Al bajar del carruaje y contemplar el imponente palacio mi piel blanca se erizó, el ambiente era sorprendente, veía en los libros y algunas fotos pero esto era otro nivel, el viento golpeaba mi cara y los hermosos árboles que se encontraban alrededor se veían imponentes a pesar del frío invierno.
-Increíble- susurré mientras avanzaba al portón principal en donde de inmediato los guardias me miraron con absoluta desconfianza. -mi madre Elena de Abayo me envía- extiendo la carta y muestro su emblema al calce de ella, una especie de sello que se otorgaba a los sirvientes del palacio real únicos e irremplazables. Esperé unos minutos y me dieron acceso finalmente.
Avancé contemplando todo con gran adoración… no paraba de pensar palabras que describieran ese lugar… digno de reyes… supongo… Mi suerte fue grande al encontrar a Margarita en el camino, una amiga de mi madre y vecina de nosotros
-Camila, pero que haces aquí… tu madre…
-Ella está bien, algo enferma pero nada grave al parecer, solo necesitaba descansar, he venido a reemplazarle, estaba algo histérica por faltar, afortunadamente pude convencerle de dejarme venir en su lugar, pero ahora que la veo me sería de gran ayuda que me indique donde quedan las habitaciones que corresponden a mi madre.
-Desde luego muchachita, no podría hacer menos por ustedes, sabes que les tengo mucho cariño, se abrazó a mi cintura y me llevó hasta el sitio. Era una especie de palacio alterno dentro del gran complejo amurallado-aquí habitan los dos príncipes varones, en la otra muralla al sur las dos princesas.
Miré el sitio con admiración como casi todo desde que crucé el portón, agradecí a Margarita por la guía y me dispuse a hacer las tareas de la larga lista que mi madre me elaboró, limpie los pisos de los corredores, la cocina hasta donde me lo permitieron las cocineras, los 6 innecesarios baños que poseía el lugar, la mayoría de las habitaciones y la enorme biblioteca en la cual me permití escudriñar un par de libros, eran libros que jamás encontraría fuera de este lugar, hojeé un libro sobre el reinado de Calixto Cansell de unas cuatro o cinco generaciones atrás del Rey Bernardo, era muy bien parecido según las fotos, creo que así debe ser la mayoría de ellos, el Rey Bernar a pesar de ser mayor posee cierto encanto que da a conocer que fue bien parecido en su juventud y que decir de la Reina que parece una muñeca de porcelana con esos ojos color jade. Podría pasar horas dentro de esa biblioteca pero no tenía tiempo de holgazanear, acomodé los libros en su lugar y procedí a limpiar la última habitación, la habitación del príncipe heredero, mi madre fue precisa… debía ser muy cuidadosa con ella, dejar todo en el mismo lugar y buscar en el gran vestidor el traje, el corbatín y hasta la ropa interior del príncipe y colocarla sobre la enorme cama que poseía la habitación, dejar la tina con una temperatura agradable y colocar los aromas dentro de ella para que pudiera asearse, todo minuciosamente pulcro y calculado, era un ritual según mi madre, hice todo al pie de la letra sin olvidar ningún detalle, tenía que esperar unos veinte minutos para comenzar a preparar el baño y que el agua estuviera a punto para cuando el príncipe llegara, me senté en el descansa pies de la cama y miré por el ventanal contemplando lo maravilloso del paisaje, sin darme cuenta cerré mis ojos y me relaje tanto que no sé en qué momento me dormité sobre la cama.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo y desperté abruptamente, -Demonios, me he dormido- dije casi en un grito; al levantarme tan abruptamente mi larga cabellera se soltó, levanté la cabeza y grande fue mi sorpresa al encontrarme al príncipe Bernard delante de mí, sin la camisa y las manos a punto de despojarse del pantalón con la misma cara de asombro que yo.
-Su majestad- me incliné de inmediato y agaché la cabeza tal como mi madre me ha enseñado, -estaba limpiando su habitación y…
-Decidiste dormirte en mi cama- interrumpe- además de querer perder la cabeza al llevar el cabello tan osadamente, esto es inaudito… serás castigada- menciona acercándose a mí amenazadoramente. Como una acción automática me cubrí el rostro esperando lo peor- ¿por qué haces eso?- cuestiona el príncipe
-Yo sólo…
-No suelo aplicar los castigos yo mismo, - vuelve a hablar- tengo alguien que se encarga de ello, no tengo tiempo para esto, solo prepara mi baño y sal de aquí- su voz inquisitiva me congeló por instantes pero mi sobrevivencia pudo más y me apresuré al baño, amarré mi cabellera nuevamente, coloqué el agua hirviente en la tina, regule la temperatura para que fuera agradable agregando agua fría; antes de salir pude verlo por el bordillo de la puerta era de piel tan blanca como la mía, quizás más, su cuerpo era fuerte, los músculos de su espalda resaltaban y era muy alto, bueno al menos por un jarrón más que yo, su cabello se veía sedoso, brillante… el giró atrapando mi análisis y por un breve instante chocamos miradas, de inmediato salí del cuarto de baño sintiendo que mi cara era tan roja como una cereza
-El baño está listo su majestad, si me permite iré a terminar las labores- reverencié
-Solo largo- dijo con disgusto
-Mis pies casi corrieron, salí de la habitación y respiré profundamente, sentía que había estado conteniendo la respiración desde que desperté y vi al príncipe parado allí; me sentía tan avergonzada y un poco humillada a la vez, los grandes herederos podían tratar como basura a la servidumbre… jamás pensé sentirme así, mirando que fue un chico no mayor a cinco años que yo quien se pudo dar el lujo de patearme a un lado…- Dios, mi madre me matará si se entera.
Caminé tratando de eliminar esos pensamientos de mi mente, salí de la muralla para dirigirme al área de servidumbre, todos los criados debían asearse y estar presentables para el evento nocturno en el cual se serviría a toda la clase alta.
Una de las chicas jóvenes se acercó a mí, parecía amigable
-¿Eres nueva? Jamás te había visto por aquí- cuestiona
-Sólo estoy reemplazando a alguien- no consideraba dar tantas explicaciones por el momento- ¿llevas aquí mucho tiempo?
-El suficiente para guiarte esta noche, ven vayamos por el vestuario limpio- al cabo de minutos yo le contaba mi vida entera a Enid, la chica parlante que se juntó con otra de su tipo… yo. Hablar con ella era espontáneo, nos dimos un baño muy rápido y nos colocamos los vestidos de gala de la servidumbre para este tipo de eventos, moría por entrar a la sala principal y poder observar las obras artísticas que hay dentro de él. Me ayudó a acomodar mi cabellera de una manera muy elegante y ya listas nos dirigimos a la tarea de servicio- eres hermosísima- agregó
-Gracias- fue lo único que se me ocurrió decir, en realidad mi padre me lo decía seguido, pero oírlo de otras personas siempre me parecía tan vergonzoso.
Los invitados comenzaron a llegar, tomábamos su ropa de invierno y la clasificábamos en los enormes armarios del recibidor, con pequeñas tarjetas colocábamos sus nombres para evitar confundirlos a la hora de su partida, mientras lo hacía veía fascinada los candelabros que colgaban del techo y las pinturas que los acompañan decorando todo el cielo interno del palacio, era exorbitante, necesita mirarlos tan bien y guardar esa imagen en mi memoria para poder retratarlo en mis pinturas.
La entrada de la realeza se hizo presente, la Reina Aurora lucía tan elegante y bella, sus hijas las princesas Leyla y Ruth caminaban detrás de ellas con vestidos en tonos oscuros sumamente hermosos, me sentía fascinada de observar de cerca el poderío y la presencia de la realeza, para nada los envidio, sus vidas deben ser complicadas y llenas de apariencias, prefiero lo sencillo, me regocijo en el estilo de vida que me ha tocado transitar. Detrás de ellas los príncipes Bernard y Erick entraron galantes, he de decir que ambos son guapos, sus cabelleras rubias platinadas al igual que la de sus hermanas es uno de sus encantos, sus diferencias faciales los distinguen pues mientras el príncipe heredero tiene el color de ojos de su padre, el príncipe Erick los tiene verdes como su madre, sonríen ante todas las personas y saludan muy cortésmente, ocupan sus sitios y la Reina da un pequeño discurso en el cual justifica la inasistencia del Rey que se encuentra indispuesto por la alta carga de trabajo, obvio es una pequeña mentira pues todo el personal de palacio conoce la situación real del soberano y por ello la prisa de encontrar esposa a los herederos a la corona, sobre todo al príncipe Bernard.
Una vez que atendimos a la mayoría de la personas me tomé un descanso, cuando pasaba por un pasillo del salón vi una pintura muy peculiar en el muro, un castillo, uno que no era este, me pareció gracioso el tener el retrato de un castillo dentro de uno real, seguramente alguien con muy buen sentido del humor lo colgó allí esperando que algún curioso como yo notara lo burdo que es
-No pensarás robarlo- dijo una voz femenina a mis espaldas- me volteé con un sobresalto de impresión haciendo que la copa que la dama traía en sus manos se derramará por completo dejando una enorme mancha purpura en mi vestuario
-Cielos, no quise asustarte, ¿En verdad pensabas robarla y te he boicoteado causando tal asombro? – la chica pelirroja con el rostro de un ángel y grandes ojos marrones me miraba atónita- Lo siento, soy Penélope Vangoth marquesa de Robles- mis ojos la miraban dudosos, en realidad no sabía cómo saludarla apropiadamente sin ofenderle de alguna manera
- Camila Montejo de Abayo para servirle mi señora- hice una reverencia respetuosa y continué- sólo apreciaba la pintura
-¿Y qué opinas de ella?- pregunta
-Es… divertida- exclamé casi en un susurro- una sonrisa de satisfacción decoró su rostro
-Vaya, alguien tiene un buen ojo para el arte y sentido del humor- completó- acompáñame te prestaré uno de mis vestidos de reserva, no puedes andar por aquí con semejante atrocidad
-Señorita, no puedo ausentarme de mis labores- excusé
-Oh Dios, no creo que noten la falta de una persona entre tanto personal, además he venido sin compañía esta noche y me pareces muy interesante- yo me quedé de pie anunciando que no lo haría
-Puedo hablar con la Reina y pedir tu compañía si tienes tanto temor, mi madre y ella son íntimas amigas- me dijo susurrándome al oído lo último.
Lo pensé un par de minutos y finalmente me dejé arrastrar por ella, parecía más joven que yo, se encaprichó conmigo y ahora era una más de sus muñecas de colección, no me imaginaba que inconscientemente Penélope me arrastraba a algo mucho más complicado que eso…