AKARI
El auto no se ha detenido muy bien cuando ya casi me estoy lanzando de él y azotando la puerta con una fuerza que resuena en todo el estacionamiento. Tengo los ojos cristalizados y tengo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no derramar ni una sola lágrima frente a los hombres de Koji. La vergüenza me está quemando la piel y siento mis mejillas arder cuando recuerdo cómo, en un momento de debilidad, me acerqué tanto a él que no pude aguantar más y terminé besándolo.
Me quiero dar un golpe en la cabeza por eso. No por el beso en sí, sino porque fue un movimiento apresurado, pero es que el hombre toda la noche ha estado enviando señales confusas con su comportamiento. Fue extremadamente celoso y posesivo con el ruso, pero se mantuvo distante en casi toda la maldita cena. Solo cuando Ivan se acercó a mí fue que el hombre casi le arranca la mano con un rigor implacable.
Había notado que Ivan se había sentado en la barra junto a mí. Le hice creer que no había notado su presencia. ¿Por qué? ¿Qué más podía hacer? Se supone que soy sorda, aunque a estas alturas me está costando mucho mantener mi farsa bajo control. Me tuve que morder la lengua para no escribir en mi celular todos los insultos que se vinieron a mi cabeza cuando esos dos comenzaron a discutir como dos perros llenos de testosterona a ver quién se quedaba con la presa.
El corazón comenzó a latirme rápidamente dentro del pecho, como si tuviera caballos de carrera galopando allí, por la forma en que el cuerpo de Koji se relajó cuando tomé su rostro entre mis manos. No quería que siguiera discutiendo con el ruso; Ivan solo estaba provocándolo e intentando buscar una reacción que, claramente, Koji le concedió con una intensidad aterradora. Un enjambre de mariposas asesinas invadió mi estómago cuando me dijo ese: "por favor". Sé que tuvo que haberle costado la vida, pero, a fin de cuentas, lo dijo.
No me juzguen. Cualquier mujer enamorada perdidamente de ese hombre se derretiría cuando él la mira de esa forma y suelta esas palabras, solo porque sabe que así es la única manera de hacer que uno ceda. Luego va y me carga en su espalda como en los K-dramas que tanto me gustan. ¡Soy una mujer romántica! Ese tipo de gesto me hace chillar internamente y hace que mis pupilas se vuelvan corazones.
No conforme con eso, el imbécil permite que Kenji se detenga en la fuente. Se mete conmigo al agua y me deja tomarlo de la mano para bailar con él —bueno, el hombre no se movió, se quedó como una estatua de mármol, pero ese no es el caso— bajo la lluvia de Londres. Estaba sobreestimulada con tantas emociones en la noche que cedí por primera vez a mis impulsos y lo besé.
Sentí como una explosión de purpurina invadía mi estómago cuando mis labios tocaron los suyos. Mis pezones se endurecieron como dos guijarros ante el contacto y comencé a sentir un dolor punzante en mi intimidad, haciendo que mis bragas se empaparan totalmente de deseo.
Pensé que cuando no se movió y seguía allí petrificado moriría de vergüenza al ser rechazada, pero no; el hombre va y me regresa el beso con un hambre salvaje que solo hizo que mi mente explotara en sensaciones deliciosas y me aturdiera. Devoró mi boca como un hambriento al que le dan un pequeño bocado de comida y quiere más, para después alejarse bruscamente, como si mi cuerpo quemara, y dejarme allí. De pie, en medio de la maldita fuente, con la cabeza hecha un lío y la entrepierna empapada.
Me llené de rabia, de tristeza y, sobre todo, de una vergüenza insoportable. Koji no me miró ni una sola vez de regreso a casa y yo, por mi parte, preferí ignorar su existencia. Si lo miraba, me iba a poner a llorar allí mismo. Tenía claro que no iba a ser fácil romper las barreras que Koji Yamada ha levantado contra el mundo. Penetrar su pecho y llegar hasta su centro iba a ser un trabajo de paciencia y estrategia, pero por unos instantes pensé que ya no me veía solo como la prometida molesta que le han impuesto para poder llegar a ser Oyabun, sino como algo más. ¡Qué estúpida soy!
Me apresuro a llegar al elevador que me llevará al último piso donde se encuentra el pent-house. Por el rabillo del ojo observo cómo Tadashi se ha bajado de una de las camionetas que nos seguían como seguridad, pero ignoro su persistente mirada de preocupación. No tengo ánimos para nada.
Me subo al elevador sin esperar a Koji. Me muerzo el labio tan fuerte que siento el sabor metálico de mi propia sangre. Quiero llorar, gritar, pero no hago nada de eso; mantengo mis emociones a raya como he aprendido todos estos años de disciplina. Las puertas del elevador se abren y me muevo con rapidez. Necesito llegar a mi habitación, encerrarme quizás por los próximos cuarenta años para lamer mis heridas y esconder mi humillación, mientras me veo cualquier drama coreano, me devoro tarros de helado y escucho las canciones de BTS a todo volumen.
Me detengo de repente cuando escucho pequeños pasos corriendo hacia mí por el pasillo. Trago con fuerza y abro los ojos cuando un hermoso perro n***o, imponente y demasiado grande, corre hacia mí. Se detiene en seco cuando me ve y me observa con un rigor absoluto. No me muevo de mi lugar, pero chillo, emocionada internamente al ver lo hermoso que es.
El perro me gruñe un poco, una advertencia baja, pero no me asusto. Siempre me han encantado los animales. Mayu me dijo alguna vez que si quería podría ser una buena veterinaria porque tengo un don para encantar a las bestias. El perro baja un poco la cabeza y me encantaría poder hablarle en estos momentos para calmarlo. Lo único que se me ocurre es ponerme en cuclillas y extender mi mano, con las palmas hacia arriba, para demostrarle que no soy una amenaza en su territorio.
El perro me olfatea con una curiosidad que me mantiene conteniendo el aliento. Sonrío cuando poco a poco se va acercando, cauteloso eso sí, pero cuando dejo que sea su cabeza la que se pose voluntariamente debajo de la palma de mi mano, chillo, eufórica internamente. Me obliga a acariciarle la cabeza con pequeños empujoncitos y luego, para mi sorpresa, se tira patas arriba para que le rasque el estómago.
¡Qué preciosidad! Con total tranquilidad le regalo caricias tiernas a la hermosa bola de pelo n***o. Él se remueve buscando más de mi toque, entregado por completo. Mi cuerpo se tensa cuando escucho cómo las puertas de la salida de emergencia del pent-house se abren de golpe, pero me obligo a permanecer quieta; no quiero revelar que puedo escuchar cada uno de sus movimientos. Por lo menos, no por ahora.
Me mantengo acariciando la pancita de la preciosa bola de pelos, fingiendo estar sumergida en mi mundo de silencio. Pero puedo escuchar su respiración agitada y sus pasos apresurados, casi desesperados. Se detiene en seco. Sigo sin girarme; se supone que no lo he escuchado entrar.
—Ryuu —dice Koji. Supongo que así se llama esta bestia adorable.
El animal se levanta con una rapidez que casi me hace perder el equilibrio, pero logro sostenerme con elegancia. Me levanto y me giro lentamente, fingiendo sorpresa. Koji está sudado y respira como si hubiera corrido una maratón para llegar hasta aquí. El cabello, que ya luce un poco más largo de lo que normalmente solía utilizarlo, lo trae despeinado y empapado de sudor, dándole un aspecto salvaje que me corta el aliento.
—Ryuu... —Koji vuelve a llamar al perro, pero este no se mueve de mi lado.
El animal se pega a mi pierna y busca mi mano nuevamente. Se ha sentado, por lo que su cabeza queda apoyada contra mi muslo con total confianza. Koji abre los ojos de par en par al ver la escena. Trago con fuerza y luego sus ojos se encuentran con los míos. Frunzo el ceño cuando noto que un bonito tono rosa va subiendo por sus mejillas hasta llegar a sus orejas. ¿Por qué demonios se está sonrojando ahora? Sus ojos bajan hacia mis labios y se quedan clavados allí unos segundos con una intensidad abrasadora. ¿Está pensando en el beso?
Quiero darme un golpe en la cabeza por dejar que mi esperanza vuele tan alto al instante. Koji sigue allí petrificado, como hipnotizado por la visión, luego sacude la cabeza y da un paso hacia atrás como si temiera quemarse con mi presencia.
¡Qué hombre tan desesperante y tan confuso! Lo veo tragar saliva y pasarse nuevamente las manos por las hebras negras de su cabello, deshaciendo cualquier orden que quedara en él. Carraspea, tratando de recuperar su máscara de acero. Luego se pone a una distancia exacta donde me sea fácil leer sus labios perfectamente, dándome toda su atención.
—A Ryuu no le gustan los desconocidos —su voz sale más ronca de lo habitual, vibrando en el aire.
Arrugo la nariz y mis ojos van hacia la hermosa criatura que, cada vez que dejo de tocarle la cabeza, busca mi mano con insistencia. Luego regreso mi mirada hacia él y ladeo la cabeza con un rastro de burla silenciosa.
—Pero parece que me he equivocado —murmura, visiblemente irritado por haber perdido el control de la situación.
Lo fulmino con la mirada. Koji me mira nuevamente los labios y se sonroja más, si es que eso es posible. Su lengua asoma para lamer su labio inferior en un gesto que me hace flaquear las piernas. Doy un paso adelante, acortando la distancia, y él instintivamente da un paso atrás. ¿Me tiene miedo? ¿Cree que voy a saltar encima de él otra vez? ¡Qué vergüenza! Siento cómo la cara comienza a arderme de nuevo.
—Es hora de ir a la cama —dice de repente, cuando nota que no hago el intento de tomar mi celular para responder a su comentario.
Frunzo más el ceño. ¿Cree que soy una niña a la que deben enviar a dormir temprano? ¡Si será imbécil! A veces me cae realmente mal, pero luego mi estúpido enamoramiento golpea fuerte y se me olvida lo frío y distante que puede llegar a ser. ¡No me culpen, es el amor de mi vida! Pero en momentos como estos solo quiero darle un golpe en la cabeza para que reaccione.
—No se te olvide quitarte el maquillaje —se rasca la nuca y... ¿acaso está tartamudeando? —. Dicen que es malo para las mujeres dormir con maquillaje.
¿Es en serio? ¿Ahora resulta que el heredero de la Yakuza se preocupa por mi rutina de skincare? Aprieto mis labios en una fina línea y comienzo a ver cómo su rostro se va transformando en un gesto de fastidio cuando no logra obtener una reacción clara de mi parte.
—Si tienes hambre, mandé a traer todos esos dulces que sueles comer —carraspea, evitando mi mirada directa.
¿Ven? ¡Este hombre es la confusión hecha persona! Se comporta como un idiota arrogante, pero luego tiene estos pequeños gestos que me hacen querer comérmelo a besos aquí mismo. Koji cree que no me he dado cuenta de que siempre se posiciona frente a mí para que pueda leer sus labios sin esfuerzo; que cuando a alguien se le olvida hablarme de frente, le gruñe con una furia contenida para que lo haga.
Cree que tampoco noté que, desde que llegué, tengo una alacena llena de chucherías y que cada semana se mantiene repleta con todas las cosas que me gustan. Mandó a instalar una plataforma especial donde puedo ver mis k-dramas. Y en cada rincón de esta casa siempre hay una vela con mi aroma preferido, aun cuando nunca le dije cuál era.
Pero luego hace cosas como ignorarme, mantener una distancia kilométrica o evitarme como si mi presencia fuera una enfermedad contagiosa.
—Date también una ducha —sigue divagando, cada vez más nervioso y con el rostro encendido —. Eso ayuda a calmar los dolores de los pies después de usar tacones.
¡No puedo más con este hombre! Resoplo molesta y pisoteo el suelo con fuerza, descargando un poco de la frustración que me carcome. Koji parece salir de golpe del trance en el que ha estado mientras enumeraba mecánicamente todo lo que debía hacer antes de irme a dormir. Me mira con el entrecejo fruncido, recuperando un poco de su habitual máscara de seriedad.
—¿Necesitas algo más? —pregunta, genuinamente confundido por mi reacción.
La rabia me nubla el pensamiento; la indignación, la vergüenza y esas ganas locas de besarlo se mezclan en un cóctel explosivo. No mido las consecuencias cuando elevo una de mis manos con uno de mis tacones y se lo lanzo directamente a la cabeza con toda mi fuerza. Koji abre los ojos de par en par mientras esquiva el proyectil, pero el zapato logra rozarle una mejilla, dejándole un pequeño rasguño que resalta sobre su piel clara.
Se queda allí, mirándome con los ojos desorbitados. Parpadea un par de veces, abre la boca y vuelve a cerrarla, como si su mente estuviera procesando con un rigor lento el hecho de que su prometida acaba de lanzarle un tacón a la cara. Me giro molesta, dándole la espalda, y camino con pasos fuertes y decididos hacia mi habitación. A pesar de la distancia, logro escuchar cuando Kenji llega a la escena y pregunta con un tono de burla mal disimulada:
—¿Casi te saca un ojo con un tacón?
Las voces se escuchan cada vez más lejanas, pero no me detengo ni un segundo.
—¡Maldita demente! —gruñe Koji, y puedo sentir su frustración vibrando en el aire.
Sonrío victoriosa cuando entro a mi habitación y cierro la puerta tras de mí; Ryuu, el traidor más adorable del mundo se cuela conmigo antes de que la puerta se cierre. Pego la espalda a la madera y suelto una risita nerviosa; se veía demasiado tierno y desorientado cuando le tiré el zapato, rompiendo por completo su aura de heredero implacable.
Además, es malditamente lindo cuando se sonroja y se pone nervioso por mi culpa. Ryuu se sube a mi cama con total confianza, reclamando su lugar. Yo comienzo a deshacerme del vestido, dejando que la seda caiga al suelo. Me quedo solo en ropa interior y camino hacia el baño para seguir las "instrucciones" de mi prometido. Tomo una ducha caliente que me relaja los músculos, sigo mi rutina nocturna para el cuidado de la piel con esmero, me pongo un pijama cómoda y finalmente me acuesto. Le abro espacio bajo la cobija a Ryuu, que se acomoda a mi lado y me permite abrazarlo, hundiendo mi rostro en su pelaje oscuro.
Por lo menos alguien en esta casa acepta que le gusto y no lucha contra lo que siente con tanta terquedad.