Estaba sentada en mi escritorio, mirando los papeles que Kolt me había dado, esparcidos sobre la mesa. Era el tipo de trabajo que me ponía de mal humor. Un suspiro escapó de mis labios mientras hojeaba las páginas. Frustración. Esa era la palabra que describía perfectamente lo que sentía. Y lo peor de todo era que el maldito Kolt ni siquiera me había dado un respiro. Ni siquiera para pensar un poco más en el estúpido sueño que había tenido. Pensar en él me irritaba, porque de alguna manera me había dejado con una sensación de insatisfacción, como si algo me hubiera quedado pendiente con él y no hacía nada para que me sintiera mejor, por el contrario, parecía empeñado de hacer de cada día mi infierno personal. Volví a tomar el teléfono que estaba en mi escritorio y lo observé por un mome

