KOJI
El viaje hacia el castillo donde se celebra la maldita cena fue una completa tortura. Mi polla palpitaba cada tanto cuando mis ojos se posaban en mi prometida, que ignoraba mi presencia y se enfocó en mirar por la ventana todo el viaje. Tuve deseos de abrir la puerta y aventarla por ella y así acabar con este maldito deseo que me está consumiendo y que necesito a toda costa eliminar de mi sistema.
Desde hace tres años, cuando le puse mi anillo a Akari, dejé de entrenar a las sumisas de los clubes de Eros y Mattia. No he tocado tampoco a una mujer porque no me nace; nunca he sido de los que necesita del sexo para poder respirar. Puedo pasar largas temporadas sin estar mojando mi polla en cualquier cuerpo barato. Pero lo que sí no pude evitar hacer fue soñar cada noche con el cuerpo de la mujer que va a mi lado.
Mi mente era una maldita película porno con cada escena que recreaba donde yo estaba entre sus piernas, dejando que mi boca y mi lengua se fundieran en su apretado coño mientras su cuerpo temblaba de placer ante mis caricias. Cuando tuve ese pensamiento me enojé demasiado conmigo; nunca he puesto mi boca en el coño de una mujer, de hecho, nunca he besado. Esos dos actos me parecen algo demasiado íntimo.
Nunca he sentido la necesidad de llevar más allá del acto carnal más allá del sexo. Es más, me fuerzo por tener el menor contacto de piel posible. Por eso soy uno de los mejores Don de los clubes de sexo, porque no necesito tocar a las sumisas para tenerlas deseando una mirada mía o siquiera un toque de mis manos en su cabeza. Mi control es mi religión, y ella lo está profanando.
Me concentro en la pantalla de mi celular, tratando de ignorar a la mujer que solo da pequeños suspiros al otro lado. El auto se detiene frente a un hermoso castillo. La seguridad está reforzada; hombres armados por todos lados cuidan el perímetro del lugar con una eficiencia que reconozco.
Akari abre los ojos y mira todo con un brillo curioso cuando delante de ella se posa un castillo que parece sacado de una fantasía gótica. Hay jardines inmensos y luces tenues que parpadean como luciérnagas encantadas bajo el cielo de Londres. Un mayordomo nos espera en la entrada de las escaleras.
Kenji se baja del auto, pero gruño cuando observo que se dirige hacia la puerta de Akari para ayudarla a salir. Me apresuro a salir yo y le doy una mirada fulminante que lo hace dar un paso hacia atrás y sacudir la cabeza. Soy yo el que se apresura hacia el lado donde Akari se encuentra. Abro la puerta y extiendo mi mano, comenzando a irritarme cuando ella, una vez más, mira mi mano enguantada y luego mira mi rostro. Tuerce la boca y rueda los ojos mientras posa su palma en la mía. Su resistencia es un desafío que mi instinto posesivo quiere aplastar.
La ayudo a bajar y me poso a su lado. No suelto su mano mientras subimos las lujosas escaleras de piedra. Pasamos por un largo pasillo. Akari mira todo con los ojos abiertos como si estuviera en un sueño de fantasía y una hermosa sonrisa se le dibuja en los labios; una que me muero por morder hasta hincharlos, marcándola como mía ante cualquier mirada indiscreta.
En la entrada de un enorme salón ya nos espera la familia Darrend. August se encuentra al lado de su esposa Evangelina. La mujer se ve preciosa; nadie con ojos en el rostro negaría que es peligrosamente hermosa. Ella lleva un vestido que es una obra de arte tejida en sombras; un diseño de satén n***o ceñido como una segunda piel que resalta cada curva con arrogante precisión. El escote palabra de honor abraza su pecho con la exactitud de un suspiro contenido, mientras el corte sirena estalla en una cascada de volantes estructurados que rozan el suelo con majestuosidad.
Akari se pone tensa cuando nos acercamos y no sé qué demonios me pica cuando mi maldito brazo rodea su estrecha cintura en una acción posesiva y la pega a mi cuerpo. Ella se pone rígida a mi lado, como si el solo hecho de estar cerca de mí la molestara. Y la detesto, porque mientras yo me estoy consumiendo lentamente por el deseo de no solo tenerla así, sino también abierta de piernas mientras recibe gustosa mi polla, a ella al parecer le disgusta mi toque.
Agust Darrend mantiene un brazo posesivo sobre su esposa. Mira a todos con fastidio y aburrimiento, vistiendo un traje de tres piezas completamente n***o que no entra en la habitación, sino que la devora. El n***o se funde con el oro como el pecado con la lujuria. Su capa se abre como un susurro que promete secretos inconfesables, mientras la máscara dorada cubre un rostro que no necesita expresión para dominar. La corona sobre su cabeza no decora, sentencia.
Cuando Eva nos ve, esboza una enorme sonrisa. Kali Darrend también está presente y a su lado está Call, su esposo. Kali lleva un vestido que parece esculpido por los mismos dioses; un diseño etéreo que combina la majestuosidad del azul profundo con la pureza radiante del marfil, como si el día y la noche se fundieran sobre su figura. La parte superior, de un azul cobalto intenso, abraza su torso con un escote en V vertiginoso, sujeto por delicadas tiras que se entrecruzan detrás de su cuello con un aire casi ceremonial. Las mangas caen apenas sobre sus brazos como un susurro, añadiendo una sensualidad refinada y majestuosa que encaja perfectamente con el poder que representa.
Call, a su lado, era el eco masculino de esa misma soberanía. Su traje no era solo elegante; era una amenaza envuelta en tela de un azul profundo, como la sangre de los reyes muertos, bordado con hilos dorados que brillaban bajo las luces del castillo como profecías no cumplidas. La capa ondeaba tras él, como si el aire mismo lo reverenciara.
—¡Bienvenidos! —nos saluda Eva con esa calidez que parece fuera de lugar en este nido de lobos peligrosos.
Akari se sonroja a mi lado, una reacción que me irrita y me fascina a partes iguales. Yo solo deseo que esta tortura acabe rápido para volver a la comodidad de mi pent-house, lejos de la mujer que camina a mi lado y me tiene con una erección constante que amenaza con romper el control de mi sistema.
—¡Qué hermosa es tu prometida, Koji! —dice Eva cuando estamos más cerca.
Akari baja la cabeza de inmediato. Me molesta ese gesto; ella será la mujer del próximo Oyabun, no tiene por qué bajar la mirada ante nadie. Aprieto mi agarre en su cintura marfil, reclamando lo que es mío, y ella pega un pequeño respingo ante la brusquedad de mi toque.
—Te ves preciosa —continúa Eva.
Pero en su posición, Akari no logra leer sus labios, por lo que me veo obligado a intervenir con mi frialdad habitual.
—Tienes que ponerte delante de ella para que lea tus labios —le digo, mi voz sonando como una orden técnica.
Eva frunce el ceño, procesando la información, y luego me da una sonrisa avergonzada.
—Lo siento —se disculpa, sus mejillas tiñéndose de un rosa suave.
—¿Por qué demonios te disculpas? —gruñe Agust con su habitual falta de filtro—. ¿Qué culpa tienes tú de que sea sorda y muda?
Eva gira la cabeza y abre los ojos de par en par antes de propinarle un golpe seco en el pecho que hace gemir a Agust.
—¡No seas tan patán y grosero, Agust Darrend! —lo regaña ella, mientras él solo hace una mueca de fastidio—. Si no tienes nada mejor que decir, mejor mantente callado.
Agust tuerce la boca y se cruza de brazos como un niño regañado, aunque sus ojos siguen destilando ese peligro oscuro que lo caracteriza.
—Sigan antes de que mate a este hombre por no pensar antes de hablar —nos dice Eva, tratando de recuperar la compostura.
Mis ojos se posan en Kali, que tiene la cabeza ladeada, analizando la escena con una precisión que me hace erizar. Mira dónde tengo mi brazo, hundido en la cintura de Akari, y luego la mira a ella. Mi cuerpo se tensa ante la sonrisa traviesa que se le dibuja en los labios; conozco esa mirada. Antes de que haga algún comentario que me haga perder los estribos, obligo a Akari a caminar rápidamente hacia el salón.
Conozco a Kali. Los hombres del Consejo no deberían temerle a ningún otro hombre, sino a esa mujer que es el demonio de la perversión y la lujuria misma. No sabe mantenerse callada y tiene el don de encantar a cualquiera, sin importar su preferencia s****l. No quiero sus ojos sobre mi prometida.
Un jadeo colectivo se escucha cuando ingreso al salón junto con Akari. Varios pares de ojos se posan en nosotros, escaneando el contraste entre mi traje n***o de brocados y su vestido marfil de encaje. Tengo que hacer un esfuerzo titánico por no matarlos a todos por el simple hecho de mirar a Akari como si fuera una muñeca de exhibición. Es mía. Mi propiedad. Y odio que la miren.
—¡BTS, tírate esa canción que dice "Gangnam Style"! —grita Hernández en cuanto me ve.
Ruedo los ojos. Estoy cansado de decirle que ellos son coreanos y yo soy japonés; es un error de código que he decidido ignorar para no perder mi preciado tiempo. Camino junto a Akari, acercándome al núcleo donde ya se encuentran reunidos todos: Vladislau y Artemisa, Mattia y Nikki, Eros y Masha, Cruz, Hernández y sus respectivas esposas.
Frunzo el ceño cuando Milena, la esposa de Cruz, le da un golpe seco en la cabeza a Hernández.
—Eso no lo canta BTS.
—¡Éche, entonces! —se queja él, sobándose la zona afectada.
—Lo canta PSY y es surcoreano —le responde ella con tono docto.
—Son la misma vaina. Ojitos rasgados y blancos como los vampiros.
—Es como si dijeran que todos los latinos somos iguales. Pedazo de balín —le recrimina ella, dándole otro golpe que resuena en el salón.
Akari la queda mirando, sorprendida de que la mujer sepa la diferencia entre los grupos, y se mueve con timidez. La mira insistentemente, pero Milena está más pendiente de reprocharle el error a Hernández que de notar la presencia de mi prometida.
Darko llega en ese preciso momento. El ambiente cambia instantáneamente y se escuchan los murmullos de las mujeres al verlo entrar.
—Ese hombre es un espectáculo visual —dice tímida Masha.
Me tenso violentamente cuando Akari se gira para mirarlo. Abre los ojos ante ese hombre que, a pesar del parche, ha capturado toda la atención del salón. En este instante, el deseo de tomar mi pistola de dardos y vaciarle el cargador de tranquilizantes hasta que duerma para siempre es casi incontenible.
Ese pensamiento me golpea con la fuerza de un virus invasor. Me molesta detestar que Akari se fije en otros hombres cuando a mí, su dueño, apenas me ha dedicado una sola mirada real desde que salimos del pent-house.
—¡¿Debo traer un cura y la Biblia?! —pregunta Hernández con un pánico fingido, rompiendo la tensión del momento.
—¿Tendremos otro capítulo de La rosa de Guadalupe, versión mafia? —bromea Cruz, cruzado de brazos, rompiendo momentáneamente la densidad del aire.
Me pongo delante de ella, bloqueando su campo de visión para evitar que siga mirando embobada a Darko. Aprieto las manos en puños y tenso tanto la mandíbula que el músculo comienza a doler bajo la piel. Mi posesividad es un error en el sistema que no puedo corregir.
Todos estamos reunidos cuando, de repente, las puertas se abren de par en par. Un silencio sepulcral se instala en el salón con la presencia de los hermanos Morozov. Los tres herederos de uno de los clanes rusos más sanguinarios de todos los tiempos toman el lugar, reclamando el espacio con su sola existencia.
Aleksandr Morozov llegó con la calma de quien no necesita imponerse; el silencio se encargaba de hacerlo por él. Llevaba un abrigo largo, de un azul profundo, casi ceremonial, que se abría con cada paso como si las sombras se apartaran para dejarlo pasar. El interior, decorado con motivos oscuros y elegantes, parecía moverse por sí solo, como si el tejido respirara con él, otorgándole una presencia gélida y autoritaria.
A su lado camina Ivan Morozov, con una arrogancia tan asfixiante que drena el oxígeno del salón. Detrás camina Vladimir Morozov, escaneándonos a todos con una burla cínica en sus ojos azules. Los hermanos son una copia exacta el uno del otro, salvo por un detalle perturbador: Ivan tiene unos característicos ojos rojos. Dicen que son una herencia maldita de su madre.
—Manito, me siento como si fuera un gamín delante de estos tres —murmura Hernández, acomodándose el saco con una torpeza impropia de un hombre de su rango.
—Esa es la razón por la que siempre me cuestiono mi orientación s****l —agrega Cruz, con una resignación teatral—. Me hacen sentir la persona más fea del mundo.
Los observo y hago una mueca de asco. Siempre tienen algo que decir; no conocen el concepto de silencio absoluto.
—¡Bienvenidos a mi humilde hogar! —la voz de Agust Darrend resuena detrás de nosotros, cargada de una arrogancia que siempre lo ha definido. Sus ojos dorados brillan con una mezcla de diversión y sadismo puro mientras se posan en los hermanos rusos.
Detrás le siguen Sergei Darrend, Travix... y Call. Pero la mirada de Call es distinta ahora. Más oscura. Letal. Y esa sonrisa... una que se te mete bajo la piel como un virus. Supongo que el que nos mira ahora es Death, su otra personalidad.
—¿Cuándo les mancho sus bonitos vestidos de sangre? —pregunta Vladimir Morozov, relamiéndose los dientes con un descaro que roza la demencia.
—Cuando yo logre partirte la cabeza —responde Call, con el mismo grado de locura. No hay broma en su tono, no hay duda. Solo un hambre voraz por el caos.
—No vas a ensuciar nada. Vladimir, no me hagas arrepentirme de haberte traído —gruñe Aleksandr sin siquiera dignarse a mirarlo.
—Amargado —se queja Vladimir, aunque da un paso atrás como quien sabe perfectamente con quién no se debe joder.
—Solo hemos venido por ella —sentencia Ivan, clavando su mirada roja en Artemisa.
Vladislau se tensa inmediatamente, convirtiéndose en una muralla de músculo y odio. Yo acerco a Akari más a mi costado, hundiendo mis dedos en su cintura marfil. Ella observa todo con un rostro neutro, como si nada de lo que sucede le afectara, como si este despliegue de testosterona y muerte fuera un trámite aburrido. Esta mujer es un enigma andante, uno que me están entrando unas ganas salvajes de resolver.
—Bueno, creo que después de todo no será una tranquila velada —dice Vladislau, ocultando a su mujer tras su espalda.
—Con lo que me gustaba este vestido —resopla Kali, aunque sus ojos brillan con anticipación—. Pero ahora ella le pertenece a uno de nosotros. Y ¿qué te digo? No entregamos a quien forma parte de nuestro grupo.
Me preparo por si el protocolo de la cena se convierte en un baño de sangre. No suelto a Akari; un sentimiento extraño de protección y posesión absoluta me golpea el pecho. No es solo el contrato, es algo más primitivo.
—Y yo que pensaba no venir —masculla Darko, girando el cuello para calentar los músculos, listo para el desastre.
—¿Necesito ya la pistola de dardos? —pregunto, en voz baja. Este demente siempre pierde los papeles y deja de reconocernos cuando entra en uno de sus episodios psicóticos, y no estoy de humor para morir en manos de un socio.
—¡Necesitamos un maldito cura y mucha agua bendita! —grita Hernández.
Y como si todos estuviéramos sincronizados por un mismo código de guerra, sacamos las pistolas. El sonido metálico de las armas al cargarse resuena en el salón. Nos apuntamos unos a otros en un círculo de muerte inminente, y la tensión se dispara hasta volverse insoportable.