CAPITULO 13

2796 Words
KOJI Suspiro e inhalo el olor a flores de cerezo que desprende la piel de Akari. Lleva su rostro apoyado en mi hombro mientras camino con ella a cuestas hacia el auto. Kenji ya nos espera con la puerta abierta, listo para intervenir. Da un paso para intentar ayudarme con el peso, pero con una sola mirada lo detengo en seco, marcando mi territorio. Yo soy el único capaz de manejar a mi prometida; nadie más pone sus manos sobre ella. Kenji asiente, captando la advertencia, y se queda en su lugar. Como puedo, bajo a Akari de mi espalda cuando estamos frente a la puerta del auto. Ella se mueve con una torpeza adorable provocada por el alcohol. La ayudo a subir, asegurándome de que quede instalada, y luego subo yo, ocupando el espacio a su lado. Le doy la orden a Kenji de que regresemos al pent-house de inmediato. Él asiente y pone el motor en marcha. Evito mirar a mi prometida porque tengo una erección que está siendo demasiado dolorosa y persistente. No ayuda el haberla tenido hace unos minutos en mis brazos, sintiendo cómo su pecho se aplastaba contra mi espalda en cada paso. Tuve que respirar hondo varias veces para no cometer la locura de empotrarla contra cualquier pared del castillo y tomar por la fuerza lo que me he estado negando desde que la conocí, pero que claramente me pertenece por derecho de sangre. Las notas de Die for You de The Weeknd comienzan a sonar en la radio, llenando el habitáculo. Me tenso al procesar la letra; parece una burla del destino. Kenji va murmurando la canción, despreocupado, mientras yo lucho con miles de emociones abriéndose paso en mi pecho. Emociones traicioneras que me niego a reconocer. Las detesto. Los sentimientos son la grieta en la armadura de los hombres poderosos. Cuando dejas que te dominen, dejas de pensar con lógica para permitir que el corazón tome las riendas, y me niego rotundamente a ese caos. Por eso mantengo cada impulso bajo una llave de acero. Trago con fuerza y mis ojos, como si tuvieran voluntad propia, se dirigen hacia Akari, que va mirando por la ventana, ajena a mi tormento interno. Pensé que, por lo tomada que está, se iba a quedar rendida en el asiento, pero está demasiado despierta para mi gusto, procesando el mundo exterior con una nitidez que no esperaba. Me sobresalto cuando vamos pasando por la fuente de Trafalgar Square y Akari estira su mano para llamar la atención de Kenji. Mueve sus manos desesperadamente en el aire hasta que él por fin la mira por el espejo. Me mantengo en un silencio tenso, observando qué es lo que quiere ahora. Ella toma el celular, escribe algo con rapidez y luego se lo pasa a él por el hueco entre los asientos. Kenji lo lee y luego me busca por el retrovisor, pidiendo permiso. —Quiere que me detenga —me dice, dudoso. Frunzo el ceño, dispuesto a dar la orden de seguir. Akari me mira en ese instante y, joder, el golpe que me da en el pecho ver sus ojos encendidos de emoción ante el escenario de la fuente es demoledor. Quiero negarme. Quiero decirle que no estoy de humor para juegos infantiles, pero cuando me mira así, con esa vulnerabilidad brillante, sé que no podré negarle nada a esta mujer y me detesto por mi propia debilidad. No puedo estar ablandándome de esta manera. Ella nota mi renuencia y escribe rápidamente en la pantalla antes de tendérmela. "Por favor". —Ya es muy tarde —le digo, obligándola a mirarme a la cara para que lea la negativa en mis labios. Ella se hunde en el asiento, derrotada, y no sé por qué mierda la culpa de haberle dicho eso me golpea con la fuerza de un mazo. Suspiro exasperado, peleando contra mi propia naturaleza, pero luego suelto la orden: —Detente. Kenji me mira con una ceja arqueada, sorprendido por mi capitulación, pero no dice nada. Es mejor así; no estoy de ánimos para soportar sus burlas silenciosas. El auto se detiene y, antes de que pueda reaccionar, Akari ya se está bajando con una agilidad sorprendente para su estado. —Mierda —maldigo entre dientes y me apresuro a perseguirla. La maldita loca se quita los tacones en medio de la plaza y corre hacia el agua como si fuera una niña. No puedo gritarle como me gustaría por ser tan demente. ¿Quién mierda se mete a una fuente a estas horas de la noche en Londres? Al parecer, a mi prometida le faltan algunos tornillos en la cabeza. —¿Va a perseguirla? —me pregunta Kenji, apareciendo a mi lado con una sonrisa contenida. Resoplo, pero no le quito los ojos de encima a Akari. Ella sonríe de una forma que nunca le había visto cuando sus pequeños pies tocan el agua, que debe estar a una temperatura insufrible. —Se va a enfermar —comenta Kenji, echando leña al fuego de mi preocupación. Hago una muesca con la boca, exasperado por la situación y por cómo ella me arrastra a su caos. Como no tengo otra opción, me quito la chaqueta del traje, los zapatos y los calcetines, y me meto yo también en la fuente, rompiendo toda mi compostura de heredero. Akari se emociona cuando me ve entrar tras ella y, joder, quiero ser el dueño de esa sonrisa para siempre. Ya no me mira como si me odiara o como si fuera un mueble estorbando en su vida; ahora hay un brillo cálido y juguetón en sus ojos. Trago con fuerza ante la extraña sensación que me sacude el pecho. Ella sonríe y comienza a dar pequeños chapoteos con los pies en el agua, haciendo que las gotas me salpiquen la camisa de seda. La fulmino con la mirada, intentando mantener mi máscara de seriedad, pero parece ser que a ella le divierte mi reacción y no me teme en absoluto. Pequeñas gotas de lluvia comienzan a caer del cielo londinense y me molesto porque sé que se va a enfermar. Me acerco a ella para sacarla de allí, pero ella se aleja con la risa grabada en el rostro todavía. Doy dos pasos más hacia ella, pero vuelve a escabullirse. La picardía y la diversión se reflejan en su bonito rostro de una forma que me nubla el juicio. Quisiera capturar este momento, congelarlo y mantenerlo solo para mí. Ser el único causante de esa alegría hace que mi lado más posesivo quiera tomarla, echarla sobre mi hombro y encerrarla en un castillo donde nadie más pueda verla. Quiero obligarla a que siempre me mire y me sonría así, pero solo a mí. Las gotas comienzan a caer con más fuerza, empapando mi camisa, así que intento acercarme rápidamente a ella para decirle que es hora de irse, pero ella comienza a correr por toda la fuente con una energía que me descoloca. Abre los brazos y eleva el rostro hacia el cielo, cerrando los ojos y dejando que el agua bañe su piel. Me muerdo el labio cuando mi polla se agita con violencia al verla sonreír de esa manera tan libre. Joder, no sé desde cuándo mis impulsos carnales son más fuertes que mi propio control. La luz de las farolas baña su silueta y la hace parecer casi etérea, una aparición en medio de la noche londinense. Siento una necesidad primitiva de golpearme el pecho como un cavernícola al darme cuenta de que ella va a ser mía. De que, de hecho, ya lo es por destino y por contrato. Me acerco a ella y me pongo de frente para que pueda ver mi rostro entre la lluvia. Ella toma mi mano y siento una corriente eléctrica recorrer cada fibra de mi cuerpo, sacudiéndome hasta la médula. Puedo sentir lo cálida que es su piel aun cuando llevo los guantes de cuero puestos. Ella comienza a bailar, a mover las caderas con una gracia natural, y yo ruedo los ojos porque esto es lo más cliché y patético que he hecho en mi vida, pero dejo que siga moviendo su cuerpo al ritmo de alguna melodía que solo suena en su cabeza. No voy a negar que Akari Tanaka me intriga más de lo que es saludable. Es una dócil princesa de la Yakuza delante de sus padres y del mundo, una muñeca de porcelana perfecta, pero cuando está conmigo no tiene miedo de enfrentarme, y eso solo aviva mis ganas de quitar cada capa que la cubre, de desvelar cada una de sus verdaderas emociones ocultas tras ese silencio. Ella baila y baila, y yo me quedo allí, estático, perdiéndome en su belleza. En esa sonrisa que, de repente, muero por proteger de todo el fango de nuestro mundo. Puede que me repita que Akari es solo una transacción comercial, pero sé que me estoy mintiendo descaradamente. Sé que es algo más, pero en mi mundo dejar que alguien entre a tu vida es ponerle una diana en la cabeza. Lo he visto con cada uno de mis socios: cómo nuestros enemigos siempre van por sus mujeres para destruirlos, y cómo ellos pierden el juicio cuando no las tienen. Me niego a ser uno más de ellos. Tengo que mantener a Akari lo más lejos posible de mi centro, porque me está infectando todo el sistema con su presencia. Akari se detiene y dejo de respirar cuando, de repente, se acerca a mí con los ojos todavía vidriosos por el alcohol y la lluvia. Yo me paralizo cuando sus manos se posan en mis hombros, reclamando apoyo. A pesar de que lleva tacones, sigo siendo mucho más alto que ella, obligándola a inclinar la cabeza. El corazón me late con una fuerza que me asusta cuando su rostro queda demasiado cerca del mío. Las manos me comienzan a sudar dentro de los guantes y el pulso se me dispara con un rigor implacable. ¿Desde cuándo me pongo tan jodidamente nervioso por la presencia de una mujer? Sin que yo pueda reaccionar, Akari posa sus labios sobre los míos. El mundo se detiene en seco. El ruido de la ciudad se borra y solo queda la suavidad devastadora de sus labios sobre los míos. Me quedo allí como un tonto, paralizado por el impacto, porque... ¿la muy demente me está dando mi primer beso? Nadie lo sabe, es mi secreto mejor guardado, pero nunca he besado a nadie. Claramente soy un Don, me gusta someter a las mujeres y tengo una reputación que mantener, pero como dije, rara vez las toco de verdad. Me satisface dominarlas de formas en las que mi cuerpo no tenga que involucrarse con el suyo; me molesta el contacto físico no controlado. Pero esto es diferente. Akari sigue presionando sus labios con los míos y yo sigo con los ojos bien abiertos, con el corazón martilleando contra mis costillas. Siento cómo comienzo a sonrojarme con una intensidad humillante. Joder, me estoy sonrojando por un maldito beso bajo la lluvia. Estoy dando mi primer maldito beso y ella me lo ha robado sin pedir permiso. Otra primera vez que se lleva de mi inventario. No logro reaccionar ni apartarla. Es como si mi cerebro hubiera hecho un corto circuito y dejado de funcionar con su lógica habitual. El sabor de su boca es embriagante, mucho más que el champán, y ahora ¿cómo se supone que siga después de esto? Será una tortura absoluta tenerla cerca y no poder devorarla. Me niego a ser un adicto a ella. Joder, ya de por sí me torturo teniéndola cerca y no poder reclamarla como quiero, para que ahora ella haga esto y me deje desarmado. La odio. Ella se tensa al notar que no respondo al beso de inmediato e intenta alejarse, pero mi cuerpo reacciona con una exactitud letal, mucho más rápido que mi mente, y la atrapo contra mí. La pego más a mi anatomía, reclamando su espacio, y tomo el control absoluto del beso. Ella suspira rendida mientras yo comienzo a devorar su boca. Esa maldita boca que me ha tenido en vela. La odio. La odio demasiado por este poder que ejerce sobre mí. Gruño cuando mi lengua repasa sus labios exigiendo entrada y ella acepta gustosa, deshaciendo mis defensas. Su cuerpo se derrite contra el mío en medio de la lluvia. Mi lengua comienza a dominar la suya con un rigor implacable. Su sabor me golpea los sentidos y me vuelve loco de remate. Mi polla se tensa dentro de mis pantalones con una violencia que raya en la tortura, pero no quiero dejar de besarla; la necesidad es más fuerte que el dolor. Me consumo en sus labios. Me apodero de ellos con una voracidad animal. Muerdo, chupo y lamo como si estuviera sediento en medio del desierto. Como un adicto cuando vuelve a probar su dosis después de años de abstinencia. Ella rodea mi cuello con sus brazos y estoy a nada de tirarla al suelo de la plaza y follarla aquí mismo, sin importarme Kenji o el mundo. Es un veneno. Uno que ha llegado para invadir mi sistema y arruinar mi estructura. Esa es la única explicación lógica. Muevo mis labios pidiendo más, queriendo más, deseándolo todo. Dejo que mi cabeza se nuble, que mi racionalidad salga volando y que el animal hambriento de ella que habita en mí tome el control total. Cuando siento que las cosas se van saliendo de mi dominio, me detengo y me alejo bruscamente, recuperando mi máscara de piedra. Ella abre los ojos, desorientada ante mi acción, y yo solo puedo mirarla con los labios hinchados por culpa de mi voracidad. Tiene los ojos nublados por el deseo y trago con fuerza, tratando de estabilizar mi pulso. Joder. Joder. Joder. Dejé que mi instinto tomara el mando. Ella me mira algo dolida y confundida, buscando una explicación que no tengo palabras para dar. No quiero hacerlo. Esto no puede volver a pasar bajo ninguna circunstancia. Yo no beso; yo no me entrego a este tipo de debilidades. Y ella se ha robado mi primer beso como si fuera nada. Como no quiero ver el dolor en sus ojos, me giro y camino rápidamente hacia el auto, huyendo de lo que siento. Sé que va a seguirme. Me subo al vehículo y espero a que ella haga lo mismo. Me duele la cabeza y la polla me palpita con un rigor insoportable. Estoy enojado conmigo mismo y con ella. Esto no debió pasar jamás. Akari se sube al auto y baja la cabeza, ocultando su rostro. No me mira ni una sola vez en el resto del viaje de regreso al pent-house. Cuando llegamos, ni siquiera espera a que yo la ayude a bajar. Abre la puerta por su cuenta y luego la azota con una fuerza que resuena en todo el estacionamiento. Me paso las manos por el cabello, frustrado hasta la médula. Me quedo unos segundos dentro del auto intentando calmar el caos en mi pecho. Siento que golpean la ventana y gruño exasperado. Es uno de mis hombres. Suspiro y me bajo del auto con una expresión letal. —¿Qué? —ladro molesto, descargando mi frustración en él. —Solo quería avisarle que han traído a Ryuu de la escuela donde estaba —me informa, manteniendo la distancia. Frunzo el ceño. Había enviado a Ryuu a una escuela de adiestramiento de alto nivel. Quería que le enseñaran nuevas tácticas y que lo asearan profesionalmente. —¿Dónde está? —pregunto, con un mal presentimiento instalándose en mi estómago. —En el pent-house —responde el hombre. —Mierda —murmuro. Akari bajó sin esperarme y Ryuu es una bestia entrenada para matar. Casi estoy corriendo para poder llegar a ella antes de que mi perro la ataque; no está acostumbrado a extraños en su territorio. Subo las escaleras con una urgencia que me pone el corazón casi en la garganta. —¡Joder! —casi grito, sintiendo que los segundos se me escapan. No puedo llegar lo más rápido que deseo. Estoy traspirando cuando por fin alcanzo la entrada de emergencia. Abro la puerta esperando encontrarme una carnicería, pero la mandíbula se me descuelga ante la escena. Veo a mi maldito perro de presa acostado con las patas para arriba, moviendo la cola frenéticamente a la mujer que está sobándole la barriga con total tranquilidad. A Ryuu no le gusta que nadie, además de mí, lo toque, pero parece que mi prometida no solo me ha embrujado a mí, sino a mi perro también. Maldito infierno, y maldita ella por ser tan perfecta en su caos.
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