El sol de la tarde se colaba por la ventana de la habitación de Perla, tiñendo todo de un tono dorado y cálido. Sentada en su cama, con las piernas cruzadas y el celular pegado al oído, hablaba con una sonrisa tranquila.
—Mamá… ha sido un mes increíble —dijo, dejando escapar una risa suave—. A veces no puedo creer que ya haya pasado tanto tiempo desde que llegué.
Del otro lado, la voz cálida de su madre la llenaba de nostalgia.
—Cuéntame, hija… ¿cómo te ha ido?
—Muy bien, en serio. Al principio estaba nerviosa, tú sabes, por lo de estar lejos de casa, la rutina, los horarios. Pero me adapté rápido. Las clases son fascinantes, mamá. Los profesores son exigentes, pero he aprendido un montón. Estoy leyendo cosas que me vuelan la cabeza —contó emocionada, dejando caer la espalda sobre la cama—. Además, tengo a, Lana y Alan me han ayudado un montón, y también conocí a Maya, Rubén y Andrés… son un grupo genial.
—Me alegra tanto oír eso, mi amor —respondió su madre con un suspiro de alivio—. Sabía que te iría bien.
—A veces todavía me siento rara al estar tan lejos de casa, pero también siento que estoy en el lugar correcto, ¿sabes? Estoy escribiendo, leyendo, descubriendo cosas nuevas todos los días. Y… siento que poco a poco estoy encontrando mi voz —dijo, con una sinceridad que la sorprendió a ella misma.
—Esa es mi hija —murmuró su madre, orgullosa—. Solo prométeme que no te vas a olvidar de comer bien, dormir y llamarme de vez en cuando.
—Lo prometo —dijo Perla, sonriendo—. Te quiero, mamá.
—Yo también, mi cielo.
Colgó y quedó unos segundos en silencio, mirando al techo. Sintió una calma cálida en el pecho. Aquel mes había sido solo el comienzo, pero ya se sentía como el primer capítulo de algo importante.
Pero ese momento íntimo fue bruscamente interrumpido por dos voces estridentes y llenas de energía. La puerta de su habitación se abrió de par en par sin previo aviso, y Maya y Lana entraron como un torbellino, tirándose a cada lado de Perla en la cama como si fuera su ritual diario.
—¡Hola, Perliu! —canturreó Maya con una sonrisa de oreja a oreja.
—Hola, chicas —respondió Perla, dejando el teléfono a un lado.
—¿Lista para la fiesta de esta noche? —preguntó Lana, con una ceja alzada.
—¿Cuál fiesta? —dijo Perla, frunciendo el ceño.
—¿Ves, Maya? Te dije que nunca pone atención —resopló Lana.
Maya soltó una carcajada, rodando sobre la cama.
—Perliu, quedamos en ir esta noche a la fogata que hacen los de último año. Es para conocer más gente, integrarnos, hacer vida universitaria...
—¿Más gente? —bufó Perla en tono burlón—. Ya los conozco a ustedes y eso es multitud.
—¡En serio! Cada uno de ustedes cuenta por mil —agregó, teatral.
—Ojalá yo tuviera mil de alguno de nuestros tres amigos —suspiró Maya, con los ojos soñadores.
Perla volteó a mirar a Lana con expresión divertida.
—No le pongas atención —dijo Lana—. Está flechada con Andrés, Rubén y Alan. A veces creo que juega a imaginar cómo sería una relación con los tres al mismo tiempo.
Perla negó con la cabeza, riendo.
—Oye, hablando de hombres… —intervino Maya, con súbita curiosidad— tú jamás has contado nada sobre novios o romances.
—Sus novios son todos literarios —interrumpió Lana, riéndose—. Ninguno es real, así que olvídalo.
—¿Jamás has tenido novio? —insistió Maya, con el ceño fruncido.
Antes de que Perla pudiera responder, una voz masculina se coló por la puerta entreabierta:
—¿Y para qué el afán? Todavía es joven, ¿cierto, Perlita?
Andrés asomó la cabeza, con sus lentes ligeramente caídos y esa sonrisa simpática que lo caracterizaba.
—¡Ya les dije que no me digan Perlita! —refunfuñó Perla—. Alan, todo es tu culpa.
—Yo solo dije tu nombre —dijo Alan entrando detrás de Andrés, alzando las manos como si fuera inocente—. Ellos solo copiaron.
Detrás de ellos apareció Rubén, que cerró la puerta con el pie.
Los tres chicos se acomodaron en el suelo, sentados alrededor de la cama de Perla como si fuera una reunión oficial.
—¿Quién los invitó? —preguntó Lana, cruzándose de brazos.
—Oh, princesa, la puerta estaba abierta. Eso en lenguaje universitario es una clara invitación. —respondió Rubén, guiñándole un ojo.
—Yo tengo una duda —intervino Perla, mirando a su alrededor—. ¿Por qué mi cuarto siempre termina siendo la sala de reuniones?
—Te he dicho que le pongas seguro a la puerta, Perlita, pero no haces caso —le recordó Alan con tono burlón.
—Alan, se supone que eres mi mejor amigo, deberías apoyarme, no hundirme —le reprochó, dándole un leve empujón con la almohada.
—¡Bueno, ya! —interrumpió Maya con un aplauso—. Entonces, ¿a qué hora vamos a ir a la fogata?
Los tres chicos giraron la cabeza al mismo tiempo hacia Perla, con una sincronía que parecía ensayada.
—¿Por qué me miran a mí? —preguntó ella, encogiéndose de hombros.
—Son tus perritos falderos. No van si tú no vas —sentenció Lana, divertida.
—¡Exacto! —corearon los tres chicos al mismo tiempo, provocando una explosión de risas en el cuarto.
Era oficial: la noche prometía.
—Bien, bien… —cedió Perla, alzando las manos—. ¿A las ocho está bien?
—¿Por qué tan tarde? —preguntó Maya, frunciendo el ceño.
—Tengo que hacer algunas cosas antes de ir —respondió Perla con naturalidad, mientras se acomodaba en la cama.
Pero los tres chicos intercambiaron miradas cargadas de sospecha.
—Creo que la hora está perfecta… considerando que tenemos coeditoría, ¿verdad muchachos? —dijo Rubén con una sonrisita cómplice.
—¿Que tienen qué? —preguntó Lana, alzando una ceja.
—Somos coeditores —respondió Andrés, como si fuera obvio—. ¿No lo sabían?
—¡NO! —dijeron Perla y Maya al unísono, casi escandalizadas.
—¿Desde cuándo? —preguntó Perla, tratando de sonar relajada aunque una gota de sudor imaginario le bajara por la espalda.
—Desde hace rato —contestó Alan, encogiéndose de hombros—. Curiosamente, en una conversación nos dimos cuenta de que estábamos en la misma plataforma.
Perla tragó saliva.
—¿En qué plataforma? —preguntó, intentando mantener la voz estable.
Rubén ladeó la cabeza con una sonrisa traviesa.
—¿Y por qué tan nerviosa, Perliu?
—No es nervios —replicó rápidamente—. Es… curiosidad, nada más.
Pero su voz tembló apenas lo suficiente como para que todos lo notaran. Alan entrecerró los ojos, como si algo se encendiera en su mente.
—Curiosidad… ¿o miedo a que descubramos algo?
Perla apretó los labios, mientras Lana y Maya se volteaban a mirarla con una mezcla de intriga y diversión.
Rubén sonrió ampliamente.
—Empiezo a sospechar que nuestra querida Perliu guarda un secreto de escritora…
—O de escritora famosa… —añadió Andrés, cruzándose de brazos.
Perla rodó los ojos exageradamente, tratando de desviar la atención.
—Sí, sí… mejor vayan preparando la ropa para esta noche en lugar de armar teorías locas.
Pero el brillo en los ojos de los chicos decía que el tema no había quedado cerrado.