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Señor presidente, No soy suya

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Blurb

En un mundo donde el poder lo es todo… amar puede ser el mayor acto de rebeldía.

Ella no nació para obedecer.

Él no está acostumbrado a que le digan que no.

Cuando el destino la arrastra hasta el corazón de un gobierno corrupto, dominado por un hombre frío, dominante y peligroso, su vida cambia para siempre. Él es el presidente: un hombre capaz de controlar países… y destruir vidas con una sola orden. Pero lo que nunca imaginó fue encontrar en ella algo que no puede comprar, ni someter.

Orgullosa, valiente y decidida a conservar su libertad, ella se niega a convertirse en otra pieza más de su juego. Sin embargo, mientras lucha por mantenerse firme, descubre que detrás de su mirada implacable se esconde un pasado oscuro… y un deseo que podría consumirlos a ambos.

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Capítulo 1. Custodiar al presidente
Carla —¿Sabes qué día es hoy? ¿Por qué sigues durmiendo como si el mundo se hubiera detenido? La voz de Paola me golpea antes que la claridad. Escucho el chirrido metálico de los rieles y, de repente, las cortinas de mi habitación se abren de par en par. La luz de la mañana entra como una cuchilla, hiriéndome los ojos y obligándome a enterrar la cara en la almohada. El dolor de cabeza es sordo, un eco de las horas que pasé dando vueltas en la cama, atrapada en pensamientos que no me dejan descansar. —Levántate de una vez. Vamos a llegar tarde y sabes perfectamente que hoy no es un día cualquiera —insiste ella. Siento el impacto de algo pesado sobre mis piernas: es mi uniforme de gala, perfectamente planchado, burlándose de mi falta de voluntad. Escucho sus pasos rápidos alejándose y el portazo final que indica que no habrá más advertencias. Me quedo un momento inmóvil, mirando el techo. Mi cuerpo pesa quintales. Hoy es el gran día, el evento que llevamos planeando meses. Hoy tenemos que custodiar al presidente de los Estados Unidos en una de sus reuniones más críticas con mandatarios de otras naciones. Es una de las "ventajas" de ser una de las mejores agentes de la CIA: te dan los puestos de mayor prestigio, pero también los de mayor riesgo, donde un parpadeo en falso puede cambiar la historia de un país. Me incorporo con esfuerzo, sintiendo un vacío en el pecho que ninguna medalla al valor puede llenar. Fui entrenada para enfrentarme a los más grandes peligros, para desarmar bombas, para infiltrarme en territorios enemigos y para resistir interrogatorios brutales. Soy un arma diseñada para la eficiencia. Pero nadie, en ninguna academia de inteligencia, me enseñó cómo enfrentar el dolor de un corazón roto. La traición, el vacío y la ausencia duelen más que una herida de bala, porque contra esto no hay chaleco anti balas que sirva. Miro el reloj y el pánico profesional reemplaza por un segundo la depresión. Anoche, sumergida en mi propio infierno personal, olvidé programar la alarma. Me visto con una velocidad mecánica, casi militar. Abrocho la camisa, ajusto el cinturón táctico y me coloco la chaqueta del uniforme. Me miro al espejo un segundo: tengo ojeras profundas y la piel pálida. Ni siquiera tengo tiempo para maquillarme o tratar de ocultar que parezco un fantasma. Recojo mi cabello en una coleta tirante, tan apretada que me estira la piel, intentando que esa tensión externa me ayude a mantener la compostura interna. Salgo de la habitación y encuentro a Paola en la cocina, revisando su equipo. Desayunamos en un silencio tenso, tragando el café hirviendo y apenas mordiendo una tostada. No hay espacio para charlas matutinas. El deber nos respira en la nuca. Salimos hacia el Capitolio, el corazón político de la nación. El trayecto es rápido, escoltadas por el sonido de las sirenas y el zumbido de la ciudad que despierta. Al llegar, la magnitud del evento se hace evidente. El despliegue de seguridad es masivo: francotiradores en los techos, unidades caninas rastreando cada rincón y un anillo de acero rodeando el edificio histórico. Nos asignan nuestros puestos de inmediato. Somos más de veinte agentes de élite los que formamos una doble fila en la entrada principal, esperando la llegada del Air Force One y el traslado posterior del mandatario. Mantengo la posición de descanso, con las manos entrelazadas detrás de la espalda y la mirada fija en el horizonte, aunque mis ojos no ven realmente nada. El sol empieza a calentar el asfalto, pero yo siento un frío glacial por dentro. Cuando el convoy presidencial aparece, el ambiente se vuelve eléctrico. La tensión se puede cortar con un cuchillo. Una vez que el presidente desciende y camina entre nosotros, nos cerramos a su alrededor como una muralla humana. Caminamos a su paso, atentos a cada ventana, a cada gesto de la multitud, a cada sombra. Lo escoltamos por los pasillos de mármol del Capitolio hasta la gran sala de juntas, un lugar donde se deciden los destinos del mundo. Una vez allí, nos posicionamos en los puntos estratégicos. Mi espalda está contra la pared fría, cerca de una de las salidas laterales. Mi mano descansa cerca de mi arma reglamentaria, lista para actuar, pero mi mente está a kilómetros de distancia. Empiezan a llegar los demás mandatarios. Un desfile de políticos de alto rango, embajadores y asesores con trajes caros y sonrisas ensayadas. Escucho el murmullo de diferentes idiomas, el flash de algunas cámaras oficiales y el protocolo rígido de la diplomacia. Pero no me fijo en ninguno de ellos. Sus rostros son borrosos, sus nombres no me importan. Mi entrenamiento me obliga a escanear la sala constantemente, buscando amenazas, analizando manos, ojos y movimientos sospechosos. Cumplo con mi trabajo a la perfección, como el robot que la agencia espera que sea. Sin embargo, detrás de mis gafas oscuras, lo único que deseo con todas mis fuerzas es que este circo termine. Quiero que el reloj avance, que la reunión concluya y que el sol se ponga para poder regresar a mi departamento, cerrar la puerta con triple llave y tirarme en la cama a deprimirme el resto del día, dejando que el silencio me devore por completo.

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