Nota: Para que no se confundan en la línea de tiempo, este capítulo transcurre en lo que sería el capítulo 18-19-20 de Atracción Letal (historia de Vladislau y Artemisa). No quería ponerme a narrar tres años desde la cita porque sería un montón.
AKARI
Tres años después.
Me observo en el espejo, maravillada con el vestido que he podido escoger para la fiesta que la familia Darrend ha decidido celebrar en honor a los hermanos Morozov. Por lo que he podido escuchar, Kali Darrend ha logrado que los tres hermanos —pertenecientes a uno de los clanes más poderosos de Rusia y uno de los más sanguinarios— viajaran a Londres. La fiesta se celebrará en un castillo a las afueras de la ciudad, un escenario perfecto para la opulencia y el peligro que destila este círculo.
Ya han pasado tres años desde mi compromiso con Koji. Todo parece que fue ayer, cuando el hombre del que estoy enamorada en secreto puso su anillo en mi dedo delante de todos los ancianos de la organización. Después de nuestra primera cena, Koji tomó el primer vuelo de regreso a Londres y solo tenía contacto con él a través de Kenji. En raras ocasiones me enviaba algún tipo de mensaje o alguna llamada.
Puedo contar con los dedos de las manos las veces en que nos vimos; exactamente cinco veces en tres años. El hombre evitaba Tokio a toda costa, como si yo portara alguna enfermedad contagiosa. La que sí me frecuentaba era mi suegra; prácticamente quería que me mudara a su casa, pero mi padre se negó, alegando que, según las costumbres, la mujer que todavía no se ha casado sigue perteneciendo a su casa.
Fue la primera vez que vi al Oyabun enojado. Por poco le arranca la cabeza a mi padre al ver que su esposa se había puesto triste tras su respuesta. No lo voy a negar, crucé los dedos para que los cielos me hicieran el milagro de sacarme de allí, pero bueno, no siempre se obtiene lo que uno quiere. Mi padre, como el cobarde que es ante el poder real, me permitió pasar los fines de semana en la casa de los Yamada. Eso hizo feliz a la esposa del Oyabun y, automáticamente, calmó su enojo.
En estos tres años seguí mi rutina. Cuando podía, practicaba en el salón de baile, y cuando tenía tiempo, Tadashi me entrenaba —claramente a escondidas de mi padre—. Gracias a él pude perfeccionar artes marciales, lucha cuerpo a cuerpo con espadas y mi puntería. Mi vida siguió "normal", con la ventaja de que, al estar constantemente en la casa de los Yamada, mi padre ya no podía ser tan severo con los castigos, aunque se las ingeniaba para aplicarlos de todos modos.
Mayu se ha vuelto más rebelde que nunca. Más desordena. Más libertina. Y ahora vivo con los nervios de punta porque no sé en que problema se meterá cada día.
Suspiro y vuelvo mi atención al espejo. El vestido que elegí es una pieza de alta costura en un tono marfil exquisito, una elección que contrasta con la oscuridad que suelo habitar. Es impresionante; ladeo la cabeza para admirar el intrincado trabajo de encaje y pedrería que sube por el cuello tipo halter, dejando mis hombros al descubierto a través de unas sutiles transparencias. Los bordados florales en relieve parecen cobrar vida sobre la tela, descendiendo por el corpiño y fundiéndose con una falda que me hace sentir etérea, casi intocable.
No voy a negar que me asombró que Koji llegara hace unas semanas a Tokio y le ordenara a mi padre que recogieran mis cosas porque me mudaría con él a Londres. Casi se me detuvo el corazón en ese mismo instante. El hombre me había evitado como si tuviera la peste y de pronto, tras tres años de comunicaciones escasas —donde parecía más la prometida de Kenji que la suya—, llega y exige que empaque toda mi vida.
Ahora estoy en un pent-house en uno de los barrios más exclusivos de Londres. Pero somos como extraños compartiendo el mismo techo; él vive al otro extremo del piso y yo estoy exiliada en el mío, como si todavía temiera que mi cercanía lo contagiara de algo. Rara vez lo veo, y mi único consuelo es que pude conseguir que Tadashi fuera mi escolta personal. Al pobre no le gusta mucho la idea; dice que Koji lo mira como si quisiera arrancarle la cabeza, pero yo simplemente le digo que esa es su mirada habitual hacia el resto del mundo.
Me paso las manos por la delicada tela marfil, sintiendo el roce de los bordados en las palmas de mis manos. Debo confesar que no pensaba que mi prometido me pidiera que lo acompañara a esta cena. Cuando envió a Kenji a decirme que tenía a mi disposición una tarjeta negra sin límite para comprar el vestido que quisiera, y que debía estar lista antes de las ocho, casi grité. Casi, porque soy muda y, de todos modos, no puedo hablar.
Termino de alistarme; no quiero hacerlo esperar. Me encantaría que Mayu estuviera aquí para darme sus opiniones ácidas, pero mi padre la ha encerrado en casa tras estrellar un auto en una de las avenidas más concurridas de Tokio.
Un leve golpe en la puerta me saca de mis pensamientos. Camino hacia ella y la abro. Tadashi está allí y abre los ojos de par en par al verme.
—Te ves preciosa —me dice en japonés, con una sinceridad que me calienta el pecho.
Me sonrojo ante el cumplido, pero frunzo el ceño al notar su ropa. Lleva pantalones cargo, un jersey de manga larga y botas de combate.
—¿Por qué no llevas tu traje? —le pregunto mediante señas.
—No voy a ir a la ceremonia —responde con seriedad.
Se pone justo delante de mí, asegurándose de que la luz me permita leer a la perfección el movimiento de sus labios. Frunzo aún más el ceño, procesando sus palabras. Tadashi es mi sombra, mi único espacio seguro en este exilio; fue la única condición que me permitieron imponer cuando mi prometido exigió, con esa frialdad que lo caracteriza, traerme a vivir con él a Londres.
—¿Por qué? —le señalo con los dedos moviéndose más rápido de lo habitual por la agitación.
—Tu prometido me ordenó encargarme de la seguridad del perímetro —responde él.
Hago una mueca de pura confusión. ¿Por qué Koji haría algo así? Él sabe perfectamente que Tadashi ha sido entrenado específicamente para cuidarme. Además, es el único con el que puedo hablar sin tener que recurrir a la maldita tableta, porque domina el lenguaje de señas. Tadashi parece leerme la mente, porque me dedica una pequeña sonrisa de medio lado, aunque sus ojos reflejan una tensión que no intenta ocultar.
—Cuando fui a preguntarle a qué hora teníamos que salir para la ceremonia, me lanzó una mirada que habría hecho que el mismísimo diablo se meara en los pantalones —me cuenta, alternando la lengua de señas con el movimiento de sus labios—. Me ordenó que me mantuviera lejos de ti esta noche. Dijo que me encargarías de la seguridad del perímetro y que estarías con él; que eso bastaría para tu seguridad.
Siento cómo mis hombros se hunden bajo el peso del desánimo. Pensé que, por lo menos, si Tadashi iba, tendría a alguien con quien pasar la noche sin sentirme un adorno invisible. Estoy segura de que Koji no va a determinarme en toda la velada; si apenas lo veo cuando estamos en el mismo piso, nada me garantiza que, en cuanto pongamos un pie en la cena, no saldrá corriendo lejos de mí.
—Me colaré a la cena si te ves muy aburrida —me dice Tadashi, intentando animarme.
Hago un mohín infantil y él suelta una risita suave.
—No seas caprichosa, Akari.
—Estaré supremamente aburrida —le insisto en señas, exagerando el gesto.
Tadashi es ese hermano mayor que Mayu y yo nunca tuvimos. Muchos podrían malinterpretar la forma en la que nos cuida, aunque con Mayu es mucho más sobreprotector. Recuerdo que casi se le salen los ojos de las órbitas cuando mi padre le comunicó que tendría que venir a Londres conmigo y dejar a Mayu sola en Tokio. Juro que por un segundo pensé que iba a desobedecer y negarse, pero simplemente apretó los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos y murmuró un "como ordene" antes de salir hecho una furia del despacho.
Me sentí egoísta y culpable al mismo tiempo, pero tenerlo aquí es mi único anclaje a lo conocido para no sentirme tan sola en esta ciudad de cristal.
—Puedes enviarme mensajes, estaré pendiente —me responde, dándome una última palmada de apoyo.
Hago una mueca, pero acepto a regañadientes. Se despide no sin antes decirme que no haga esperar "al próximo Oyabun", usando un tono cargado de una ironía que solo yo detecto. Termino de darme los últimos retoques frente al espejo y me dispongo a salir.
Camino por los pasillos del pent-house, que, al ser de dos plantas, se siente como una galería silenciosa. Me detengo al inicio de las escaleras y siento el corazón latiéndome con una fuerza violenta contra las costillas. El pulso se me dispara y las palmas de mis manos están empapadas de sudor. Un enjambre de mariposas asesinas revolotea en mi estómago cuando veo que, al final de los escalones, está Koji.
Lleva puesto su traje n***o de corte impecable, con esos bordados en hilo oscuro que recorren sus hombros y solapas, dándole un aire de autoridad absoluta y peligro contenido. Con ese porte y los detalles cobrizos de su camisa, parece un príncipe oscuro esperando para reclamar su trono.
Él se gira al oír mis pasos y parpadea un par de veces. Se queda petrificado durante unos instantes, observándome de arriba abajo con una intensidad que comienza a ponerme nerviosa. ¿Se habrá muerto? ¿Le habrá dado un derrame cerebral ahí mismo? Como a veces parece un robot programado, quizás algún virus acaba de invadir su sistema y lo ha dejado bloqueado.
No puedo ser tan de malas, ¿verdad? Justo ahora que nos toca irnos.
KOJI
Acomodo mis gemelos de oro por enésima vez, buscando en el orden del metal una calma que no tengo. Paso las manos por las hebras negras de mi cabello y me obligo a llenar los pulmones de aire, aunque el oxígeno parece escasear en este pent-house. Con disimulo, trato de acomodar la erección que presiona dolorosamente contra la tela de mis pantalones; es una respuesta física que mi mente desprecia pero que mi sangre reclama.
Ha sido un maldito error traer a Akari a vivir conmigo a Londres. Sin embargo, después de tres años de recibir los mensajes y fotos de la demente de Mayu —donde veía a mi prometida sonreírle al imbécil de Tadashi— y de saber cómo mis propios hermanos la rondaban en cada visita a mi madre, no pude soportarlo más. El sentimiento de propiedad es un código que no puedo reescribir. Tomé un avión y exigí que empacaran sus cosas; lo que es mío no se queda donde otros pueden codiciarlo.
En estos tres años he evitado Tokio como si tuviera una enfermedad contagiosa. La razón la mujer que ahora está en una de las habitaciones de mi pent-house alistándose para ir a una cena a la que no tengo ni las más mínimas ganas de ir, pero que por obligación y apoyo a mis amigos del Consejo tengo que estar.
Estamos en medio de una alianza importante para Vladislau y no puedo dejarlos solo. Han sido tres años de mierda entre el secuestro de la mujer de Mattia, el secuestro de Masha —hermana de Mattia y ahora mujer de Eros— y la obsesión de Vladislau por una lolita asesina. Como también los continuos ataques a nuestra sociedad y ahora como cereza del pastel las continuas revueltas que se están llevando al interior de la Yakuza. Todo es un maldito caos, pero lo que es casi una destrucción es mantener una constante erección por la mujer que se supone que solo debe ser una transacción comercial y la cual no he podido purgar de mi sistema porque cada día el deseo voraz que se despierta en mi interior me está consumiendo.
Mi padre se burla de mi cada vez que me llama y me dice que deje de ser tan testarudo y acepte que me gusta mi prometida, pero no me gusta, de hecho, detesto tenerla en mi espacio, consumiendo mí mismo aire, alterando mi entorno, mi vida, mis pensamientos y el control que siempre he tenido en mi cuerpo.
Siento pasos en el piso de arriba y me giro rápidamente y... mierda, maldito infierno. Se ve preciosa. Trago con fuerza y siento como todo mi cuerpo se pone rígido, mi polla decide que es buen momento para agitarse dentro de mis pantalones y mi cabeza no ha recibido el memorando de que no podemos desplegar una serie de imágenes donde Akari está doblada sobre el mesón de la cocina con el vestido marfil enrollado hasta la cintura mientras yo la embisto por detrás como un animal. La luz arranca destellos del encaje y la pedrería de su cuello halter, haciendo que ese tono crema parezca una burla a mi propia oscuridad.
Trago con fuerza cuando mi garganta se seca y por mis venas mi sangre es reemplaza por lava caliente que me está consumiendo.
Akari se detiene en el inicio de las escaleras mirándome. Hago una mueca de fastidio porque la odio. Odio como respira. Odio que me mire como si no fuera nada. Odio que me evite como si tuviera lepra. Odio que no me del respeto merezco. No solo soy su prometido, sino que también su próximo Oyabun y la mujer parece que odia mi maldita existencia cuando yo me estoy consumiendo vivo por no follármela como mi mente me grita.
Tomo aire y espero que no note mi erección, esa protuberancia que marca mi falta de control bajo el traje n***o de bordados oscuros. Me sacudo los pensamientos y camino hacia ella con una elegancia gélida. Ella comienza a bajarlas y yo me detengo. Le extiendo la mano enguantada y ella la mira por unos segundos; esos segundos son como un maldito puñal a mi orgullo. Mi mente, acostumbrada a descifrar sistemas complejos, no entiende: ¿Por qué duda en tomarme la mano? ¿Cree que tengo alguna enfermedad contagiosa? ¿Le doy asco? Me molesta que su indiferencia me afecte, que sea capaz de alterar mi pulso con un simple gesto de duda.
Ella mira la mano y me mira a mí. Hace una mueca y, cuando pasan unos segundos más que siento como una eternidad —mientras yo sigo allí como un imbécil con la mano estirada—, ella la toma. La ayudo a bajar, sintiendo el contraste de su fragilidad contra mi fuerza, y la pongo delante de mí. El vestido marfil, con su encaje halter y esa pedrería que brilla como advertencia, la hace ver demasiado pura para el infierno que llevo dentro.
—No te alejes de mi lado —le ordeno, con una voz que suena más a sentencia que a petición.
Ella asiente.
—Vamos, estamos un rato y regresamos —sigo, intentando obtener una maldita reacción en ese rostro de porcelana.
No lo hago. Sigue con ese gesto neutral, esa máscara de frialdad que es como un maldito libro bien sellado que no puedo leer, y me molesta. Me desespera no poder hackear sus pensamientos.
La odio.
Chasqueo los dedos y uno de mis hombres me trae una pequeña navaja posada en un suave cojín de terciopelo. La tomo y le indico al hombre que puede irse. Observo el bonito rostro de mi prometida. Las largas pestañas. Las mejillas sonrojadas. Esos labios que se verían demasiado lindos rodeando mi polla mientras embisto con fuerza hasta hacerla ahogarse con mi grosor y babear por todo el piso. El pensamiento es crudo, sucio y absolutamente necesario.
Me inclino un poco y ella abre los ojos cuando nota que mis manos se posan en el dobladillo del vestido marfil y comienzo a levantarlo. Su respiración se agita, rompiendo por fin su esteticidad, y una mueca que es lo más parecido a una sonrisa se dibuja en mis labios cuando por fin obtengo una maldita reacción.
Mis dedos enguantados rozan su tierna piel y con mucha delicadeza y cuidado voy subiendo lentamente por sus muslos, sintiendo el calor que emana de ella. Ella se mantiene allí, rígida como una estatua de hielo a punto de quebrarse. Engancho la navaja en una funda oculta y me permito llenar mis pulmones de su aroma.
Cerezos y algo dulce. Un perfume que se filtra en mis sentidos como un virus letal. Mi instinto me grita que entierre mi rostro entre sus muslos para comprobar que su coño huele igual, para devorarla hasta que no quede nada de esa indiferencia. Cuando siento que mi erección se vuelve dolorosa y que estoy pensando con la polla y no con la cabeza, me levanto de un tirón, doy un paso atrás y la miro con fastidio.
La odio.
—Nos vamos.
Es lo último que digo antes de salir pitado de ese lugar, antes de que cometa una locura que destruya el poco orden que me queda. No creo que haya sido una buena idea traerla a vivir conmigo; necesito buscarle otro lugar para que todo vuelva a donde debe estar, lejos de mi alcance y de este deseo que me está matando.