Mi alarma sonó a las cinco de la mañana, como todos los días, y aunque la visita a los posibles proveedores era a las nueve, había decidido que estaba bien levantarme a esa hora para poder estar preparada para cualquier ataque de la bestia. Me di una ducha caliente, intentando relajar mi aún magullado cuerpo, y me vestí de acuerdo a la ocasión. Hoy no era un día de obras, sino un día de demostrar el dinero y poder que tenías para conseguir las mejores ofertas. Sí, era un poco absurdo y hasta ridículo, pero así funcionaban las cosas en este mundo: mientras más poder adquisitivo se tenía, más descuentos ofrecían los proveedores con el fin de que trabajáramos siempre con ellos. Y hoy yo necesitaba mucho de eso porque llevaría un jodido proyecto inviable económicamente y solo debía cruzar los

