KOJI
Hago una mueca de fastidio mientras escaneo el lugar. Es elegante, minimalista y destila el estatus que alguien de mi posición requiere, pero la certeza de que venir fue una idea nefasta se confirma cada vez que miro a Akari. Ese vestido es una provocación directa a mi autocontrol; ha disparado mi imaginación hacia escenarios donde la lógica no tiene cabida y ha provocado que toda mi sangre se concentre, pesada y latente, en mi ingle.
Cuando la vi bajar del auto escoltada por Kenji, una sensación ajena y punzante se apoderó de mí. Era una posesividad visceral que me negué a racionalizar. Mis venas parecieron llenarse de lava al procesar que Kenji había sido el primero en ver a mi prometida con ese trozo de tela negra que la hace parecer una muñeca diseñada para el pecado.
Al observar su cabello, largo y oscuro como ríos de brea, no pude evitar que mi mente enferma la proyectara doblada sobre cualquier superficie, con mis dedos enredados en esas hebras negras mientras obligo a su estrecho coño a tragarse cada centímetro de mi v***a. La imagen de ella arrodillada, con sus ojos avellana empañados mientras mi polla folla su pequeña boca hasta el límite, se quedó grabada a fuego en mi córtex cerebral.
Tuve que recriminarme internamente. Jamás he sido el tipo de hombre que piensa con la polla antes que con la cabeza; mi dominio sobre mi propio cuerpo es, usualmente, absoluto. No me dejo arrastrar por pasiones vulgares ni deseos incontrolados. Sin embargo, algún demonio parece haberme poseído, porque no puedo dejar de diseñar mil formas de abrirle las piernas a mi prometida y correrme dentro de ella mientras mantiene puestas esas malditas medias de encaje.
Todo empeoró cuando la camarera tuvo la audacia de posar sus manos sobre mi camisa —una prenda que vale más que su miserable vida— y coquetearme ignorando deliberadamente a la mujer que me acompañaba. Me enfureció que pretendiera que Akari no existía. Puede que esta mujer sea solo una transacción comercial, pero nadie tiene el derecho de faltarle al respeto a lo que es mío. Nadie va a tratarla como si fuera un fantasma sin valor mientras esté bajo mi sombra.
Lo que es mío se respeta. Punto.
Pero nada me preparó para el espectáculo que siguió. Akari devora la comida con una voracidad que desafía toda etiqueta. Había asumido que sería la típica princesa de la mafia, lánguida y melindrosa, de esas que se matan de hambre por vanidad, pero se comporta como un animal hambriento frente a un festín.
Termino de alinear mis cubiertos con una precisión perfecta, dejando cada pieza en el ángulo exacto, cuando mis ojos, con voluntad propia, se clavan en ella. Mi polla sigue ignorando las órdenes de mi cerebro de que no es el momento para una erección, y mi mente no deja de imaginar qué cara pondrá cuando la tenga ensartada, embistiéndola con una fuerza salvaje hasta que se corra tantas veces que olvide su propio nombre.
Parece detectar mi escrutinio porque detiene la cuchara a medio camino. Frunce el ceño y noto cómo su rostro se tiñe de ese exquisito tono rosa que me despierta la urgencia de saber hasta dónde se extiende ese calor en su piel.
—¿Moriste de hambre en tu vida pasada? —le pregunto, asegurándome de que mi voz sea clara para que pueda leer mis labios sin margen de error.
No puedo evitar la curiosidad técnica sobre cómo perdió la voz. Kazuo ha sido un experto en mantener a sus hijas ocultas del radar de la organización, a pesar de las contadas veces que las ha exhibido en reuniones interfamiliares como trofeos silenciosos.
Akari ladea la cabeza y me sostiene la mirada con un desafío que no esperaba. Pienso que va a dejar la comida a un lado, intimidada, pero parpadeo sorprendido cuando se mete el siguiente bocado con total parsimonia. Se relame los labios y maldigo internamente; ese simple gesto me hace visualizar esos mismos labios rodeando mi longitud, apretándose mientras empujo con violencia dentro de su garganta hasta verla llorar y ahogarse con mi tamaño.
Ella traga y se limpia la comisura de la boca con una calma exasperante. Luego, saca una tableta de su bolso y comienza a escribir con dedos rápidos. Me entrega el dispositivo.
"¿Por qué desperdiciaría la comida que me están dando?", leo en la pantalla.
Le devuelvo la tableta, sin apartar mis ojos de los suyos.
—¿No te alimentan bien en tu casa? —inquiero, buscando una grieta en su fachada.
Ella resopla, un sonido de puro desdén, y sus dedos vuelan sobre el cristal. Espero con una paciencia tensa hasta que termina.
"¿No tienes otra pregunta? ¿Qué importa si no me alimentan en mi casa? Estamos en un restaurante. No venimos a comprar ropa, sino a comer".
Parpadeo, descolocado por la hostilidad de su respuesta. Le entrego la tableta de vuelta, ignorando la punzada de molestia que me produce su tono. No estoy acostumbrado a que me respondan con esa insolencia, pero decido archivar ese sentimiento para después. Es hora de pasar a lo que realmente importa en esta farsa.
—Te traje aquí para establecer las condiciones de nuestro compromiso y, posteriormente, de nuestro matrimonio —digo, endureciendo el tono para dejar claro que el tiempo de las distracciones ha terminado.
Me desagrada profundamente la perturbación que esta mujer está provocando en mis sistemas. Mi lógica me dicta que, mientras más kilómetros interponga entre nosotros, más rápido podré purgar este deseo que hierve a fuego lento en mis entrañas desde que la vi. Ella es una anomalía, un error en mi código que necesito corregir mediante la distancia.
Akari exhala un suspiro apenas audible y asiente con una calma que me irrita. Me hace un gesto seco con la mano, indicándome que hable, como si fuera ella quien marcara los tiempos de esta negociación.
—Te visitaré una vez al mes, si mi agenda lo permite. De lo contrario, mantendremos el contacto estrictamente por correo o mensajería cifrada —comienzo, endureciendo el tono—. Cuando nos casemos, viviremos en residencias separadas. Cada uno mantendrá su espacio personal y solo nos reuniremos para eventos oficiales de la organización o cuando deba cumplir con el deber de engendrar un heredero en tu vientre.
Akari me sostiene la mirada, pero me frustra ser incapaz de leerla. Me observa con una indiferencia gélida, como si mis condiciones le importaran lo mismo que el clima en Londres. Esa falta de reacción, esa forma de mirarme como si mi compañía le resultara tediosa, despierta en mí una cólera sorda que no logro comprender.
—Te sacaré de las garras de tu padre y te daré una libertad que nunca has tenido. Podrás hacer lo que te plazca una vez cumplas con tus funciones biológicas. Ni tú te metes en mi vida, ni yo en la tuya. El trato es simple: autonomía a cambio de un heredero.
Ella vuelve a asentir, pero su rostro sigue siendo un muro de porcelana ilegible. Odio esa sensación. Quiero una reacción, un rastro de miedo, de indignación, de algo; cualquier cosa que rompa esa máscara perfecta.
—¿Te queda claro? —pregunto, perdiendo la paciencia.
Ella asiente una vez más.
—¿Tienes alguna pregunta antes de cerrar esto?
Toma la tableta y sus dedos se mueven con una rapidez que delata una mente ágil. Me extiende el dispositivo y leo la línea con una punzada de molestia.
"¿Supongo que vas a tener más mujeres?"
—Eso pertenece a mi esfera privada —respondo cortante—. Acabo de establecer que, si yo no interfiero en tus asuntos, tú no tienes jurisdicción sobre los míos.
Ella asiente con una lentitud calculada y vuelve a escribir. Cuando me devuelve la tableta, la pregunta que leo hace que la sangre se me congele antes de transformarse en fuego.
"¿Puedo tener otros hombres yo también?"
Una llamarada de posesividad brutal me golpea el pecho. El simple pensamiento de otro hombre poniendo sus manos sobre lo que me pertenece, de alguien más reclamando su piel o probando sus labios, me pudre algo por dentro. Es un sentimiento irracional, salvaje, que amenaza con nublar mi juicio. Me niego a ceder terreno, así que fuerzo una respuesta que me sabe a hiel.
—Solo si sabes ser lo suficientemente discreta —digo, y las palabras se sienten como ceniza en mi boca.
Lo que realmente quiero es rugirle que, si un solo hombre se atreve a respirar cerca de ella o a mirarla con deseo, morirá de la forma más lenta y dolorosa imaginable. Pero entierro ese impulso bajo capas de control, prometiéndome encontrar una explicación lógica a este celo primitivo que me está consumiendo.
Akari asiente con una indiferencia insultante y sigue comiendo como si no acabáramos de pactar un matrimonio de conveniencia con cláusulas de infidelidad permitida. Me remuevo en el asiento; la dureza en mi entrepierna ha pasado de ser una molestia a un dolor punzante. Cada movimiento que hace al llevarse la comida a la boca es combustible para los escenarios que mi mente proyecta: ella bajo mi cuerpo, poseída por completo, gimiendo en silencio mientras la reclamo.
Cuando el dolor en los huevos se vuelve insoportable, me levanto bruscamente y le indico que la velada ha terminado. Necesito dejarla en su casa, largarme de Japón y refugiarme en Londres hasta que este rastro de ella se evapore de mi sistema.
Al salir del restaurante, Kenji se acerca para preguntar si debe llevarla él, pero mi respuesta es un "no" tajante. No voy a permitir que otro hombre la vea con ese vestido ni un segundo más. Es ridículo y lo sé, pero me enerva la idea de que alguien más pueda fantasear con arrancarle esa tela negra y ponerla a sudar, porque eso es exactamente lo que yo llevo deseando toda la noche. Si ese es mi pensamiento nadie me garantiza que otro hombre no piense lo mismo.
El viaje de regreso es un desierto de silencio. Intento calmar el remolino de mi cabeza, pero al llegar a la mansión Tanaka, Akari se baja del auto sin siquiera dedicarme una inclinación o un gesto de despedida. Su falta de cordialidad me irrita; joder, soy su prometido, lo mínimo que espero es un reconocimiento de mi presencia.
Estoy a punto de dar la orden de arrancar cuando la puerta trasera de mi auto se abre de golpe. Una versión más joven y demente de Akari se sube al vehículo sin invitación.
—Bájate ahora mismo —ordeno, con la voz cargada de una amenaza que ella ignora por completo.
La chica resopla y me clava una mirada que destila un odio puro y concentrado.
—Solo te voy a decir una cosa —dice la pequeña Tanaka, y su voz suena como el filo de una navaja—. Lastimas a mi hermana y no habrá rincón en este puto mundo donde puedas esconderte. Te encontraré y te mataré con mis propias manos.
Arqueo una ceja, observándola con un fastidio que raya en la incredulidad. La audacia de estas mujeres Tanaka parece no tener límites biológicos.
—¿Estás amenazando a tu próximo Oyabun? —pregunto, dejando que mi voz adquiera ese matiz metálico y peligroso que suele hacer que los hombres retrocedan.
—Puedes ser el mismísimo Papa si quieres —escupe ella, sin parpadear, con una ferocidad que me recuerda a un animal acorralado defendiendo a su cría—, pero lastimas a mi hermana y te juro por mi vida que acabo con toda esta maldita organización desde sus cimientos.
Y, con esa declaración de guerra, Mayu Tanaka baja de mi auto dando un portazo que retumba en el silencio de la noche.
Doy la orden de marcha y me largo de la propiedad de los Tanaka sin mirar atrás. No necesito ver el espejo retrovisor para saber que dejo atrás un nido de víboras. A primera hora de la mañana, ya estoy en un vuelo privado de regreso a Londres, viendo cómo las luces de Tokio se desvanecen bajo las nubes.
Necesito la distancia. Necesito que miles de kilómetros de océano se interpongan entre nosotros para poder purgar este deseo que se ha apoderado de mi sistema como un malware persistente. Nada de esto estaba en mis planes originales. Ella solo tiene que ser una transacción comercial más, una cifra en un balance de poder, un escalón que estoy más que dispuesto a pisar para alcanzar la cima.
Akari Tanaka no puede ser el objeto de mis deseos. No voy a permitir que una muñeca de porcelana sabotee el imperio que estoy destinado a liderar.