CAPITULO 2

3194 Words
AKARI Toda mi vida supe que estaría destinada a entrar en un matrimonio concertado para fortalecer lazos con alguna familia de la Yakuza. Mi padre siempre nos ha preparado a mí y a mi hermana menor, Mayu, para ser las esposas perfectas: onna-bugeisha de papel, destinadas no a la guerra, sino a la sumisión. Aquellas que se quedan calladas cuando el esposo habla, que saben cocinar con precisión y que están dispuestas a calentar la cama de su marido sin rechistar. Aquella que, si el esposo tiene otras mujeres o visita clubes de hostess, simplemente baja la cabeza, ajusta su obediencia y acepta su lugar en la sombra del clan. Cuando ocurrió aquel suceso que me llevó a perder la voz, dejé de ser un prospecto valioso para convertirme en mercancía dañada. En este mundo de jerarquías implacables, nadie querría a una mujer que no puede emitir un sonido, a pesar de que se nos entrena para el silencio absoluto. «¿Quién querría a una esposa que está averiada?», esas fueron las palabras de mi padre, cargadas de un desprecio absoluto, cuando los médicos le confirmaron que nunca más podría hablar. Con el pasar de los años, el enfoque de mi padre se volcó totalmente sobre Mayu, mi hermanita menor. Ella se convirtió en su única carta para que el apellido Tanaka se consolidara en la organización a través de un matrimonio de alto rango. Quise luchar contra ese destino; no quería esa vida de servidumbre para ella, pero cuando me atreví a exponer mis pensamientos, el castigo fue brutal: días sin comer, encerrada en la oscuridad absoluta de un sótano húmedo. Debido a esa crueldad, ahora la claustrofobia me domina y los lugares sin luz me roban el aliento. Mi padre le ordenó a mi madre que me enseñara a acatar órdenes con rigor, sentenciando que «los productos dañados deben conocer su lugar». Aprendí la lección. Me convertí en un fantasma, una presencia invisible que recorre los pasillos de mi propia casa sin dejar rastro. Suspiro y salgo de mi habitación, moviéndome con cautela para esquivar a los guardias que nos custodian. Debido a que llevo un kimono de seda pesada —porque mi padre se aferra a la idea de que somos reliquias de la era antigua—, mis movimientos son más lentos. El roce del nagajuban bajo la seda y la presión del obi alrededor de mi cintura me recuerdan constantemente mi falta de libertad. Miro hacia todos lados, rogándole a los cielos que Tadashi, mi guardaespaldas personal, no esté pegado a mí como una sombra. Adoro a Tadashi. Es el hermano mayor que Mayu y yo nunca tuvimos. Es casi la mano derecha de mi padre, pero últimamente le han asignado custodiarme como si fuera un tesoro nacional, y por más que he intentado descifrar la razón, no he podido. Debido a esto, Mayu y yo nos hemos metido en muchos problemas; casi siempre soy yo quien recibe los golpes y los castigos, porque no permito que mi padre dañe la piel de mi hermanita. Cuando noto que el camino está despejado, me escabullo hacia el enorme patio interior. El aire fresco me golpea la cara y el aroma a tierra húmeda mezclado con el perfume dulce de la flor de cerezo inunda mis sentidos, compitiendo con los olores a dashi y jengibre que provienen de la cocina. Camino unos cuantos pasos más hasta llegar a una de las salas más alejadas de la mansión, un rincón olvidado que he convertido en mi santuario de baile. Todo el mundo está convencido de que, además de muda, perdí el sentido del oído. Los he dejado creerlo. Cuando la gente piensa que no escuchas, bajan la guardia; revelan secretos, alianzas y debilidades. No me consideran una amenaza, y esa es mi única arma Abro la puerta corredera de madera y papel shoji e ingreso al salón. Mayu me ayudó a equiparlo convenciendo a padre de que el espacio era para ella. Me encamino al pequeño vestidor y me deshago de las capas de seda para ponerme la ropa que mi hermana escondió para mí: unos joggers deportivos y un buzo con capucha. Conecto mi celular y las primeras notas de Airplane pt. 2 de BTS comienzan a vibrar en los altavoces. Ambas somos fanáticas del grupo. Mi bias es Jungkook, pero ese es otro secreto que guardo bajo llave, junto a todos los demás silencios que me pesan en el pecho. Las primeras notas suenan y mi cuerpo comienza a reaccionar como si tuviera voluntad propia. Dejo que el ritmo urbano y latino de la canción se apodere de mis fibras. Me desplazo por el salón con una fluidez que nadie sospecharía. Mis pies, libres de los rígidos zori, se deslizan sobre el suelo con una agilidad milimétrica. En el espejo, veo cómo mis hombros se relajan y mi columna se ondula siguiendo la síncopa de la música. Mi cabeza se pierde en la melodía, en un mundo donde no tengo que mentir ni fingir que soy una muñeca rota. Aquí soy libre. Quisiera vivir como cualquier mujer de mi edad, pero soy realista: nací en la Yakuza y no soy más que un instrumento —aunque dañado— que en algún momento será útil. Mi padre me venderá al mejor postor, a aquel hombre que le permita ascender en la jerarquía y alcanzar el poder que tanto ansía. Sonrío a los enormes espejos, mi reflejo devolviéndome una imagen que nadie más conoce, mientras la voz sedosa de Jimin empieza a flotar en el aire. Me muevo con una fluidez renovada en cuanto la voz de Jungkook resuena, profunda y vibrante, conectando directamente con mis nervios. Mi cuerpo se ondula como una cinta de seda al viento; mi cadera se mueve con una cadencia instintiva y mis piernas se elevan con la gracia técnica de una coreografía que he ensayado mil veces en la seguridad de mi mente. Me desplazo al ritmo de la voz de RM, dejando que la potencia de Jin me envuelva, fundiéndose con la energía de Suga y J-Hope. Ladeo la cabeza, cerrando los ojos, cuando el tono barítono de Taehyung corea, sintiendo cada vibración en mi pecho. La música me transporta a una dimensión paralela donde todo el dolor y las expectativas desaparecen. Es como si solo existiéramos los chicos de BTS, este salón y yo. Estoy tan desconectada de la realidad, tan perdida en el éxtasis del movimiento, que no percibo el momento en que Mayu cruza el umbral del enorme salón y corta la música de golpe. El silencio cae como una losa. —Sé que el resto del mundo cree que eres sorda, pero realmente te conviertes en una cuando te pierdes en el baile —me recrimina, de brazos cruzados y con una ceja arqueada. Me giro hacia ella, el pecho subiendo y bajando por el esfuerzo, y le sonrío. Mi hermanita se ve hermosa, casi irreal. Lleva un kimono de seda pesada que le cae con una fluidez impecable, una obra de arte textil. A Mayu le encanta que sus prendas estén bordadas con delicadas flores de cerezo en tonos suaves de rosa, marfil y lavanda, que trepan por las mangas largas y amplias como ramas floreciendo en plena primavera. Mi padre, siempre obsesionado con ostentar su estatus de Kumicho, ha ordenado que se añadan finos hilos de oro que brillan con cada uno de sus movimientos, haciendo que parezca envuelta en luz propia. El obi ciñe su cintura con una firmeza estructural, ancho y rígido, de un color rojo profundo con matices frambuesa que denotan su linaje. En el centro, un bordado ornamental dorado forma un motivo floral intrincado, mientras las dos cintas largas caen elegantemente hacia el frente, balanceándose con suavidad. Lleva el cabello n***o, tan oscuro como el mío, recogido en un elaborado moño tradicional, pulido y alto. Entre las hebras perfectas se entrelazan adornos delicados: pequeñas flores rosadas y brotes de cerezo que parecen naturales, junto a finas cadenas doradas que caen como hilos de luz alrededor de su peinado. Mayu tiene rasgos suaves y una piel tan clara y luminosa que parece una muñeca de porcelana de la era Edo. Sus labios llevan un delicado tinte rosa y sus ojos oscuros siempre brillan con esa chispa de travesura y picardía que tanto intento proteger. —No seas grosera —le indico mediante señas rápidas y fluidas. —No me hables con señas —se queja ella, arrugando la nariz. —No sabemos quién puede estar vigilando —le recuerdo con gestos precisos. Mantener este engaño ha sido una tarea agotadora; no solo he tenido que dominar el lenguaje de señas japonés (Shuwa), sino también el americano y otros idiomas, convirtiendo mi silencio en una biblioteca oculta de conocimientos. —¡Estamos solas! —refunfuña Mayu, aunque baja un poco el tono. Sacudo la cabeza con una sonrisa amplia, sintiendo el sudor enfriarse en mi piel. —¿A qué has venido? —le pregunto con las manos. —A informarte que tu preciado Koji ha llegado a casa. Está encerrado desde hace horas con papá en su oficina. El corazón me da un vuelco violento, golpeando mis costillas con una fuerza salvaje. Siento cómo el estómago se me revuelve en un nudo de ansiedad y mis palmas comienzan a sudar al instante. El nombre de Koji Yamada siempre actúa como un detonante en mi sistema. Sin perder un segundo, desconecto mi celular del equipo de sonido y me apresuro a cambiarme de ropa. El tiempo de ser yo misma ha terminado; la muñeca de porcelana debe volver a su vitrina. —Tómatelo con calma —se burla mi hermana, con esa sonrisilla ladeada que tanto me irrita. La fulmino con la mirada, pero sigo ajustando las capas de mi kimono con dedos temblorosos. Mayu conoce mi secreto mejor guardado: mi eterno y unilateral enamoramiento por el hijo mediano de la familia Yamada. En los círculos de la Yakuza corre el fuerte rumor de que él será el próximo Oyabun. Aunque la tradición dicta que el puesto corresponde al primogénito, Takeo rechazó el honor, cediéndole el peso de la corona a su hermano Koji. Cuando termino de colocarme el kimono, me observo en el espejo y suelto un suspiro que empaña el cristal. Este sentimiento siempre ha sido una vía de un solo sentido. Koji ni siquiera sabe que existo; cada vez que hay una reunión entre nuestros clanes, él se mantiene al margen, envuelto en un aura de aislamiento absoluto, como si la sola idea de mezclarse con el resto de los mortales le provocara una náusea profunda. Pero a mí eso no me importa. Siempre me ha parecido uno de los hombres más bellos del mundo —claramente después de Jungkook— hay niveles de jerarquía que una ARMY debe respetar. —Vamos —le indico a Mayu con un gesto rápido. —Pareciera que te gusta más ese engreído que Jungkook —me pincha ella, siguiéndome los pasos. Me detengo en seco y mis manos se mueven con una velocidad frenética, casi violenta. —Nunca compares a ningún hombre con mi amado Jungkook —le recrimino en señas. Ella suelta una risita cristalina y nos apresuramos a escabullirnos por el jardín hacia la oficina de mi padre. Hay una pequeña ventana lateral que da directamente al despacho; a mi padre no le gusta cerrarla porque, en los días de calor, la oficina se convierte en un horno asfixiante. —No hagas ruido —le advierto con un gesto severo. Ella rueda los ojos, pero me sigue el paso con sigilo. Nos posicionamos una encima de la otra, estirando el cuello para intentar captar algo, pero es inútil. Hablan en susurros, voces bajas que no traspasan el cristal. Desde mi posición, solo alcanzo a ver a los hombres de la estirpe Yamada. El actual Oyabun, Genjiro, está sentado con una autoridad aplastante tras el escritorio de mi padre. Mi progenitor, en cambio, permanece de pie a unos pasos, en una postura de clara subordinación. Takeo y Ren flanquean a Koji, quien permanece en el centro. Viste un traje n***o hecho a medida que se ajusta a su imponente torso, y sus manos están cubiertas por guantes de cuero fino, un detalle que añade una capa extra de frialdad a su imagen. Su expresión es de un hastío absoluto; el aburrimiento en sus ojos rasgados revela que la conversación le resulta tediosa, una pérdida de tiempo para su mente analítica. En la entrada, Tadashi custodia la puerta junto a Kenji Sato, el Kigure de los Yamada, ambos como estatuas de piedra. —¿Qué dicen? —me pregunta Mayu con las manos. La miro con una ceja arqueada, cargada de sarcasmo. —Ah, verdad... que supuestamente eres sorda —suelta ella en un susurro, aguantando la risa. Le doy un manotazo en el brazo y ella se ríe un poco más. Mi hermana menor tiene un humor que a veces roza lo cruel, pero no me molesta; es la persona en la que más confío, el único lugar donde mi voz y mis oídos son reales. —No te voy a dar de mis dulces —la amenazo en señas. —¡Tienes que saber que solo era un juego! —hace un puchero exagerado. Comenzamos a molestarnos mutuamente cuando, de repente, ella pisa mal en la tierra húmeda y cae hacia atrás. Suelta un aullido de sorpresa y yo me lanzo sobre ella para taparle la boca con la palma de mi mano. El sudor frío me recorre la nuca. Me quedo paralizada, mirando hacia la oficina, rogando que el sonido no haya cruzado la ventana. Mayu balbucea contra mi mano mientras yo busco señales de peligro. De pronto, unos ojos gélidos e implacables se clavan directamente en la ventana. Mi corazón se detiene. Son los ojos de Koji. Abro los míos con horror y me agacho de inmediato, arrastrando a Mayu conmigo hacia el suelo. Le hago una seña desesperada para que guarde silencio absoluto, rogando que las sombras del jardín nos hayan ocultado y que Koji no me haya descubierto espiando. Cuando me doy cuenta de que casi estoy asfixiando a mi hermana, la suelto. —Solo di que quieres ser hija única —se queja ella en un susurro apenas audible, recuperando el aliento. Suelto una risita nerviosa. Volvemos a asomarnos con cautela, solo para darnos cuenta de que la reunión ha terminado. Mi padre le rinde el debido respeto al Oyabun con una inclinación profunda, y este sale de la oficina seguido por sus tres hijos. En cuanto mi padre se queda solo, su voz resuena con una autoridad que nos hiela la sangre. —Solo ustedes creen que nadie sabe que están escuchando. Mayu y yo nos petrificamos. Parpadeamos, asimilando que nos han atrapado. —Salgan de ahí y vengan aquí ahora mismo —insiste mi padre. Ambas tragamos saliva y nos ponemos en pie, sacudiendo la seda de nuestros kimonos. Mayu intenta poner su mejor sonrisa de inocencia, mientras que yo bajo la cabeza, asumiendo mi papel de muñeca sumisa. Caminamos hacia la entrada principal, lanzándonos miradas de reojo mientras recorremos el tramo hasta el despacho, preguntándonos qué castigo nos espera por nuestra imprudencia. Tocamos la puerta de madera maciza antes de entrar y la voz grave de mi padre nos autoriza el paso. Con un gesto seco, nos indica que nos sentemos; ambas obedecemos, manteniendo la espalda recta y la mirada baja, como se espera de las mujeres de nuestro linaje. Tadashi nos lanza miradas de muerte desde su posición, sacudiendo la cabeza en un reproche silencioso por nuestra imprudencia en el jardín. Ambas le devolvemos una sonrisa cargada de falsa inocencia, y él, incapaz de mantenerse serio con nosotras, rueda los ojos y recupera su máscara de piedra. Mi padre, por el contrario, luce una sonrisa inmensa, una que rara vez asoma a su rostro si no hay poder de por medio. —No las voy a castigar por estar de fisgonas, porque hoy es un día de gloria para el clan Tanaka —comienza, entrelazando sus dedos sobre el escritorio—. El Oyabun ha venido personalmente a informarme que tomará a una de ustedes como esposa para el próximo líder de la familia Yamada. Un balde de agua fría parece caer sobre mis hombros, calando hasta mis huesos. Mayu me lanza una mirada cargada de preocupación; ambas sabemos lo que él piensa de mí, y dudo mucho que yo sea la elegida para ocupar un puesto de tal magnitud. —Me hubiera gustado que la elegida fuera Mayu, pero debido a su edad todavía no es posible —continúa mi padre, y su mirada se clava en mí con un brillo calculador—. Por lo que, finalmente, vas a servir para algo, Akari. Dentro de cuatro años te convertirás en la esposa de Koji Yamada. —¿Por qué cuatro años? —pregunta mi hermana, su curiosidad superando siempre a su prudencia. Mi padre pone los ojos en blanco ante su interrupción, pero está demasiado complacido para enfurecerse. —Ese fue el tiempo exacto que estipuló el próximo Oyabun —responde con un tono triunfal. Mayu y yo intercambiamos una mirada eléctrica. Siento que el corazón se me va a salir del pecho, golpeando con una fuerza salvaje contra mis costillas, mientras un enjambre de mariposas revolotea en mi estómago con un frenesí que me marea. Mayu arquea las cejas sugerentemente, compartiendo mi asombro y mi dicha secreta. —Me hubiera gustado que el enlace no fuera dentro de tanto tiempo, pero entiendo que debo prepararte para que estés a la altura de ese lugar... y también para tu presentación oficial este sábado ante tu prometido —mi padre esboza una sonrisa siniestra que me eriza la piel—. Como parte del clan Tanaka, tu función no será solo ser la esposa del Oyabun; tu deber será proporcionarme toda la información que puedas extraer de esa familia. Mayu y yo fruncimos el ceño al unísono, la atmósfera en el despacho tornándose densa y peligrosa. —¿Quieres que los espíe? —le pregunto a mi padre mediante señas rápidas, con el rostro inexpresivo. Él odia que me comunique así, lo considera un recordatorio de mi "defecto", pero en este momento no tiene otra opción más que aceptarlo. —Me vas a entregar la información que necesito para destruirlos desde dentro —sentencia con una frialdad implacable. Mayu me mira con un miedo genuino reflejado en sus ojos oscuros, pero yo le respondo con un leve asentimiento, intentando transmitirle una tranquilidad que apenas poseo. Mi padre siempre ha creído que soy mercancía dañada, un objeto inútil que solo sirve para ser vendido. Ignora que su hija es mucho más que una mujer sin voz, y no voy a permitir que use mi silencio para dañar al hombre por el que he estado enamorada casi toda mi vida. Si él quiere una espía, tendrá que aprender que los secretos mejor guardados son los que yo decida proteger.
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