—Ya llegamos. —informó Sr. Gruñón.
—Dime que ordenaste pizza. —rogué ya dentro del elevador.
—SĂ, claro que ordenĂ© pizza, sĂłlo que...
Las alarmas de mi estomago se activaron de inmediato.
—¿Qué le pasó a la pizza? —refunfuñé, como perro con rabia sin importarme que Owen estuviese viendo esa fase de mi carácter.
Vamos, si ya me habĂa visto repleta de lodo, quĂ© más daba.
Esperaba una explicaciĂłn muy pero muy buena para que Steven saliera con vida del elevador. Pero dudo que mi hambre en vĂas de desarrollado entendiera cualquier argumento que saliera de la boca de ese estĂşpido.
—Gigi se la comió.
Oh, conque esa tenemos.
—¿Huelen eso? —dije olfateando el aire, y ellos copiaron mi acción, buscado el aroma—, huele a traición. —culminé fulminado con la mirada a un traidor.
Dejaron de buscar el inexistente olor, para verme al rostro, yo ignore sus miradas.
—Mia, no seas asĂ, Gigi tenĂa mucha hambre.
—En ese caso te le hubieses servido en bandeja de plata, porquĂ© se dio un bufe visual contigo, se iba a quedar visco de tanto que te comĂa con los ojos. Pero ¡No!, hay que sacrificar mi pizza.
Sr. Gruñón me vio con desespero, estaba acabado su delgada cordura.
—¡Por Dios!, tan sólo es una pizza. —un bufido exasperante salió de su boca.
—Claro. Como tĂş no tienes hambre, que me vas a estar entendiendo —ataquĂ©, con mis brazos cruzados—. Que falta de respeto. DeberĂa darte vergĂĽenza, Steven.
—No es para tanto, además Sheyla te trajo macarrones con queso.
Colapsa mi respiraciĂłn.
—¿Sheyla? —preguntĂ© atĂłnita, hacĂa meses no escuchaba ese nombre.
Sheyla es mi mejor amiga o eso creĂa, perdĂ contacto con ella desde que me mudĂ© a esta ciudad, no la he visto desde que ocurriĂł la tragedia.
Ella me abandonó cuando más la necesitaba, si ella me hubiese apoyado o sólo haber estado conmigo durante esa tormenta emocional, todo, absolutamente todo hubiera sido tan diferente.
—SĂ, vino a visitarte —contĂł desinteresado—, se veĂa muy preocupada, me preguntĂł mucho sobre ti.
Steven no sabĂa nada de lo que Sheyla significaba para mĂ. No creo que pueda ver sus ojos sin quebrarme en el intento.
—Si vuelve, dile que me mudé a otro lugar y desconoces mi paradero. —dije seriamente observándolo.
Miro a Owen antes de responderme con un simple Ok con aires de “hablamos de eso luego”. Asentà con la cabeza y cerré mis ojos.
Estaba exhausta, mental y fĂsicamente, pero el hecho de saber sobre Sheyla despertĂł un sentimiento incĂłmodo en mĂ, era consciente que, al volverle a ver, me arrastrarĂa a lo que tanto me he esforzado en evitar: mi pasado.
En lo que el ascensor abriĂł su puerta salĂ disparada a paso apresurado al apartamento. Al llegar, encontrĂ© a mucha gente bailando y bebiendo, la mĂşsica que sonaba a volĂşmenes exageradamente altos me dejaba sorda y aturdida, ni siquiera habĂa entrado del todo y ya me estaban empujando y jaloneando.
Las palabras de un traicionero Steven, resonaron como eco en mi cabeza. "Oye, Âżno quieres venir a una fiesta?"
Los cabos se entrelazaron con facilidad.
La dichosa fiesta serĂa en nuestro departamento.
Mi suerte no dejaba de sorprenderme.
Mi dĂa iba de mal a peor.
Con hambre y llena de mugre me hice paso entre la gente para llegar y tener un poco de calma en mi habitaciĂłn, lo necesitaba o de lo contrario matarĂa a alguien.
Estaba por entrar a mi habitaciĂłn, pero algo me parĂł en seco, lo vi.
Su cabello revuelto y sensual, sus ojos hipnĂłticos y sonrisa brillante.
¿Qué hace Trey aqu�
Trey apoyado en la encimera con una bebida en sus manos, charlaba con otro chico del lugar, parecĂan tener una buena e interesante conversaciĂłn. No conocĂa al dialogante pero la confianza que se tenĂan demostraba una amistad leal y genuina.
Su mirada celeste viajaba por todo el lugar buscando algo o a alguien. Inmediatamente reaccionĂ© y recordĂ© mi vestimenta, corrĂ directo a mi habitaciĂłn como cenicienta despuĂ©s de las doce, sĂłlo que mi hechizo se rompiĂł antes de lo acordado, le harĂa llegar mis quejas a mi hada madrina.
En el recorrido hacĂa mi cuarto, lleno de pisadas y golpes en mis costillas que hacĂan del aire espeso a mis pulmones. Me preguntĂ© cĂłmo era que cabĂa tanta gente en un lugar tan pequeño.
No sé como pero mi mano pudo tocar la manilla de la puerta, la empujé y accedà a entrar. Ya del otro lado, apoyada en la puerta, llegué a la conclusión de tener varias cosas en las que pensar, claro no sin antes darme una buena y larga ducha.
De vuelta, ya aseada y limpia me senté aún con mi bata de baño en mi amada camita.
Un relámpago sonĂł en mi estĂłmago para informarme de que tenĂa que alimentarlo, animada con la idea de ordenar comida china busquĂ© en mi menos sucio bolso mi celular. Sin embargo, dos cosas vinieron a mi mente, A) tenĂa gomitas y macarrones con queso en la cocina. Y B) Trey estaba en la fiesta.
La opciĂłn A no era considerable si obviamos la aglomeraciĂłn de personas para llegar a la cocina, pero la B me atraĂa, más sabia que tenĂa preguntas pendientes con ese atractivo tarado y el alcohol en sus venas harĂa que soltara de forma fácil la informaciĂłn. QuerĂa saber más de Ă©l.
Que irónico, después de todo, sà terminaré en una fiesta.
Me arreglé con mi mejor vestido, era sedoso y ajustado de color azul cielo y se moldaba a mi figura dejándola estilizada, mis pies calzaban unos tacones con diamantes, un collar metalizado.
Mi maquillaje no era extravagante, mis labios resplandecĂan en un labial mate oscuro, mis pestañas lucias más largas gracias a la mascarilla y mis mejillas resaltadas por el rubor naranja. Me confirmĂ© con mi apariencia al verme reflejada en el espejo.
Tomé mi bolso de mano, en donde ocultaba la lista de interrogantes para el Rey Ricura.
Caminando decidida y confiada, salĂ de mi habitaciĂłn con un Ăşnico objetivo: Respuestas.
La mayorĂa de las fiestas a las que habĂa asistido, las cuales habĂan sido unas tres veces, no soy amante de estos ambientes, pero la ocasiĂłn ameritaba el esfuerzo.
AĂşn con el olor a hormonas y testosterona, la gente seguĂa bailando como si el mundo se fuese acabar en pocas horas. La mĂşsica era la Ăşnico agradable, las bocinas emitĂan sonidos movidos y rĂtmicos que te invitaban a bailar a su compás.
Haciendo leves movimientos lentos me sumergĂ entre la multitud, sentĂ un el peso de una mirada en mi espalda, por intriga girĂ© para descubrir a Owen escaneándome y dirigiĂ©ndose a mĂ. Al llegar a mi lado comenzĂł a bailar al ritmo de la movida canciĂłn colocada, yo no dude en seguirle el paso.
—Extraño a Cacaenstain. —me hizo un puchero tan tierno.
—Te doy permiso de lanzarme todo el lodo que quieras.
—Y arruinar tu atuendo, no gracias. —reĂmos.
—¿Steven, en dónde está? —le pregunté.
—Está ocupado. —dijo guiñándome uno de sus oscuros ojos.
VirĂ© mi vista a donde estaba Trey, sin encontrarlo ahĂ, su amigo sĂ lo estaba y veĂa a nosotros, revisĂ© a mis alrededores teniendo nada de Trey como resultados.
¿Qué pasó con él?