Él, que claramente no podía escuchar mis pensamientos, me sirvió una taza de café y comenzamos a comer. Cada bocado del desayuno delicioso me ayudó oficiando de recordatorio de lo afortunada que era. La felicidad comenzó a burbujear dentro de mí mientras compartíamos risas y miradas cómplices. En ese instante, entendí que no necesitaba nada más para ser feliz. Mi corazón estaba completo, y la vida, con todas sus sorpresas, se sentía perfecta a su lado. Y eso era todo, me bastaba tenerlo así a mi lado. Terminamos de desayunar entre miradas cómplices, sonrisas compartidas y cuando él se llevó la bandeja, mi corazón latía con una emoción que no podía identificar del todo. Había algo en el aire, una tensión deliciosa que prometía más sorpresas. Y para que engañarlos, yo amaba las sorpresas. E

