Tomados de la mano, salimos del apartamento y descendimos en el ascensor en un silencio cómodo. A pesar de mi breve ataque de celos, la sensación de seguridad a su lado era innegable. Everett me guió hasta su auto, abriéndome la puerta con esa naturalidad suya que siempre lograba hacerme sonreír. El trayecto hasta la gala transcurrió en una calma tensa. No porque hubiera tensión entre nosotros, sino porque la anticipación de la noche era palpable. Everett tenía su mano entrelazada con la mía sobre mi regazo, acariciando distraídamente mis nudillos con el pulgar mientras conducía. —¿Estás nerviosa? —preguntó de pronto, lanzándome una mirada de soslayo. —No —respondí, aunque mi voz no sonó tan firme como esperaba. Everett sonrió, como si leyera mis pensamientos. —Todo saldrá bien —asegu

