I.-Este maldito mundo.
Este mundo es una porquería.
No hay forma elegante de decirlo.
No sé si reencarné, desperté, o simplemente fui arrojado aquí por alguna broma divina de mal gusto, pero terminé atrapado dentro de una novela famosa de romance steampunk. Una de esas que se venden como si fuera una obra de arte, cuando en realidad son sedantes narrativos.
Se llama Fuego y Vapor.
Sí, ese Fuego y Vapor.
La joya máxima del romance industrial barato.
La colección completa eran veinte novelas… y mi hermana las amaba como si fueran textos sagrados.
Yo me las leí todas.
No por gusto.
Por curiosidad morbosa.
Por la esperanza —ingenua— de que en algún punto se volvieran buenas.
No ocurrió.Y estoy en la trama...
.
La protagonista se llama Alexandra.
Obrera. Pobre. Nadie.
Un número en una nómina que se borra con tiza. Un cuerpo reemplazable. Un error estadístico aceptable.
Si el mundo fuera realista, habría trabajado hasta que su espalda se partiera, hasta que sus pulmones se llenaran de hollín y su nombre desapareciera incluso del recuerdo de su familia. Habría muerto joven y tal ves adulta, nadie llega a la vejez si eres plebeyo, da igual, porque en este Imperio oxidado la única cosa que importa es cuántas horas más produces antes de caer.
Pero este mundo no es realista.
Es una novela romántica.
Alexandra trabaja en una fábrica que nunca duerme. Aquí el vapor no es una fuente de energía: es una religión. Calderas consagradas, válvulas que gimen como animales heridos, engranajes bañados en sangre seca y grasa humana. Los turnos no se miden en horas sino en resistencia. Doce si tienes suerte. Catorce si eres dócil. Dieciséis si el capataz necesita demostrar algo.
Los techos están sostenidos por vigas oxidadas que llevan décadas resistiendo contra la gravedad. Todos lo saben. Ingenieros, supervisores, contables, ministros. Nadie hace nada.
¿Por qué lo harían?
Fuera de la fábrica hay filas de obreros esperando.Llegar tarde, una amputación o una muerte son variaciones para contratar al siguiente en la linea. Cien cadáveres no afectan la producción. Mil apenas retrasan un envío.
Y entonces ocurrió eso.
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Una de las vigas principales cedió.
No fue un accidente súbito. Fue la fractura de un metal cansado y oxidado. Un crujido que recorrió el edificio como un escalofrío. Luego el grito colectivo, el vapor liberándose como un aliento de un buey, el chillido del acero desgarrándose.
El techo empezó a venirse abajo.
Lo normal habría sido morir aplastados.
Lo lógico.
Lo estadísticamente normal y para molestia de sus dueños, la producción se pararía unos días.
Pero Alexandra no murió.
Hizo lo imposible.
No sostuvo el techo entero —eso sería demasiado incluso para una neófita dentro de la novela—. Sostuvo la viga. El segundo exacto que exige el guion. El margen preciso para que otros corrieran, tropezaran, sobrevivieran. Un milagro calibrado con matemática narrativa.
Sus músculos se rompieron. Sus manos sangraron. El maná —esa sustancia obscena reservada para los salones nobles— estalló dentro de su cuerpo alimentando sus músculos y huesos, amplificando sus habilidades. Y cuando por fin soltó la viga, lo hizo en el momento exacto para correr a super velocidad y ella logro escapar mientras una multitud no podría creer que la chica sucia y sencilla les había salvado
Pero lo importante no fue el acto.
Lo importante fue lo que reveló.
Alexandra no es solo fuerte.
Tiene maná.
Tiene poder.
El poder de un noble de alto rango.
El poder de los paladines, esa élite armada y santificada que solo debería existir en linajes altos, bendecidos, documentados y controlados.
Una obrera con poder A.
Sin entrenamiento.
Sin tutor.
Sin permiso.
Eso no es heroísmo.
Eso es una anomalía que a los nobles les gusta porque es carne nueva para las casas nobles.
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La noticia corre como siempre.
Primero los obreros, en susurros que mezclan miedo y esperanza.
Luego la policía, que llega tarde y pregunta poco.
Después los Inspectores Imperiales, pero no por el desastre que ocurrió.
No vienen a ayudar a los obreros, heridos o despedidos, y mas los que se atrvieron a pedir mejores condiciones. Vienen a medirla.
La hacen repetir el esfuerzo. Le colocan instrumentos. La observan como si fuera una caldera defectuosa que, por error, funciona demasiado bien. Anotan cifras. Cruzan miradas. Confirman lo obvio: su potencial es absurdamente alto.
Y ahí termina cualquier posibilidad de justicia.
No hay juicio para la empresa.
No hay sanciones.
No hay nuevas regulaciones.
No hay discursos sobre seguridad laboral.
Hubo una docena de muertos.
Pudieron ser todos.
Pero, bueno… ¿a quién le importa?
La gente no importa.
Importa la maldita trama romántica.
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Lo que sí hay es una orden.
Disfrazada de invitación, por supuesto. El Imperio siempre es educado cuando roba.
Alexandra es enviada —y acepta sin discusión— a la Escuela Imperial: un monumento obsceno de engranajes dorados, mármol n***o y relojes gigantes que miden el tiempo de quienes no necesitan trabajar. Un lugar donde estudian los nobles, los herederos, los futuros amos.
Ella entra como el cliché perfecto:
La chica “sin nada especial” que en realidad lo tiene todo.
Sin modales.
Sin educación.
Sin apellido.
Pero hermosa —porque siempre lo es—
y con un nivel de poder ridículo.
Una paladín rango A salida del barro.
Resultado: los nobles menores empiezan a rodearla como buitres bien vestidos. Sonrisas entrenadas. Propuestas veladas. Ofertas “generosas” para convertirla en segunda esposa, tercera amante o concubina oficial.
Porque ascender socialmente sigue significando pertenecer a alguien.
Y ahí empieza el verdadero suplicio.
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Porque, por supuesto, no puede faltar el romance.
Por un lado, el hijo del Primer Ministro John Blackwell: perfecto, pulido, diseñado desde la cuna para ser el esposo ideal. Espadachín impecable. Jinete elegante. Genio financiero. Habla una docena de idiomas y nunca suda en público.
Por el otro, el hijo del Gran Duque de Oxford: arrogante, brutal, brillante a su manera. Dueño indirecto de media industria pesada. Un salvaje con título. El tipo de hombre al que llaman “intenso” para no decir “peligroso”.
Dos nobles disputándose a la chica obrera.
El sueño húmedo del clasismo romántico.
“Qué guapo.”
“Qué poderoso.”
“Qué privilegio que la elijan.”
Yo sé exactamente cómo termina todo esto.
Sé cada malentendido fabricado.
Cada escena bajo lluvia artificial y vapor dramático.
Cada discurso hueco sobre “cambiar el Imperio desde dentro”.
Mientras tanto:
las revueltas obreras son aplastadas,
los accidentes continúan,
el clasismo se pule en lugar de desaparecer.
La historia empezó como una crítica a la nobleza y a la incompetencia empresarial.
Y terminó preguntándose quién besa mejor y quién folla más rico.
La gente necesita ayuda.
Pero eso no importa.
Importa el harem inverso, ligeramente hectagonal, completamente fastidioso.
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Así que aquí estoy.
Consciente.
Atrapado en una historia que vende romance mientras ignora cadáveres, fábricas colapsadas y ciudades enteras respirando veneno.
Y soy un noble de rango medio.
Pensando, con una lucidez casi criminal,
que no quiero saber absolutamente nada de la trama.