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El tormento de la bestia

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Blurb

Everett Kolt ha heredado Kolt Energy, la empresa energética más poderosa del país, y con ella, el peso de un legado que desprecia. Marcado por una infancia llena de desprecio y maltrato, Everett se ha convertido en un líder implacable, temido por todos y conocido como La Bestia. Su furia no distingue a nadie, especialmente a Ireland Holmquist, la brillante ingeniera que alguna vez fue la favorita de su difunto padre.

Decidido a borrar todo rastro de la influencia paterna, Everett convierte la vida de Ireland en un infierno: la obliga a liderar proyectos económicamente inviables, la somete a exigencias imposibles y mantiene una distancia fría y autoritaria. Sin embargo, entre sus actos crueles emergen momentos de inesperada amabilidad, gestos que confunden a Ireland y la hacen ver destellos de humanidad tras la máscara de hierro de su jefe.

Atrapada entre el desafío profesional y la atracción que comienza a sentir por Everett, Ireland lucha por comprender a ese hombre quebrado, incapaz de amar por las cicatrices que dejó un pasado lleno de sospechas y rechazo. Mientras el imperio Kolt amenaza con devorarla, Ireland podría ser la única capaz de derribar los muros de La Bestia… si es que Everett no termina destruyéndola primero.

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CAPÍTULO UNO (CONOCIENDO A LA BESTIA)
Llevaba dos años trabajando para Kolt Energy, la mayor empresa energética del país, y aunque me había ganado mi puesto con todo el sacrificio del mundo, también le debía mucho al Sr. Kolt, un adorable viejecito que nos alegraba el día a todos. Según contaban, de joven había sido un hombre despiadado, pero con los años se convirtió en una persona dulce y amable. Tanto, que cuando nos informaron de su fallecimiento a causa de un infarto, todos nos quedamos cabizbajos. Quisimos ir a su funeral, pero no hubo tal cosa. El Sr. Kolt fue cremado y nadie fue informado. El heredero de su empresa fue su único hijo, un hombre al que jamás había visto y del que solo supimos su nombre cuando se hizo el anuncio oficial. El nuevo jefe emanaba peligro por cada jodido poro de su piel y era tan serio que daba auténtico terror. Y aunque era guapísimo, con su perfecta piel blanca, cabello n***o azabache y unos ojos tan azul oscuro como la profundidad del mar, nadie podía verlo de otra manera, porque jamás sonreía y nos miraba como si estuviera al acecho, buscando el momento para aniquilarnos. Había escuchado que lo apodaban “La Bestia”, y eso fue todo lo que supe de él, ya que en su primera semana al mando, me tocó viajar por trabajo. Cuando volví, el ambiente estaba tenso, y no entendí por qué hasta que, en la cafetería, vi a una compañera lloriqueando por cómo la había tratado. Aunque en la empresa no éramos unos blandos que cedieran ante un grito, no era algo a lo que el Sr. Kolt padre nos tenía acostumbrados. Así que, cuando el teléfono de mi oficina sonó y su secretaria me informó que quería verme, mis manos empezaron a sudar frío. Estaba aterrada y no sabía por qué. No había hecho nada mal para que me despidieran, y mi trabajo siempre había sido impecable. De hecho, era la mejor en mi ámbito, pero no sabía qué me esperaba con este tipo. Rápidamente, preparé una carpeta con toda la documentación que podría necesitar y me dirigí a su oficina. Hazel, su secretaria, tenía cara de circunstancias. La saludé con una sonrisa fingida, aunque estaba aterrada. —Éxitos, Ireland. Ese tipo es insufrible —dijo, poniéndome aún más nerviosa. A paso lento caminé hasta su puerta, respiré profundamente y di tres suaves golpes. Una voz varonil y seria me respondió con un "adelante" que me heló la sangre. Si me dieran a elegir entre estar en un lugar solitario y sin tecnología o entrar en esa oficina, escogería sin pensarlo la primera opción. Pero nadie me daba a elegir. Así que, armándome de valor y sin mirarlo, entré como alma que lleva el diablo y me paré frente a su escritorio, nerviosa. —Bienvenida, señorita Holmquist. Puede sentarse —ordenó. Me senté enseguida y, aún sin mirarlo, le pregunté qué necesitaba de mí. —Qué raro apellido, ¿de dónde es? Su pregunta me tomó por sorpresa, así que hice lo que había estado evitando: mirarlo a los ojos. Sabía que sus ojos eran tan azul oscuro como el océano profundo, pero al observarlos de cerca, descubrí que estaban tan vacíos que daban miedo. No pude sostenerle la mirada por mucho tiempo. —Es sueco —respondí, intentando no volver a mirarlo a los ojos. Él me miró intrigado. —¿Es usted de allá? —Soy descendiente de suecos, pero nací aquí, en Estados Unidos. Aunque, si mi padre estuviera aquí, tendría que responder que sí lo soy. Mi familia está muy orgullosa de sus raíces. —Vaya, qué bueno saberlo. —¿Qué necesitaba de mí? —repetí, intentando recuperar el control de la situación. Algo parecido a una media sonrisa se dibujó en su rostro, pero casi enseguida frunció el ceño. —Sé que Zack Kolt —dijo, refiriéndose a su padre— le tenía mucha estima y confianza. Pero yo no soy él, así que a partir de hoy se ganará su puesto, y sus viajes estarán suspendidos hasta que demuestre lo capaz que es. ¿Pero qué clase de mierda acababa de decir? Me quedé con la boca entreabierta, sorprendida por sus palabras. No sabía qué insinuaba, pero mi puesto me lo había ganado con mucho esfuerzo. Ni siquiera me dio tiempo para refutar lo que acababa de decir antes de despedirme. —Puede retirarse —dijo con voz fría mientras volvía a mirar unos documentos. Furiosa, me levanté de la silla y dejé caer la carpeta sobre su escritorio con un golpe seco, desafiándolo. —Debería revisar detalladamente mi trabajo y mis números para que vea que soy la empleada que más ingresos genera en esta empresa. Él no apartó la mirada de los documentos, ignorándome por completo, como si no existiera. Salí furiosa de esa maldita oficina. Hazel me miró con cara de pena, pero yo solo quería encerrarme en mi oficina y llorar. Caminé rápidamente hacia el ascensor, mordiéndome los labios para no romper en llanto. Si había algo que odiaba de mí, era que cuando me enojaba, lloraba como una tonta, lo que me ponía aún más furiosa. A toda prisa, entré en mi oficina y lloré como una maldita idiota. Para cuando drené mis frustraciones, mi rostro estaba tan rojo como mi cabello. Hoy parecía más un tomate que una zanahoria, como me decía mi padre. Revisé cuidadosamente mi trabajo y cada uno de mis reportes, asegurándome de que nada estuviera mal. Y, efectivamente, no había errores; mis números seguían siendo tan buenos como el primer día. Me había preparado tanto para este trabajo, dispuesta a ser la mejor, que no había cometido un solo error en dos años. Sentía una frustración indescriptible con el nuevo jefe. Cuando terminé de revisar todo, era realmente tarde. Solo tenía un café en el estómago y estaba hambrienta; no quedaba absolutamente nadie en la oficina. Tomé mis cosas para irme a casa, pensando en recalentar una pizza y abrir una botella de vino para compensar el mal día. Cuando las puertas del ascensor se abrieron, el motivo de mi malestar estaba ahí, en un rincón, como al acecho. Intenté ignorarlo y no lo saludé, haciendo como si no lo hubiera visto, lo que era absurdo porque el ascensor no era tan grande. Me paré de espaldas a él, mirando ansiosa la pequeña pantalla que marcaba los pisos. Como en una jodida película, el ascensor tardaba más de lo esperado, y yo no me sentía nada cómoda compartiendo el espacio con él. Mi estómago rugió, traicionándome, y solo quería que me tragara la tierra. —¿No ha comido usted hoy? —preguntó, tomándome por sorpresa. Intenté ignorarlo, pero otro rugido retumbó en el silencioso ascensor. —No tiene ni que responderme. Su estómago habla por sí solo. Me giré, esperando al menos una sonrisa, pero no, su ceño seguía fruncido. —Mi jefe quiere que trabaje el doble para demostrarle lo buena que soy. Hoy no tuve tiempo de comer —dije con seriedad. Él me miró intrigado, y las puertas del ascensor se abrieron, permitiéndome escapar. —Que tenga buenas noches, señorita Holmquist. Rodé los ojos y continué mi camino hacia el amplio estacionamiento. Subí a mi auto, sintiéndome aliviada. No sabía por qué, pero con él me sentía como una presa a punto de ser devorada. Supuse que todos se sentían igual, y por eso lo llamaban "La Bestia".

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