Desperté con la sensación rara y punzante en el pecho y un latido de dolor en mi cabeza. Al abrir los ojos, la habitación estaba sumida en una tenue penumbra, y por un instante sentí un vacío invadirme al ver que Kolt ya no estaba. Mi mente, aún nublada por los retazos de la noche anterior, trató de convencerse de que tal vez se había marchado a cambiarse. Pero el silencio resultante solo intensificó la inquietud que me revolvía por dentro de manera dolorosa, como si alguien me hubiera clavado un cuchillo y lo estuviera revolviendo. Me incorporé lentamente en la cama, sintiendo cómo cada músculo de mi cuerpo tenía una memoria visceral de la furia y la pasión de lo que habíamos compartido la noche anterior. El recuerdo de su abrazo, de nuestros besos intensos y de aquella reconciliación ta

