Los manteles flameaban por el viento repentino que se había dignado a soplar. Luego de un día demasiado caluroso en Buenos Aires, sus caricias eran bienvenidas como el alivio del agua frente a la sed. En el fondo del jardín un escenario terminaba de ser ensamblado, era pequeño, pero suficiente para su objetivo. El árbol de navidad estaba encendido y albergaba muchísimos paquetes de varios tamaños y colores. No había niños que corrieran o gritaran entusiasmados y sin embargo el entusiasmo era mayúsculo. Un parlante con luces de colores musicalizaba con villancicos de todos los tiempos y los invitados habían comenzado a llegar. -Gracias pa, por volver a abrir las puertas de tu casa.- le dijo Ciro a José mientras le servía una copa de vino tinto y disfrutaba de los ojos de su padre cong

