Te debes estar preguntando quien te está contando esto. ¿Dónde están mis modales? Permíteme presentarme. Mi nombre es Danielle y soy una policía, o flic (poli) como me llaman aquí en Francia. Espero que me tengas paciencia pues el inglés no es mi primera lengua.
Estoy asistiendo al funeral de Steven Gold, el desafortunado hombre que cayó del edificio de apartamentos propiedad de los Carters. Él era un empresario local, y antes de que se instalara aquí en Francia, se rumoreaba que él había sido excluido del buffet de abogados en Inglaterra. La mayoría de los habitantes de la ciudad están aquí porque todos son curiosos. No tenemos incidentes como éste que ocurren muy a menudo, o de hecho nunca antes, por lo que ha causado mucho entusiasmo y especulación. La reunión se puede dividir en un puñado de personas a las que les gustaba o les caía bien el hombre, a quienes no les gustaba o incluso lo odiaban, más bien de ellos, de hecho habían demasiados para contarlos, y por supuesto al habitual grupo de personas religiosas o solitarias que asisten a todos los funerales.
En realidad, la mayoría de las personas que asisten, no les caía tan bien el hombre que están siendo vigiladas con sus conversaciones, por miedo a que alguien piense que su negatividad o malos sentimientos hacia él pueden de alguna manera haber contribuido a su muerte.
Yo fui la primera persona en el lugar de los hechos de ese día, ya que estaba a punto de multar a un auto que estaba estacionado ilegalmente y además estaba bloqueando una entrada fuera del edificio de apartamentos de los Carter. Las personas siempre se molestan cuando reciben una multa de estacionamiento. Argumentan que sólo se fueron por un minuto o dos o que su negocio era tan urgente que la ley no debiera concentrarse en ellos. Siempre son irrazonables y por lo general me echan la culpa personalmente por sus errores.
Ese día, en un primer momento, estaba más sorprendida que impactada cuando lo vi allí acostado. Él estaba en una posición fetal casi perfecta y cabía exactamente en el pequeño espacio fuera del sótano, en la ventana del dormitorio. Su cabeza descansaba sobre una maceta y él se veía cómodo. Si no fuera por la sangre, uno habría asumido que simplemente él se había acostado cuando estaba ebrio y se había quedado dormido.
Tuve que llamar a la señora Laurent y pedirle que se apartara un poco y no se acercara más mientras se movía hacia adelante para ver qué había sucedido. Su perro ladrando me estaba poniendo nerviosa y yo ya tenía suficiente para lidiar con ella sin ponerse histérica o darle un ataque al corazón. Con un c*****r era suficiente.
Con un movimiento lento y con mis manos temblorosas, pasé por el ritual de revisar el pulso, teniendo cuidado de no tocar nada excepto su muñeca. Habría sentido su cuello donde el pulso es más fácil de detectar, pero no quería tener su sangre en mis manos. Mi corazón latía y mis dedos sudaban tanto que no podía sentir nada, pero no importaba, sabía que él estaba muerto. Habría sido obvio para cualquiera.
Su cabeza estaba partida casi en dos y había un lago de sangre rápidamente congelándose debajo de él. Yo estaba dejándome llevar simplemente por la rutina como había sido entrenada para ejecutarlos. Sabía que debía escribir un informe y, siendo una policía que se ocupaba principalmente de delitos de tráfico o de personas ebrias ocasionales, y de ser la única oficial que estaba en la ciudad, no sabía qué más hacer ya que yo tenía poca experiencia con la muerte. Esperaba y rezaba que alguien con más autoridad llegase pronto mientras una multitud se reunía y tenía miedo de perder el control de la situación.