Otro sábado había llegado, como si no me alcanzara con una semana que había sido una montaña rusa de emociones y responsabilidades. Me levanté temprano, más por costumbre que por necesidad. El departamento estaba en silencio, salvo por el ruido de las hojas que se movían con la brisa afuera. El plan del día era simple: organizar. ¿Qué? No estaba segura, pero organizar algo siempre parecía una forma de calmar el caos dentro de mi mente. Terminé frente a un viejo estante lleno de libros olvidados, empolvados por el tiempo. Algunos eran regalos, otros compras impulsivas que nunca llegué a leer. Mis dedos recorrieron los lomos, y uno en particular llamó mi atención: "El Principito." Sus tapas estaban un poco gastadas, y al abrirlo, una dedicatoria escrita a mano me golpeó como un tren de rec

