Ante su expectante mirada, reuní el valor, lo miré sin vacilar y comencé a quitarme las joyas que me había obsequiado Penélope, desaté mi corsé y comencé a desprenderme de cada una de mis ropas, cuando al fin me deshice de todas, solté mi cabellera esperando cubriera al menos algo de lo mucho que estaba expuesto. Su mirada cambió, me veía con ansiedad, terminó de retirar su vestimenta, su cuerpo estaba musculoso, su piel blanca brillaba aún en la oscura habitación, cuando pude apreciar su anatomía completa me ruboricé, era la primera vez que veía a un hombre adulto, no es que desconociera la anatomía masculina pues en muchas ocasiones aseé a mi hermanito, se que hombres y mujeres somos diferentes anatómicamente, pero las proporciones simplemente son diferentes.
Caminó hasta mí y apartó mi cabellera hacia atrás, dejando descubiertos mis pechos, me analizó de arriba abajo y yo me quedé petrificada
– Vamos a comprobar si tu virtud sigue intacta como dijiste – susurró tomando mis pechos con sus manos; quisiera decir que era algo desagradable pero no lo fue, sus manos eran como comales que calentaban mi cuerpo, era invierno y sus toques eran reconfortantes en medio del frío que imperaba. Me mantuve quieta, cerré los ojos recordando las palabras de mi madre y repitiéndolas en mi mente una y otra vez. Se sujetó a mi cintura, recorrió mi costado con la yema de sus dedos, me producía escalofríos, mi piel se erizaba en cada contacto; al abrir mis ojos nuevamente, los suyos escudriñaban mi rostro, nos miramos, poco apoco se acercó y unió nuestros labios, no sabía qué hacer pero después de unos momentos entendí como funcionaba, me sentí un poco sorprendida cuando su lengua entró dentro de mi boca y parecía quererme asfixiar, me separé buscando aire pero en cuestión de segundos volvió a lo mismo. Era tan satisfactorio que parecía fluir solo; sus manos recorrían mi piel, sujetaban y apretaban mis glúteos, su tacto quemaba sobre mi piel, quería sentir sus manos por mucho tiempo más, me levantó para colocarme sobre la cama, no era ni la mitad de aquella en la que dormí por error en el palacio, pero era lo que había y suficiente para mí–
– Eres… – Habló y retuvo el resto de lo que fuera a decir, noté que su virilidad había cambiado y sin más se introdujo en mis partes íntimas, de inmediato grité pero dentro de mi conciencia tapé mi boca intentando silenciarme, después de varios movimientos Bernardo emitió un sonido de placer, salió de mí y se colocó a un costado de la cama. Consumar el matrimonio es lo más horrible, no sé como mi madre no pudo advertirme acerca de ello, todo había iniciado tan bien, me sentía extasiada, pero eso último me dolió infinitamente y no fue nada gratificante.
Iba a levantarme de la cama pero su brazo me detuvo. – No te levantes aún, si tenemos suerte hoy mismo habré concebido un heredero, esa es tu utilidad por ahora, portar al próximo heredero a la corona. – Me recosté de nuevo, todo estaba pasando rápido, me estaba diciendo que sería como el recipiente que traería hijos suyos a este mundo, cómo pretendía traer niños a una posible e inevitable guerra, sabía que en la realeza eso era imprescindible pero jamás que sólo esa fuera la función de una Reina, al menos no veía a la Reina Aurora cómo ese tipo de mujer.
Después de un tiempo me levanté al baño, tomé mis ropas mientras Bernardo se vestía, cuando salí él quitaba la sabana ensangrentada, apenas abrió la puerta el sacerdote y otros miembros del clero esperaban en ella, extendió las sabanas y las entregó a ellos
– Salve Dios al Rey y la Reina – exclamaron mientras Bernardo cerraba nuevamente la puerta
Todo el tiempo estuvieron allí, escuchando mis gritos, los sonidos que ahí fueron emitidos, fue tan bochornoso, no sabía que tendría que ser así, al parecer pudo leer mi mente o mis expresiones
– No lo harán por siempre ha sido sólo por esta primera vez, ellos solo se aseguraban de que fueras digna de ocupar el cargo de Reina, si hay sangre lo eres, sino ya lo imaginarás supongo –habló con esa aridez que lo ha caracterizado hasta ahora – desvístete nuevamente, me apetece una vez más.
Apreté mis puños, no quería volver a pasar por eso de nuevo más como podía negarme al Rey, podría matarme aquí mismo y nadie lo notaría, quizás ya hasta me daban por muerta debido al asalto en el castillo. Resignada quité mi bata y volví a la cama, en esta ocasión fue peor, no hubo besos, no hubo caricias, se introdujo dentro de mí autocomplaciéndose y ocasionándome mucho más dolor que la primera vez, fue inevitable llorar, yo no era una damisela sensible, pero era mucho más de lo que antes hubiera soportado, apenas lo notó salió abruptamente de mí
– Toma tus cosas y vete, busca una habitación, deseo estar solo – gruñó. No lo pensé mucho, me levanté rápidamente, recogí mis ropas, me puse el batón y salí de allí despavorida, la habitación de al lado estaba vacía entré de inmediato, puse le cerrojo y me escurrí hasta quedar agachada apoyada en la puerta, lloré en silencio mientras escuchaba como Bernard gritaba y destruía objetos en la habitación contigua.
Dormí muy poco esa noche, temía que Bernard viniera reclamando más de lo mismo, mi cuerpo temblaba de sólo imaginarlo, yo lo necesitaba para asegurar el bienestar de mi familia aunque esa parte era poco tolerable. Cuando estuve vestida y lista salí al comedor, todos menos Bernardo y yo estaban allí, cuando salí todos se arrodillaron ante mí
– Su majestad, ha descansado adecuadamente – cuestionó la Reina Aurora
– Lo he hecho – mentí con una sonrisa forzada. Estoy segura de que todos escucharon el escandalo de anoche y sólo fingen que no sucedió, así que haré exactamente lo mismo. Ocupé el lugar que me indicaron en el comedor, sirvieron mi desayuno y minutos después Bernardo apareció ocupando la silla principal, su porte no reflejaba nada de lo sucedido la noche anterior, se veía sereno como siempre y tan apuesto, no sé si siempre había sido así y apenas empezaba a notarlo; pero que estupideces pensaba, ese hombre me había hecho daño apenas unas horas atrás y ahora lo veía apuesto, me reprendí mentalmente por eso. Traté de no mirarlo a los ojos y agradecí no tener que inclinarme ante él como los demás.
Ocupó su asiento como el monarca que es, todos hablaban con él, yo me limité a comer en silencio, por momentos dirigía su mirada a mí, podía sentirlo y verlo de reojo, no tenía caso que huyera, ahora tendría que verlo forzosamente, giré mi rostro sosteniendo su mirada, demostrando que no le temía, que no me importaba nada de lo sucedido porque simplemente no era relevante en mi vida.
En lo que restó del día estuve libre, me fui al jardín que yacía en el centro de la enorme casa, estaba al aire libre, los rayos del sol parecían recargar mis energías, era reconfortante sentir unos ligeros rayos de sol dentro de ese duro invierno; los hombres del clero, la Reina Aurora, el príncipe Erick y Bernardo se encerraron en el despacho, supongo que a tratar temas que no requerían de mi presencia. Pasado un tiempo la Reina Aurora se unió a mi
– Es hermoso ¿verdad? Contemplarlo transmite mucha paz, yo misma lo cuidé en mi juventud, mi esposo…-su voz se entrecortó y salieron un par de lagrimas de sus ojos – me conseguía las plantas que le pedía para ponerlo así de hermoso, nos gustaba tomarnos algunos momentos para venir aquí y contemplarlo a solas, sin gente a nuestro alrededor – secó sus lagrimas con su pañuelo y de inmediato volvió a su imagen fuerte, no había palabras que yo pudiera expresarle para consolarla, no encontraba al menos las correctas por ahora – ¿sabes? Bernardo no es tan complicado como parece, sólo necesita un poco de tiempo para procesar todo esto… a veces estar en este medio implica reprimir muchas emociones, aparentar ser inquebrantable pero no lo somos, sentimos igual que cualquier otro humano, pese a ello, nuestra posición nos obliga a lo opuesto… cualquier indicio de debilidad es un flanco para países poderosos en busca de nuevos reinos – explicó
– Reina Aurora, yo no me he quejado por nada, toleraré lo mayor posible las circunstancias y estoy dispuesta a aprender aquello que obviamente de desconozco de esta posición, espero contar con su ayuda y dirección – dije con humildad
– Desde luego, primero debemos llegar al castillo y estando allá comenzaré a adiestrarte para que seas una Reina incluso mejor que yo, tienes un buen temple y si eres disciplinada lo lograrás sin problemas- tomó mi mano y le dio una leve caricia – tienes que prometerme que apoyarás a Bernardo ante toda circunstancia, que no le traicionarás y que serán uno sólo para recuperar nuestra nación.
Su petición me conmovió, era una madre intercediendo por su hijo, supongo que debe sentirse triste por perder a su esposo, ni siquiera poder llorarlo debidamente y ahora teme por el futuro de sus hijos y su linaje… – Lo prometo – dije tomando su mano con firmeza