Cuando llegué a mi casa y subí a mi habitación, me sorprendió encontrar a Dante allí, esperándome. —¿Qué haces en mi cuarto, Dante? —pregunté, sintiendo una mezcla de sorpresa y preocupación. —Amor, ya no tolero más. Te extraño mucho, salvajita. Extraño tus besos y tus caricias... —dijo, acercándose mientras me agarraba de la cintura. Noté su aliento alcohólico, lo que me hizo dudar. Antes de que pudiera reaccionar, me besó a la fuerza, sus manos enredándose en mi cabello. Intenté zafarme, pero me tenía bien agarrada. La desesperación me llevó a morder sus labios. —Dante, ya basta. Yo estoy casada —exclamé, tratando de mantener la firmeza en mi voz. Justo en ese momento, la señora Catalina entró en la habitación, su expresión de sorpresa mezclándose rápidamente con la de desaprobación

