Aún con la cabeza llena de dudas y el corazón acelerado, me desperté al día siguiente en la casa de mis padres, con la tenue luz del amanecer filtrándose por las cortinas. La herida en mi frente, apenas perceptible, ya parecía un mal recuerdo frente al torbellino de emociones que me embargaba. Mientras me sentaba en la cama, recordé cada instante de la noche anterior: el accidente, la sangre, la ambulancia y, sobre todo, la extraña declaración de Kolt, quien—para mi desconcierto—aún decía ser mi novio. Me vestí con cuidado con ropa de mi habitación de soltera en lo de mis padres, intentando recomponerme y dejando de lado la sensación de haber perdido el control. Sabía que tenía que enfrentar el día, a pesar de que cada latido de mi corazón me recordaba la intensidad de lo sucedido. Mien

