón del mundo, había entendido su historia… y, de algún modo, también a ella. --- La mañana siguiente, Perla fue despertada bruscamente por unos golpes en la puerta. TOC TOC TOC TOC —¡Ya va, ya va! —murmuró adormilada, frotándose los ojos mientras caminaba descalza hacia la puerta. Al abrir, se encontró con Alan, con el ceño fruncido y los brazos cruzados. —¿Estás enferma? ¿Tienes algo? —preguntó con tono serio. —¿De qué hablas? ¿Por qué? Alan levantó una ceja y señaló su reloj. —Mira la hora. La primera clase empieza a las ocho... ¡y son las siete y media, Perla! —¡Maldición! —exclamó, dándose media vuelta y corriendo hacia su armario—. ¡No escuché el despertador! Sacó lo primero que encontró: una bermuda deportiva y un buzo n***o que le quedaba enorme. Alan, que la seguía desde la puerta, alzó una ceja con diversión. —Así que ahí fue a parar mi buzo… Perla se detuvo un segundo, se miró en el espejo de cuerpo entero y frunció el ceño. —¿Es tuyo? Él asintió con una media sonrisa. —Ahora te lo regalo. Te luce más a ti que a mí… Pero apúrate, dormilona. Ella se calzó el bolso al hombro, agarró su computador y ya iba a cruzar la puerta cuando Alan la sujetó suavemente por la cintura, deteniéndola. —¡Oye! —protestó, sobresaltada. —¿Vas a ir a clase descalza? Perla bajó la mirada y soltó una pequeña risa al notar sus pies descalzos. Corrió a ponerse sus tenis blancos mientras murmuraba algo entre dientes. —¡Ahora sí! ¡Vamos! Y salieron los dos corriendo por el pasillo del sector de habitaciones —¿Y Lana? —preguntó Perla mientras corrían por el pasillo rumbo al salón. —La envié adelante —respondió Alan con una ligera risa—. Sabes lo lenta que es para correr. No hubieran llegado ni a segunda hora. Ambos rieron justo antes de entrar. Apenas cruzaron la puerta del aula, el profesor los miró con seriedad por encima de sus gafas, como si estuviera a punto de reprenderlos, pero al ver que aún no había empezado la clase, no dijo nada. Cada uno tomó asiento en su respectivo lugar. —Hola, se te pegaron las sábanas, Perliu —susurró Maya con una sonrisita. —No escuché el despertador, Maya… menos mal Alan es mi ángel —respondió Perla, todavía agitada. —Yo quisiera un ángel así —suspiró Maya dramáticamente, girándose luego hacia Lana—. Oye, tú me caerías mejor de cuñada. Lana soltó una carcajada seca y negó con la cabeza. —Ni lo sueñes. Alan no es hombre de compromisos. Ha salido con algunas chicas, pero en serio... nada que ver. Todas son del mismo estilo. —¿Del mismo estilo? —preguntó Maya, interesada. —Oh, sí —intervino Perla, girándose en su silla—. Él tiene un tipo muy definido de mujer: monas, pelo liso hasta la cadera, todas súper gomelas, de su misma estatura… y tetonas. Maya soltó una risa y alzó una ceja, juguetona. —En esa característica aplicas tú. —¿De qué hablas? Tengo una talla normal de busto —respondió Perla, fingiendo indignación. —No lograrás convencerla de que tiene buen busto, yo ya me rendí hace tiempo —agregó Lana entre risas. Las tres rieron juntas, intentando no llamar demasiado la atención. Pero el profesor se aclaró la garganta con fuerza, y todas enderezaron la espalda al instante. La clase había comenzado.
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