Mis palabras dejaron a Everett un poco más tranquilo, pero aunque sabía que algo le incomodaba, no me lo dijo. Y ya no podía presionarlo más. —¿Qué quieres cenar? —preguntó esa noche. —Pizza —respondí sonriente. —¿Algún lugar en específico del que te guste la pizza? Alfred está libre y vuelve el lunes. —¿Podemos salir? Tener una cita casual en la ciudad. Pizza y cerveza. Sonrió. —Me encanta la idea. —¿Puedes llevarme a mi casa por ropa? Negó. —Me gusta cómo te queda mi ropa. —Sí, lo sé, yo me veo fabulosa con lo que me ponga, pero para salir necesito mi ropa. Rodeó los ojos. —Está bien, te llevaré a tu casa para que te cambies. El sonido de una llamada entrante en mi teléfono nos interrumpió. Miré la pantalla: era mi madre. Contesté enseguida, saludándola. —Hola, mami. —Hola, c

