Me quedé helada por un momento. No estaba segura de cómo manejar esa revelación. La vulnerabilidad en su voz me hizo sentir un nudo en el estómago, pero también una necesidad imperiosa de ayudarlo a salir de ese lugar oscuro. —Everett, despierta. Estoy aquí contigo —dije, acariciando su cabello suavemente. Finalmente, con un gran suspiro, sus ojos se abrieron de golpe. Miró a su alrededor con una expresión de confusión y terror, como si no supiera dónde estaba. Me incliné más cerca de él, manteniendo mis manos en su cara, tratando de anclarlo a la realidad. —¿Qué pasó? —preguntó, su voz aún temblorosa. —Solo una pesadilla, amor. Estabas soñando algo horrible. Estoy aquí —le aseguré, tratando de darle una sonrisa tranquilizadora. Alfred, bendito sea, apareció en la puerta al escuchar

