Los días en el hospital fueron horribles, las preguntas sin respuestas me destrozan. Tenía la mente nublada de recuerdos, los cuales no sabía si eran reales o no. Cada vez que intentaba dormir Alexz aparecía en mis sueños. Los últimos dos días no había podido concebir el sueño más de dos horas seguidas. Las ojeras se dejaban notar y mi cansancio empeoraba. Los médicos me hicieron cientos de estudios para detectar que me estaba pasando.
Respire hondo al recordar los resultados de una de mi tomografía computarizada. Al parecer tengo una lesión en el cerebro por el golpe que recibir en el accidente. No le valió a la vida quitarme a mi madre y a mi mejor amiga, también tenía que dejarme traumas. Como si los que ya tenía no fuese suficientes. Volver a la casa fue difícil, aunque Laura y James eran lo máximo, me trababan de maravilla y era increíblemente atentos, comenzaba a sentirme como si fuera una carga para ellos. Tener que estar cuidándome todo el tiempo.
El primer día que volví a la escuela me sentía destruida tanto por fuera como por dentro, era oficial, llevaba cinco días en los cuales solo acumulé 7 horas de sueño. Mi mente no se callaba en ningún momento, pensamientos y situaciones se entremezclaban en mi mente, la realidad y la ficción no eran claras en estos momentos. Me levante de la cama y fui hasta el espejo del baño, me mire fijamente y una persona totalmente diferente a mí me devolvía la mirada. Unas feas ojeras bañaban mis profundos ojos cafés, ojeras que iban de morado a verde. Mi cabello estaba sucio y enredado hasta más no poder. Tenía la piel pálida y pequeñas espinillas arruinaban mi cutis. Me desnude y entre en la ducha, deje que el agua fría calmara mis nervios. Las manos me temblaban un poco y el estómago me crujía por comida. Al salir del baño cepillé mi cabello hasta dejarlo lo más presentable posible, salí del baño envuelta en una toalla blanca y me dirigí al closet, en el encontré mi violín y una enorme nostalgia invadió mi pecho, quería llorar y acurrucarme en la cama. Quería volver a ser la persona que era antes, quería tantas cosas en esos momentos. Unos suaves golpes me devolvieron a la realidad, aclare mi garganta y pestañee varias veces para espantar las lágrimas.
– Adelante. – dije lo más serena posible, me di media vuelta y quedé frente a la puerta, Laura se dejó ver, llevaba unos pantalones de vestir n***o y una blusa mangas largas que le combinaba.
– Buenos días, ¿Cómo te sientes? – se quedó de pie en la puerta, con el plomo agarrado en su mano derecha, me sonrió dulcemente. En ese preciso momento encontré todas las similitudes que tenía con mi madre, como la piel alrededor de sus ojos se arrugaba al sonreír, la forma delicada de los labios, los pómulos altos, la nariz perfilada, como siempre llevaba el pelo detrás de las orejas y unos pequeños aretes de perlas. Sadie siempre llevaba unos y recuerdo que yo siempre los quise. Cuando seas mayor te los regalare, era su respuesta habitual.
– Estoy mucho mejor. – mentí y le devolví la sonrisa, tratando de ocultar todo el dolor que había en mi pecho. – voy a ir a la escuela. – aclare y ella asintió.
– Entonces, te prepare desayuno. – me respondió y la vi marcharse cerrando la puerta a su espalda. Me quedé mirando la madera blanca por unos segundos y sentí una lágrima deslizarse por mi mejilla izquierda. Respiré hondo y me convencí de que era lo correcto asistir a la escuela.
Me decidí por unos jeans negros, uno conversé y un t-shirt gris claro, me puse corrector y delineador para disimular las ojeras. Algo de polvo en el resto de la cara y pintalabios rosa suave. Tome mi mochila del suelo y baje a la cocina. James y Drake me daban la espalda, estaban sentados en el desayunador, hablando de un partido que mi primo tenía el fin de semana. Me quedé parada mirando la espalda del Drake, desde el día en el colegio donde lo vi besándose con otra chica no lo había visto ni pensado en él. No había ido a verme al hospital ni venido a la casa en los días que regrese del hospital. Cuando me arme de valor entre en la cocina y salude lo más alegre que pude, la mirada de Drake me encontró en el primer momento.
Cafés contra Cafés.
Esta vez no le sostuve la mirada, fui lo más rápido que pude a sentarme, dejando mi mochila a un lado. Laura me dejo un planto en frente, con tostadas, beicon, queso y huevos. Le agradecí y comí en silencio. Sentía tres pares de ojos mirándome fijamente, pero ya estaba acostumbrada a las miradas de mis familiares, pero no a la Drake, no tan cerca y yo comiendo. 10 minutos después los tres estábamos en el auto de James, camino a la escuela. Los chicos iban delante hablando de cosas tribales como películas que habían visto. Miraba por la ventana, todas aquellas enormes casas, con su perfecta entrada, sus jardines impecables. Las voces me llegaban a lo lejos y pude reconocer la Drake, hice todo el esfuerzo de no mirar en su dirección me conto bastante, pero gracias a todos los Dios, que el viaje no duro mucho. Salí casi corriendo del auto y me despedí de ambos. Me alegre de ver a Hanna caminando hacia la entrada de la escuela. Llevaba jeans azules y una blusa sin tirantes, que hacía juego con sus zapatos planos rosa. Llevaba las manos llenas de libros. Camine rápido hasta ella y en el camino dije su hombre para que se diera la vuelta. Sonrió al verme y yo le respondí la sonrisa.
– Hola. – dije la abrace como pude y cuando nos separamos la ayude con sus libros.
– ¿Cómo estás? Qué bueno que regresaste. – hablaba sin parar y yo la calme poniendo mi mano libre sobre su hombro izquierdo.
– Estoy bien. – volví a mentir, tenía el pensamiento que, si me convencía a mí y a los demás de que estaba bien, todo iba a estarlo al final del día.
– Qué alegría me da. – los chicos llegaron hasta nosotras y saludaron a mi amiga. Vi los ojos de Hanna iluminarse cuando James se ofreció a llevar el resto de sus libros. Los cuatro entramos al pasillo hablando de los exámenes que pronto se acercaban. Yo solo camine al lado de mi amiga, podía sentir los pasos de Drake topándome los talones. Al llegar a los casilleros vimos a Ximena acerca a su novio, lo beso como si no hubiera mañana, sabía que eso le dolería a mi amiga. Tomé su mano y la atraje hacia mí, nuestras miradas se juntaron y vi el alivio en sus pupilas. Ximena saludo primero a Drake, este le respondió muy amable y luego se despido de todos.
– Cariño, ¿me acompañas a clases? – hablo Ximena casi gimiendo a su novio, James asintió y le devolvió los libros a Hanna. El chico se demoró más de lo que otra persona normal haría ese proceso y vi como tomo por unos momentos las manos de Hanna entre las suyas, sin ella tener tiempo para responder, le dio un beso rápido en la mejilla y luego se alejó, como si se hubiera dado cuenta de lo que acaba de hacer.
– Nos vemos, chicas. – dijo rápido, tomo a su novia por el brazo izquierdo y salió de allí a toda prisa.
– ¿Y eso que fue? – dije para sacar a Hanna de su transé.
– No lo sé. – respondió, abrió su casillero con las manos temblorosas, guardo los libros en él y yo le pase los que tenía en mis manos. Escuchamos el timbre de inicio de clases y juntas nos dirigimos a Ingles.
…
Todo el día escuchaba susurros al pasar por un grupo de personas, se quedaban mirándome y hablaban de mí, de James. De por que vivía con él, trate de ignorar sus miradas y comentarios todo el santo día, rogando porque llegara la hora de volver a casa y tirarme en la cama.
–¿Después de clases me acompañas a mi casa? – dejé mi jugo a sobre la mesa y dirigí mi mirada hacia Hanna, estaba sentada frente a mí en la cafetería. – mi mamá quiere conocerte. – dijo a toda prisa.
–Está bien. – me encogí de hombros y tomé mi pedazo de pizza. Ese día los chicos no vinieron hacernos compañía y una gran parte de mí se decepciono completamente. En esos momentos necesitaba más animo que cualquier otro momento, luego del receso me tocaba ir a mi primera cita con la psicóloga escolar, decisión de entrevistaste y decidir si tenía que visitar a un psicólogo con frecuencia. Sentía miedo de las cosas que podía decir frente a ella y que llegara a pensar que estaba loca.
Caminando por el pasillo solitario, sentía como el estómago quería devolver la pizza que me había comido. Los nervios y la ansiedad que me estaba produciendo ir donde la psicóloga me hacía querer dar media vuelta y salir de allí corriendo. Pero debía de ser fuerte y salir de aquella situación. En un momento dado sentí una mano agarrar mi antebrazo y darme la vuelta. Me tome con sus ojos y experimente como todo mi cuerpo se relajaba.
Cafés contra cafés. Esta vez sus ojos no eran duros, parecían amables.
– Acompáñame. – dijo fuerte y claro.
– Pero tengo que ir…
– Solo serán unos minutos. – asentí al final, lo seguí por el pasillo vi su mano sobre mi piel y el cosquilleo que ocasionaba a su alrededor, su agarre era suave y delicado. Entramos en un aula vacía. Se me subió la bilis.
– ¿Qué hacemos aquí? – no me contesto, algo normal en él. A cambio recibí un beso que me dejo sin aliento. Sus labios carnosos y delicados me acariciaron de una manera que se me desprendía el alma. Nadie me había besado así antes, tampoco era que había besado a muchos chicos. Solo a unos 4 o 5, note muchas cosas en ese beso, pero sobre todo mucho deseo al intensificarse. Poso sus manos a ambos lados de mi cara y me mantuvo en mi lugar por lo que se sintió como una eternidad. Cuando ambos nos quedamos sin aire despegamos nuestras bocas. Pego su frente a la mía y sin llegar a pensarlo lo atraje hacía a mí, lo abracé por la cintura, sin poder creérmelo, me estaba devolviendo el abrazo.
– ¿Podemos vernos luego? – me pregunto. Aun estábamos abrazados y creo que desde el ultimo abrazo que recibí de mi madre, no me había sentido tan bien. Tan en tranquilidad.
– Iré a casa de Hanna luego de la escuela, cero creo que en la noche podemos vernos. – coloque mi mejilla en su pecho, escuchar su corazón latir me produjo una paz que no había sentido nunca. Saben de ese momento donde siente que las cosas cambian, ese justo momento. Yo acabo de encontrarlo, después de aquello, sabría que no había lugar más perfecto para mí que entre sus brazos. Aprete con fuerza mis brazos a su alrededor y lo sentí gemir de dolor.
–Lo siento. – aflojando el agarre.
–Tranquila, es un golpe que ya está sanando. – le bese el pecho, queriendo quitarle el dolor y su respuesta fue atraer sus labios a los míos.
¿Si pensaban que no fui a mi cita con la psicóloga? Pues están en lo cierto, estuvimos en el aula un rato y cuando el timbre volvió a sonar salimos rápido, para que nadie nos viera. Nos fuimos detrás de las grades del campo de futbol, nos sentamos en el suelo y sin necesidad de hablar nos quedamos allí. En ningún momento se sintió raro o incomodo nuestro silencio, solo estábamos recostados el uno junto al otro, nos agarramos de la mano y no necesitábamos más de ahí. Se percibía que los dos necesitábamos ese tiempo a solas y en silencio, cerré los ojos un momento, unos 5 o 10 minutos y dormí profundamente, como no lo había hecho en muchos días.
Cuando volví a encontrarme con Hanna en los pasillos lleva el pelo alborotado y las mejillas rojas.
– Sam, ¿Dónde habías estado? – pregunto está mirándome fijamente, me peino el cabello con las manos.
–En el cielo. – le respondí susurrando, ella abrió los ojos como platos. – No haciendo cosas así, pervertida. – sonreí al ver su cara teñise de rojo.
–Yo no soy pervertida. – se defendió, le pase el brazo derecho por los hombros y la incite a que comenzara a caminar.
–Vamos, tenemos que encontrar a James y decirle que no iré a casa. – encontrar a mi primo no era difícil, a esta hora siempre estaba en los vestidores de hombres cambiándose para su práctica. Al no poder entrar tuvimos que esperar que un chico pasara para que nos hiciera el favor. Cuando James estuvo fuera del vestidor le sonreímos.
–¡Hey! Hanna me ha invitado a su casa. – mi primo levanto las cejas divertido en dirección la susodicha.
–Está bien, te cuidas, Sam y me llamas si quieres que te pase a buscar o si no te sientes bien–dijo rápidamente, asentí.
–Sí, lo haré – dije haciendo pecheros, he mencionado que James me cuida más que a su madre, en estos días me ha tratado cómo un hermano mayor, es lindo pero muy sobre protector.
–Pues nos vemos – me abrazo, beso mi mejilla rápido. Repitió el proceso con Hanna, sin el abrazo. –te cuidas – volvió hablar para luego marcharse, suspiré hondo, ¿así se siente tener un hermano mayor?
....
–¡Wao! ¿Hanna esta es tu casa? – me desmonte del auto de mi amiga, mis ojos no podían creer lo que estaban bien, la casa era enorme y linda, muy linda, en tonos claros. Caminamos por el jardín, lleno de rosas bien cuidadas. Cuando entramos a la casa mi sorpresa era mayor aún, todo se veía delicado. Tenía miedo de poner las manos sobre algo y llegar a romperlo.
–Mi mamá tiene un gusto exclusivo –dijo mi amiga, la miré y levanté una ceja.
– ¿Tú crees? – pregunté en tono de burla. Seguimos caminando por el pasillo, mi cara seguía en shock por lo bella que era la casa. Estaba en total silenció hasta que Hanna lo interrumpió.
–Llegue – grito muy fuerte.
–Podrías hablar más bajitos – dije quitando mis manos de mis oídos, Hanna sonrió y asintió.
–Hanna –se escuchó la voz de una mujer por todo el pasillo, se dio media vuelta y yo la imite, una mujer alta, con el cuerpo lleno de curvas, pelo largo del mismo color que el de mi amiga, caminaba por el pasillo hasta nosotras –Hola, pequeña – saludo la señora, mi amiga abrazo a la mujer y esta le devolvió el abrazo y beso su frente.
–Hola, mami–respondió Hanna con la voz baja.
–Tú debes ser Samantha – dijo la mujer con voz alegré, sonreí y ella a mí.
–La misma que viste y calza – dije tratando de hacer un chiste que me salió bien malo.
–Me agrada esta chica – soltó a Hanna y luego me abrazo a mí– me alegra que por fin mi hija haya traído a alguien a la casa, su padre se pondrá muy feliz – la mamá de Hanna dio un pequeño salto que me hizo reír – soy Carmen, mucho gusto en conocerte Samantha.
–Dígame Sam–dije algo sonrojara.
–Pues Sam dime Car – me sonrió y yo a ella – vayan a ducharse que la comida ya esta y tu papá ya no tarda – la mujer se marchó dando saltitos en el airé, tenía un espíritu que santo Dios, pero era joven, muy joven... Hanna tomo mi mano y me encaminó por el pasillo hasta las escaleras.
– ¿Cuántos años tiene tu mamá?
– 34 –respondió mi amiga.
–Mi mamá también tenía esa edad–Hanna me miro de reojo, no dijo nada y yo se lo agradecí. No habíamos tocado el tema y sentía que no era el momento de hablarlo. Aunque nunca seria momento. Caminos por el pasillo que se hacía eterno. Puertas blancas se veían por todas partes.
Que casa tan grande.
–Mi mamá me tuvo joven, pero mi papá no es tan joven – dijo mi amiga rompiendo el silenció, asentí. Hanna se detuvo en una puerta rosada la que abrió dejando ver una habitación.
–¿Esta es tu habitación? –silbé –esta habitación es más grande que mi antiguo departamento– las paredes eran de color azul cielo, con los muebles blancos. Una enorme cama en el centro, sobre ella habitaba un cuadro de un amanecer que me dio una paz interior enorme.
– ¿En serio? – Asentí y comencé a caminar por toda la habitación, de verdad que era enorme, gigantesca y muy bella.