Olor Vainilla.

1824 Words
Lía. •—Nada ni nadie puede luchar contra la naturaleza, Diana. Deberías saber el poder que tienes en este mundo. Las palabras de mi madre retumban...• ¡Mierda! Borro de nuevo el pequeño fragmento que tengo de la nueva historia que estoy tratando de escribir. En mis audífonos suena una canción de Daddy Yankee que, aunque no entiendo mucho lo que dice el ritmo de sus canciones ayudan a concentrarme. La idea que intento escribir me está dando vueltas desde hace horas, pero no encuentro alguna forma de plasmarla que me agrade y eso me frustra. Suspiro mientras las yemas de mis dedos caen con ritmo suavemente sobre el teclado de mi portátil. Sólo quiero escribir una historia de hadas dónde la protagonista sea empoderada ¿Qué tan difícil puede ser? En internet tengo cinco historias distintas de fantasía. Me distraigo cuando visualizo a Patrick entrar a la sala de estar con una bolsa blanca de compras. Está diciendo algo, pero no puedo escucharlo. Sonrío porque hoy se ve particularmente lindo. Han pasado dos días desde la última vez que nos vimos en el hospital, su auto se lo he dado a Liam para devolverlo. Hoy nos tocaba estudiar, pero no he ido excusándome con dolor de cabeza. Me dispongo a quitar los audífonos cuando coloca la bolsa de plástico a un lado de la computadora. —¿Qué es esto? —pregunto. —Para ti.—se sienta en el sillón que está del otro lado de la mesa. Tiene los brazos cruzados y descansa en el espaldar. Tan relajado como siempre. Tomo la bolsa donde hay un paquete de gomitas y una caja de chocolates, mis favoritos. Mi corazón empieza a latir desenfrenadamente, lucho con todas mis fuerzas para no sonreír como estúpida. Aún se acuerda de mis golosinas favoritas, no se imagina lo mucho que eso me causa. Pero me cubro con lo que mejor sé: El sarcasmo. —¿Quieres matarme de un coma diabético? —pregunto con ironía. Justo en ese instante entran Charlie y Liam a la sala con dos pizzas y algunas cervezas, al parecer se van a quedar aquí para pasar el rato. —¿Por qué tú eres así? —el pelinegro me da una sonrisa de lado—¿No ves que es un agradecimiento por lo de la otra noche? —Yo le he dicho que comprarte —Liam se sienta a mi lado con una cerveza en la mano. Por un pequeño momento siento decepción. Pensé que compró estas cosas porque recordó lo mucho que me gustan. —Ah—murmullo mientras miro dentro de la bolsa.—De nada.—le doy una sonrisa de boca cerrada.—Además esto no es suficiente para ese mal rato.—pongo mis ojos en blanco. —Hola, Lía —Charlie me sonríe desde el sillón que está frente al televisor a un lado.—Hemos traído pizza ¿Quieres? Mi casa es tan grande que solo la sala mide lo mismo que un mini-departamento de tamaño regular. Pero estos tres chicos son capaces de destruir este espacio con solo pizza y cerveza. —Claro—cierro mi portátil y la coloco a un lado junto con la bolsa. Me percato que Patrick tiene la vista fija en mí como si le importara lo que voy hacer con las golosinas. Pero al saber que no las compró como un gesto genuino, me da igual si se las comen los perros de alado. ********** Para la medianoche hemos pasado un rato agradable charlando, recordando cuando eramos niños y podíamos pasar horas jugando en veranos eternos. —Cuando teníamos como trece años ¿lo recuerdan? —habla mi hermano. Quien ahora está recostado con la cabeza en mi regazo. — Lía apenas sabía montar bicicleta y se raspó todas las rodillas. Estamos hablando de cuando nuestros padres se pusieron de acuerdo y nos regalaron bicicletas para Navidad a todos. La última en aprender fui yo. —Esa tarde fue la primera vez que vi a O'Brien tan amable con una chica.—comenta Charlie. El castaño y mi hermano carcajean. Patrick por su parte sólo sonríe muy amplio como recordando algo con melancolía. Yo me quedo observándolo y todo viene a mi memoria.  Esa tarde cuando él me ayudó y vi esos hermosos ojos celestes preocupados por mis rodillas supe que me encantaban, acepté que su sonrisa producía cosas dentro de mí, ese fue el día que me empezó a gustar Patrick O'Brian. —Ese fue el año que Abby y yo nos dimos el primer beso—la voz de mi hermano me distrae. Él está mirando el techo con los ojos húmedos. Cuando toma licor siempre termina hablando de ella. Y no lo culpo, a mí todavía me duele como si el tiempo no pasara. En mi garganta crece un nudo doloroso y trato de esquivar la mirada de los chicos en la habitación, como la extraño. —Bien, creo que es hora de dormir—Liam se levanta. — Sí, es mejor.—habla Patrick mientras todos nos levantamos de nuestros asientos. Mientras los chicos suben a la habitación de Liam, yo me quedo en la sala tratando de acomodar un poco el desastre que hemos hecho. Me detengo a mirar una foto que hay en ‹la pared de los recuerdos›, es una pared que está entre la sala de estar y la cocina donde colocamos retratos de momentos especiales que hemos pasado. En el retrato tendríamos como diez años, estamos todos; Liam, Mike, Charlie, Abby, Nina, Patrick y yo sonriendo a la cámara en el jardín trasero de la casa de Charlie. —Como extraño estos momentos —susurro para mí. —¿Hablas sola? —la voz ronca de Patrick me sobresalta. Cuando volteo a la entrada de la cocina está él descalzo, con un pantalón de algodón, sin camisa dejándome ver por completo su abdomen bien marcado por el fútbol y el tatuaje de su hombro izquierdo que luego de un tiempo me he dado cuenta que solo tiene el hombro cubierto por figuras abstractas en n***o. ¡Ave María Purísima, tengo cerveza en mi sistema, no permitas que haga una tontería, por favor, amén! —Pensé que iban a dormir—desvío la mirada para caminar dentro de la cocina. —Bajé por un vaso de agua—Patrick camina hasta el refrigerador para servirse el agua. —Bien—abro donde está el basurero para tirar ahí dos latas de cervezas.—Buenas noches. Aléjate de él, Lía. Es lo más prudente. El pelinegro me toma rápidamente por la muñeca para halarme y acorralarme contra la encimera del lavaplatos. Las manos del chico están en la encimera, su cuerpo está tan cerca que siento su calor corporal, pero no me está tocando de ninguna forma. Sin embargo, mi corazón es un maldito desastre, siento que podría darme un ataque ahora. Patrick cierra los ojos y suspira cerca de mí cuello. Este sólo acto hace que mi cuerpo reaccione ante su voz ronca, se me complica un poco tragar saliva. Llevo mi vista hasta sus labios y el también mira los míos con descaro, tengo tantas ganas de besarlo, de morder sus labios rosados. —Me gusta tu olor a vainilla—susurra muy cerca de mí.—La vainilla es mi olor favorito. Trago grueso y no dejo de mirar sus labios los cuales moja con su lengua. No puedo, no debo permitirme todo esto, ya no. Cierro los ojos para tratar de respirar. Debo alejarme, pero, no quiero. Patrick. El olor del shampoo de Lía invade mis sentidos, esta es mi oportunidad. Mis manos empiezan a temblar mientras están en la encimera, aunque ella no se dé cuenta, mi corazón es un caos y esto solo está complicando mis palabras. Tenerla así de cerca me gusta, pero me gusta más el hecho que mira mis labios con tanta intensidad. —Me gusta tu olor a vainilla—susurro con dificultad. —La vainilla es mi olor favorito. Aunque no mi sabor favorito. Lía cierra sus ojos mientras suspira. Coloco mi rostro a tan sólo centímetros de ella con esas inmensas ganas de tenerla pegada a mí. Sólo cuando tomo licor puedo tener el valor suficiente para intentar acercarme de esta forma a la castaña. Aunque soy una persona muy segura en el 90% de las cosas que hago, sólo con un 10% tengo dudas, y ese porcentaje siempre tiene que ver con Lía. Acerco mis labios a los de ella decidido a ponerle fin a esta necesidad de besarla, para sellar está atracción que me tiene como tonto a su alrededor. —¿Chicos? —la voz de Charlie me sobresalta.—¿Que hacen? Volteo a la entrada de la cocina donde está mi mejor amigo con las cejas arrugadas. Lía aprovecha mi distracción para escaparse y alejarse de mí. Sale prácticamente corriendo del lugar sin mirar atrás. Sonrío porque si Charlie no hubiese llegado, ella se habría dejado besar por mí. Le di suficiente tiempo para que me alejara, si en ese momento ella me hubiese dicho que no, yo la habría soltado, pero no hizo. —¿Qué quieres, Charlie? —me volteo al de ojos castaños. —¿Que quiero? —se acerca a mí —¿Qué haces tú? Patrick, ella es Lía Cooper ¿recuerdas? La niña Cooper. —¿Crees que no lo sé? —tomo del vaso de agua que me serví hace un rato. —¿Entonces? —se queda observándome. Pero, no puedo mentirles a ellos, tanto Liam como Charlie están al tanto de mis sentimientos por Lía, de lo mucho que esa chica altera mis sentidos desde hace mucho tiempo. »—¿Es en serio? —Charlie vuelve a preguntar—No, amigo.—se posiciona frente a mí. —Patrick, yo pensé que eso era pasado.—susurra. —No lo es—lo miro a los ojos—Nunca lo ha sido. —Ni siquiera se lo has dicho —¿Eso es un problema? —No te engañes—toma mi hombro en un apretón amistoso—Hermano, ninguno de los dos sabe comprometerse, y menos Lía. No quiero que salgas herido. —No importa, yo sí puedo comprometerme. —¿Y ella? ¿Puede? Su pregunta queda en el aire. Guardo silencio porque la verdad no lo sé. La Lía Charlotte de hace tres años atrás tal vez si lo haría, pero la Lía Cooper que conozco ahora no es capaz de hablar de nuevo con la persona con quien se acostó una noche antes. Está rota y no solo por la muerte de su mejor amiga, ella lo está incluso mucho antes, sólo que ahora se rindió y no quiere seguir intentando superar todo. ¿De verdad yo me quiero herir para reconstruirla a ella?
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