La biblioteca de la casa de Everett parecía un santuario de silencios y secretos, con estanterías repletas de libros antiguos y mesas de roble que parecían guardar historias olvidadas. La luz suave de afuera se colaba por las amplias ventanas, proyectando destellos dorados sobre el lujoso tapiz y los sillones de terciopelo. Yo me encontraba recostada en uno de esos sillones, sintiendo la calidez del ambiente que contrastaba con la tensión de mis pensamientos dado los hechos recientes. Everett estaba a mi lado, tan cerca que podía sentir el latido de su corazón en sintonía con el mío. Con naturalidad, él deslizó su mano sobre la parte baja de mi espalda, un gesto protector y reconfortante que me llenó de una mezcla de calma y anhelo. Permanecimos en silencio durante varios minutos, sin nec

