Después de ese instante suspendido en el lago, donde cada gota y cada caricia parecían borrar temporalmente las cicatrices del pasado, Everett y yo regresamos al bote con el cuerpo aún vibrante de la pasión compartida. La brisa marina, fresca y salada, me envolvía mientras me ayudaba a subir a bordo, mi piel todavía húmeda y resplandeciente a la luz dorada del atardecer. Mientras el bote se deslizaba suavemente hacia el muelle, Everett se mantenía a mi lado, su mirada fija en la mía con una mezcla de ternura y complicidad. Yo, aún embriagada por la intensidad del momento, no podía evitar sonreír. Sentía que, en medio de nuestras risas y silencios, habíamos encontrado un refugio en el que todo era posible, un lugar donde el dolor se transmutaba en deseo y la esperanza en un posible futuro

