La mañana siguiente me desperté con una sensación extraña, pero no entendía qué era. Cuando llegué a la oficina, me enteré de que Kolt no vendría hoy, y él no me había dicho nada. Ahora que lo pensaba mejor, me di cuenta de que había cometido una estupidez. Le había dicho que mi corazón solo latía por él, y, si lo analizaba con frialdad, aquello había sido una pequeña confesión de amor. Sabía que su ausencia tenía que ver con mis palabras. No me llamó, no me escribió y tampoco vino a la oficina. Traté de concentrarme en el trabajo, pero cada minuto que pasaba sin noticias suyas se volvió un tormento. Me sorprendía lo mucho que me afectaba su ausencia. Decidí escribirle un mensaje: Yo: Everett, ¿estás bien? No viniste hoy y me preocupa no saber nada de ti. Lo envié y esperé. Pasaron los

