Aún me costaba creer lo que estaba sucediendo. El auto rugía por la carretera, alejándonos de la ciudad y adentrándonos en un territorio que parecía suspendido entre la realidad y un sueño febril. Mientras la oscuridad se cerraba a nuestro alrededor, la única luz era la que se colaba a través del parabrisas, iluminando de manera intermitente mi rostro desencajado por la furia y la incredulidad. —¡No te creo! —exclamé con voz entrecortada, dejando salir una mezcla de rabia y dolor—. ¡No puedo creer que te haya abierto el corazón y que tú me hayas engañado de esa forma! Él permaneció unos largos segundos en silencio, su mirada fija en el camino, apenas atisbando su reflejo en el cristal. Finalmente, con un tono que oscilaba entre el cansancio y la resignación, dijo: —¿Vas a comportarte co

