No le iba a besar.
Claro que no.
AsĂ no serĂa mi primer beso. TomĂ© la torta y llenĂ© mi boca, mentĂłn y comisuras de su aderezo. Sabiendo con anticipaciĂłn que Trey no toleraba el chocolate. No iba a besarme si estaba en mis labios.
—Ahora —esparcà con mis dedos la crema en mi boca—, ¿vas a besarme?
El asco se plasmĂł en su cara.
Perfecto.
—Que astuta, ColibrĂ, muy astuta.
—Es algo de familia. —dije, inflando mi orgullo.
RĂe.
—Tenemos que irnos.
—Bien. —entré al auto.
Con el resto de la tarta en mis manos a la vez que limpiaba el desastre pegajoso en mi cara.
El resto de la tarde pasĂł de oĂr silbatos a ver trotar a los jugadores de The Dragons. De en sĂ la práctica se veĂa la dedicaciĂłn y determinaciĂłn de cada uno, excepto del depredador de Chris. Me miraba demasiado. Trey lo notĂł. Me incomodaba la forma en como lo hacĂa. Raro. FrĂo. Daba miedo de verle.
Era como si en su cerebro sucedieran cosas incontables. Todo Ă©l me ponĂa intranquila e insegura.
—¡Bien! Eso es todo por hoy —anunció el entrenador—. Recuerden que el miércoles es el próximo partido con los Kings, prepárense para su oponente. Son buenos en agilidad… —los observó antes de seguir—, pero malos en estrategia.
Trey estaba atento y concentrado en sus palabras. Al igual que su equipo.
—Tenemos que usar todas nuestras estrategias de desplazamiento y ataque. —objeto Starboy, muy seguro de sus palabras.
—Exacto —coincidió el entrenador—. Ya puede irse. Nos vemos el miércoles, campeones.
Y sin más desapareció.
Yo aĂşn seguĂa en la banca cuando todos los chicos se despidieron de Trey, bromeando y chistando con mi presencia.
—Hasta luego, chicos. —despedà con la mano.
—AdiĂłs. —dijeron al unĂsono, antes de marcharse.
Trey, de pie en medio de la cancha, poso su mirada en mis ojos dijo:
—Te reto a encestar.
Me estaba desafiando el muy tarado, pero era consciente de mis posibilidades.
—No se vale. Yo soy una novata y tú un gran jugador.
—¿Qué con eso? —encogió sus grandes hombros.
—Que las posibilidades de ganarte son nulas. Además, mi estatura está a tu favor.
HabĂa que ser realista, Ă©l media el doble de mi estatura.
—Vamos. —insistió.
—Depende.
Si Ăbamos a jugar, serĂa bajo mis reglas. Como siempre.
—¿De qué? —se interesó.
—Depende del premio. Si yo gano mi recompensa será mejor que la tuya.
Era lo justo.
—Bien. ¿Qué quieres para tu premio?
—Respuestas. —tire sólidamente.
—Perfecto —acepta, pero arquea una ceja, sonriéndome—. Ahora, si yo soy el ganador, pido un beso.
Y volvĂamos con el beso.
Suspiro.
De dar un pequeño beso no se muere nadie ¿Cierto?
—Ok.
FrunciĂł su entrecejo.
—¿Vas a aceptar, asĂ, sin más rĂ©plicas?
—Estoy segura de que saldrĂ© victoriosa y tendrĂ© mis respuestas. —sonreĂ.
AsintiĂł, encogiĂł sus hombros.
—Yo primero.
Presté mucha atención a cada movimiento para imitarlo y con esfuerzo encestar.
Trey se ubicó a unos cuantos metros del tablero, flexiono un poco sus piernas mientras rebotaba el balón en un perfecto drible, relajó sus hombros y cada músculo de sus brazos, los cuales eran un manjar visual, tomo el balón con las yemas de sus dedos y lo alzó a la altura de su pecho, luego inclino su dorso un poco, con un sonrisa flexiono aún más sus rodillas y dio un salto logrando estirar su brazo derecho, impulsando el balón con fuerza hacia el aro.
El recorrido de la esfera, lo capte en cámara lenta. Desde que dejo sus dedos, deseé que se desviara, claro que eso no ocurrió en ningún momento. Al contrario, presencié una excelente anotación.
Trey 1. Mia 0.
—Toma —pasĂł el balĂłn, riĂ©ndose de mĂ—, rĂłmpete una pierna.
Mi rabia lo traspasĂł con los ojos.
—Tarado.
Me preparé mentalmente para lo que sea que pasará, ya sea derrotada y tenga que darle su premio o ganarle y saciar mis dudas.
Si encestaba pudiéramos llegar a un empate.
Me posicione delante de la canasta a unos cuantos metros del tablero rojo con lĂneas, flexione mis rodillas hasta bajar y asĂ inclinar mi dorso lo suficiente para dar un gran salto, mi punto a mirar fue la canasta y apuntĂ© a ella con precisiĂłn, me tome mi tiempo y cuidadosamente salte.
SĂłlo que algo saliĂł mal. Alguien cuando soltĂ© el balĂłn, mi impulso fue anulado por cosquillas. SĂ, cosquillas en la panza.
El balĂłn nunca llego a su destino y mi objetivo tampoco.
Toda culpa del tramposo de Trey.
—Creo que acabo de ganar. —dijo él, tremendamente descarado.
—Claro que no —espete enfadada—. ¡Tramposo!
—Mira, para que no digas que soy malo, responderé todas tus preguntas.
Lo considere un poco.
No era una mala oferta. Era una muy buena de hecho.
—Sà sabes lo que te conviene, lo harás. —refunfuñé, cruzada de brazos.
—Que provocadora.
Fue acercándose. Yo retrocedĂa.
—Quiero mi premio. —señaló sus labios.
—Cierra los ojos.
Y lo hizo.
Vaya, que obediente. Es decir, ÂżTrey el indomable siguiendo mis Ăłrdenes? eso acontece inauditas veces en la vida.
Vi sus hĂşmedos labios en espera del roce con los mĂos. Desde aquel dĂa en el hospital, en esa tierna cita, quise probar su sabor, serĂan tan dulce y suave como he estado pensando.
Era la hora de descubrirlo.
Me fui acercando lentamente hacia Ă©l, hacia su boca, mi nariz chocĂł con la suya y la cercanĂa se intensificĂł, sentĂ sus manos en mis caderas. No querĂa que me separa. Yo querĂa besarlo.
A los escasos centĂmetros que nos separaban, mi respiraciĂłn se fundiĂł con la suya y el impulso que necesitaba se esfumĂł recordando lo tramposo que era.
No me culpen, soy rencorosa con honores. Nunca olvido fácil.
Mi acciĂłn fue rápida y ágil, podĂa haberlo besado en los labios, pero me dirigĂ a un costado de su cara y le besĂ© la mejilla, y todo su cuerpo se tensĂł.
DespuĂ©s estábamos en un maratĂłn, yo escapaba y Ă©l me perseguĂa. Otra vez en persecuciĂłn. Convenia haberlo pensado mejor.
—Eso no fue lo acordado. —masculló molesto.
—Si mal no recuerdo, dijiste "beso", más no especificaste el cĂłmo o en dĂłnde. —defendĂa, ocultándome detrás de los asientos de la cancha.
—Quiero mi beso, en los labios. Ahora. —gritó decidido, viniendo hacia las gradas.
Por lo poquito que lo conocĂa, dudaba se venciera tan fácilmente.
—No lo haré, por jugar sucio. —contraataqué de brazos cruzado, ya en la superficie de la cancha, me envalentoné y di la cara.
—Bien, no lo hagas. —encogió hombros, inexplicablemente calmado.
Fue caminando tranquilamente a mi direcciĂłn.
Al pisar el campo de juego supe que Trey tenĂa algo en mente, no iba a rendirse sin conseguir lo que querĂa. Yo me alejaba de cada paso que lo acercaba de mĂ, hasta que me topĂ© con el poste del letrero, Ă©l sonriĂł, me habĂa atrapado.
Alerta, hormonas, chico extremadamente guapo se aproxima.
Paso a paso fue acercándose cada vez más, al deshacerse completamente de cualquier distancia entre los dos, su cuerpo tomĂł el mĂo, mi vista estaba en su pecho, se inclinĂł para estar a mi altura y vi sus intensos ojos oceánicos.
—No hace falta que me beses —ojeo mi boca con ansias—, ya sé que mi premio está en tus labios.
Entonces sucediĂł. Su boca buscĂł la mĂa hasta fusionarse en una, sus movimientos fueron lentos y marcaban un compás que los mĂos torpemente intentaban seguir.
El tacto de sus frĂas manos en mis caderas me enloqueciĂł, de forma casi torturante fueron descendiendo a mis muslos para terminar en mis rodillas, y con sumo cuidado me cargĂł. Tuve que sostenerme de sus hombros, pero los abandonĂ© para fundir mis manos en su cabello. Amaba como se sentĂa lo sedoso de su pelaje.
Sus labios eran tibios y suaves, tal y como los imaginé. No, eran mejores. Era un beso de ternura en sus movimientos y fogoso en su intensidad. Una mezcla letal para hechizar. Para hechizarme.
El simple roce de sus labios me transmitĂa sensaciones inefables, tan intensas y maravillosas. A pesar de que ninguno de los dos querĂa romper ese beso, la falta de aire nos obligĂł a hacerlo.
Jamás pensĂ© quĂ© mi primer beso serĂa de esta forma, pero no me arrepentĂa de nada, sentĂa la corazonada de que estaba destinado a ser asĂ.
Me gustaba mucho éste tarado.
—Me estás enloquecido, ColibrĂ. —dijo mirando mis hinchados labios, yo sĂłlo buscaba su mirada.
En su retina se ocultaba un mar de emociones tan intenso y profundo como el gran océano Atlántico. Dicen que los ojos son es espejo del alma, los de Trey eran un mapa de diversas emociones dispersas.
Quise dejar de ser su carga e intentĂ© bajarme, pero sus manos debajo de mis piernas me lo impedĂan.
—Bájame. —exigĂ.
—Para hacerlo tendrás que cumplir con tu palabra.
—Ya te besé.
—No, yo te besé. —susurró sobre mis labios.
—Responde primero.
—Si serán dos besos, pregúntame todo lo que quieras.
—¿QuĂ© sientes por mĂ, Trey? —preguntĂ© sin pensar.
Se mostrĂł pensativo, debatĂa que decir, su respiraciĂłn es una catástrofe, igual sus pensamientos.
ÂżAcaso Ă©l… no sentĂa nada por mĂ?
—Deseo —titubeó, nervioso, tragó grueso—. Es todo lo que siento por ti.
Mi corazĂłn dio un vuelco al escucharlo.
Deseo.
HabĂa conocido a muchos chicos como Ă©l, decĂan amar cuando sĂłlo les interesaba tener mi cuerpo.
Pero en el fondo, deseaba que Trey fuera diferente, con en él todo era diferente. Esto de alguna u otra manera dolió. Pensé que él también se encontraba enamorado.
Pensé qué no era sólo yo quién involucraba el corazón.
—Pensé que... —murmuré decepcionada, con voz quebradiza.
—¿Qué estaba enamorado? —se pregunta, confundido—, no creo en eso.
Me soltó, dejándome cuidadosamente de pie nuevamente. No solo toqué el suelo sino también la realidad.
Él jamás se enamorarĂa de mĂ. No se enamorarĂa de nadie.
—No vuelvas a decirme que podrĂas enamorarte de mà —mi voz es baja, estoy enojada y muy triste, mis ojos se humedecen para los suyos—, no lo digas, porque podrĂa pensar que en verdad lo quieres asĂ, pensĂ© que en verdad me querĂas.
—Te quiero. —corrige, acercándose, me hago a un lado.
—No vuelvas a besarme con un corazón lleno de dudas, Trey.
—No son dudas, yo…
—No me tendrás a tus pies —le aclaro, cabreada, no quiero oĂrlo, ya no—, y mucho menos serĂ© tu novia.
Él querĂa mi piel.
Yo estar en su corazĂłn.
La ecuaciĂłn perfecta para un corazĂłn roto.
—Siempre consigo lo que quiero, Mia.
Eso lo sabĂa, pero ÂżY lo quĂ© quiero? Mis planes y metas no iban a ser marginados por nadie.
Yo tenĂa un futuro y aunque lo quisiera en Ă©l, no le permitirĂa ser algo efĂmero, si Ă©l iba a estar debĂa ser permanente.
No buscaba algo pasajero con Ă©l, todo lo contrario, su amor era algo que querĂa eternizar.
En este mundo donde cada cosa dura menos, y la inestabilidad está de moda; yo necesitaba a alguien qué construyera una vida conmigo.
—Siempre hay una primera vez para equivocarse.
La reciente herida en mi corazĂłn empezĂł a sangrar por mis ojos, voy por mi bolso, huĂa de Ă©l.
—No quiero lastimarte. —trató de acercarse.
Lo aparte indiferente.
—Ya lo hiciste.
Y muy fuerte.
Se queda mirándome, no dice nada, paso por su lado, me sujeta del brazo suavemente, tiro de mi brazo muy enojada.
—No me toques. —zanjo cruzando de brazos.
—Dame tiempo…
—LlĂ©vame a casa. —pedĂ frĂamente saliendo de la cancha, ignorándolo.
—ColibrĂ. —siguiĂł llamándome, lo ignorĂ© y seguĂ caminando.
Steven tenĂa razĂłn. Trey nunca me tomará en serio.
Abriendo la puerta de su Lamborghini, me coloqué mis auriculares para no escucharlo y me contuve de mirarle.
Al final, cumpliĂł con lo que me dijo “Voy a demostrarte que no soy como piensas”. Definitivamente, Ă©l no era como yo creĂa. Era peor.
Trey no hablĂł ni trato conmigo en todo el camino de regreso.
Con mis pies en el suelo de mi departamento, me dirigĂ a mi recámara. Encerrarme en ella era una opciĂłn que escogerĂa.
Cerrando la puerta tras de mĂ, sentĂ que iba a explotar, mi pecho reventarĂa de un momento a otro. Mis ojos se volvĂan más pesados, más lĂquidos y mi mente no dejaba de repetirme lo sucedido. PensĂ© en ducharme, un baño seguro lograrĂa calmarme. PasĂ© seguro antes de dirigirme al baño.
Ya relajada y con menos caos internos. Me senté en mi cama.
Y me sentĂ sola.
Necesité un abrazo. Un abrazo de papá.
Busqué mi teléfono decidida a llamarlo.
—Mi niña —me consintió su tono adorable—, ¿Cómo te fue en el trabajo?
MantenĂa a papá al tanto de todo. Mi trabajo fue la causa por la que no pude visitarlos, pero dentro de unas semanas pedirĂa permiso para hacerlo. DebĂa ver a mi hermana. Verlos a todos.
—Fue genial. Soy una excelente asistente —alardeé—. ¿Y mi hermana?
—Está muy bien, hoy fue su primera ecografĂa. Estaba tan pequeñito, Mi niña. Y sus latidos fueron el sonido más hermoso que he escuchado. —contĂł con satisfacciĂłn.
—Ojalá hubiera estado allà —soné melancólica—, cuando los visite la obligare a ir conmigo. Quiero ver y escuchar a mi sobrino o sobrina…Los extraño una infinidad.
—Nosotros igual, extrañamos tus carteles brillantes, mi niña.
—Voy a intentar ir cuando pueda —confirmé—. Más les vale no haberse metido con mis murales artĂsticos. —bromee con mis garabatos en las paredes.
—Eso aquà es visto como ilegal. —bromeó también.
—Te amo.
—No más que nosotros. Tengo que colgar. Nancy necesita ayuda con la cena.
Lo oĂ apresurado y pude escuchar a mi nana pedir su ayuda. ReĂ porque no era muy amable la manera en la que lo hacĂa.
—Dales mis saludos a todos. Los veré pronto.
—Claro que sĂ, mi niña. Me llamas mañana. —colgĂł.
MirĂ© mi celular y naveguĂ© un rato para distraerme. Al rato de unos segundos escuchĂ© que movieron la perilla de la puerta, era el Tarado. Obvio que no entrĂł, todavĂa seguĂa con seguro y la verdad es que no se lo quitarĂa. No querĂa verlo. Vi su sombra debajo de ella, suspirĂł y dio tres toques suaves. No obtuvo respuesta.
—ColibrĂ, hice de cenar. —sonĂł pasivo e incluso paciente.
Ignorado.
—Por favor, abre la puerta. —rogó con voz apagada.
No me importĂł.
—Quiero arreglar las cosas.
—Muy tarde, Trey. —dije cortante.
—Por favor.
—No.
—Bien. Cenaré solo.
SĂ© lo que querĂa lograr. QuerĂa hacerme sentir culpable de su tristeza y causar lástima. No lo lograrĂa.
—Buen provecho.
Y su sombra desapareciĂł por el pasillo. Se fue.
SeguĂ jugando en mi telĂ©fono Criminal Case, no era muy buena en criminologĂa, pero me entretenĂa buscando pistas e interrogado a los sospechosos. Iba muy lejos en cuanto a niveles cuando la puerta volviĂł a sonar.
—Te guarde tu cena, por si quieres comer —susurró—. ColibrĂ, de verdad, quiero solucionar las cosas. SĂ, soy un idiota, no pensĂ© que te importara tanto mis sentimientos, lo siento.
No digo nada.
—No podré dormir sabiendo que estás enojada conmigo.
Me quedé en silencio pensando en que hacer, mejor esperar a que se vaya.
—No podrĂa. —repitiĂł.
—Gracias por lo de la cena —agradecĂ—, y puedes irte a dormir tranquilo no estoy enojada contigo.
Cosa que era mitad cierta y mitad mentira.
—¿No lo estás?
—SĂłlo estoy desilusionada, tus sentimientos son importantes para mĂ, eso es todo —fui sincera—. Buenas noches.
TranscurriĂł unos segundos interminables antes de oĂrlo decir:
—Lo siento —se lamentó—. Buenas noches.
Miré de reojo la puerta sintiendo una leve tristeza.
AquĂ volvĂamos al reglamento:
Regla numero 2: Intentar ser inmune a los encantos de Trey.
ÂżExistirĂa una vacuna para eso?
AsĂ, con mis evitaciones y comportamiento distante tratĂ© a Trey durante dos largos e incĂłmodos dĂas.
No les mentirĂ©, empezaba a sentirme cruel con respecto a eso, pero Trey mejorĂł su comportamiento, no decĂa piropos pervertidos, estaba más atento a mĂ, usaba más las desconocidas palabras “por favor” cuando pedĂa algo, comenzĂł a cambiar.
Hemos asistido al grupo de apoyo, de mi parte sĂłlo hubo escasa e insignificante informaciĂłn recolectada. TenĂa al peor compañero de proyecto. Don enigmas seudĂłnimo Trey. Éste ni siquiera tenĂa un cuaderno. Ni un lápiz. Ni InformaciĂłn. Nada.
Trey seguĂa siendo el mismo que conocĂ ese dĂa. Un atractivo chico con un misterioso pasado. Del cuál sabĂa cada vez menos.
La barrera que Ă©l construyĂł con sus palabras me impedĂa acercarme. No querĂa terminar mal. No querĂa que ninguno de los dos saliera herido de lo que sea lo nuestro.
Faltaban pocos dĂas para terminar mi sentencia. Hasta entonces serĂ© su novia. Sin involucrar mucho mis sentimientos.
—¿Quieres café? —sugirió Trey.
Negué.
—¿Jugo?
VolvĂ a negar.
—Ya sĂ©, quieres el batido vitamĂnico.
Mi cara se exprimiĂł del asco memorando el vĂłmito licuado.
—No tomaré ese veneno mal disfrazado.
—¿Una malteada?
Tanta insistencia me dio migraña.
Todas las mañanas era lo mismo:
Levantarme a desayunar y encontrar un bufe de cinco platos preparador por Ă©l con el propĂłsito de consentirme. Sin embargo, mi lado rencoroso me decĂa que lo hacĂa para enmendar su error, o por lo menos arreglar las cosas.
Cualquier chica estarĂa feliz al lado de este chico. Una mitad de mĂ lo estaba. La otra ya no sabĂa que sentir.
—No quiero nada.
—Yo te quiero a ti.
—No me quieres, sólo me deseas. —increpé.
—En partes iguales.
Yo reĂ por lo bajo. Mi mano dibujaba la silueta femenina de mi siguiente boceto. No dije nada, era mejor estar en silencio. ObtenĂa más concentraciĂłn.
—Me gustas, ColibrĂ. —lo mirĂ© de reojo.
Sus labios articularon con Ă©nfasis la Ăşltima lĂnea, los observĂ© con devociĂłn. Labios dulces y frescos. El recuerdo de nuestro beso en la cancha se reproducĂa una y otra vez, aturdiendo mis sentidos. Mi boca de pronto se sintiĂł seca. SacudĂ mi cabeza intentando deshacer ese pensamiento dentro de ella.
La verdad. La difĂcil e innegable verdad, era esta: me gustaba Trey. Me era irresistible no desear besarlo de nuevo.
—¿Cómo estás tan seguro de eso? —pregunté volviendo mi vista al bosquejo.
TenĂa en mente un vestido muy largo. De gala muy extravagante y elegante.
—Tal vez sea un idiota, pero tengo un corazón muy terco que no para de decirme que eres tú lo que quiere. —miró directo a mis ojos.
Claro, si tenĂa el corazĂłn en la entrepierna, obviamente soy yo lo que quiere.
—Claro. —seguà en mi bosquejo.
—Tú me llenas de color.
—Tú no sabes de colores.
—Claro que sĂ.
AsentĂ poco interesada.
—Tus sonrisas me mostraron el amarrillo, tus labios son el rojo del que tanto hablan, el azul fue tu voz, tu risa es el morado, tu cara enojada me llena de verde, tus sueños me pintaron de Ăndigo y el Ăşnico naranja que conozco es el de tu mirada.
Yo paré de mover mi lápiz para observarlo, sus ojos estaban inmersos en sinceridad.
—Mis ojos no son naranja.
SonriĂł.
—Claro que sĂ, tus ojos son del tono de marrĂłn más hermoso que haya visto —se acercó—, son del tono de la persona que me gustas.
Sus palabras hacĂan eco en mis oĂdos. Mi mente solo procesaba a cero voltios la informaciĂłn.
Le gustaba.
—TĂş tambiĂ©n me… —saboreĂ© la confesiĂłn en mi lengua, me supo amarga—. OlvĂdalo.
Tragué la verdad con mis mejillas prendidas.
—No hace falta que lo digas —indica, sonriente—. Sé que te gusto.
Negué.
—No tienes pruebas.
—Tus mejillas son un buen testigo —arguya, sabiendo que gana—. Sentencia.
BajĂ© mi rostro volviendo a mi boceto. No podrĂa en evidencia la pena y vergĂĽenza en mis tomates, es decir, mejillas.
—SĂ© amable. —pedĂ, diseñando es escote del vestido.
—Tengamos un viaje en globo.
Mi vista volviĂł a Ă©l al oĂr globo.
Desde muy niña he querido ir a uno. Saber que se siente estar arriba de las nubes y más cerca del sol. Sonreà involuntariamente.
TenĂa que aceptar.
—Hecho.
Mi boceto cobraba vida mediante cada marcada del lápiz.
—¿Cómo supiste que lo tuyo es la moda? —inquirió Trey con su vista en mi bosquejo.
Fácil.
—La respuesta es una larga historia.
—Quiero oĂrla.
—Mi papá era, bueno sigue siendo un el lĂder de un grupo de rock. Mi hermana y yo crecimos en ese entorno musical, nos solĂamos vestir como minis estrellas de rock —reĂ al recordar mi pomposo cabello—. Era un desastre con la ropa. Sin embargo, el primer dĂa de escuela, ningĂşn niño querĂa acercarse a nosotras. Nos llamaban las raras, las locas... y tambiĂ©n desquiciadas.
—No te rĂas de eso.
SĂ supiera que no me reĂa de los apodos sino de los calzones chinos que les hacĂa por apodarme asĂ.
—Vale —continué—. Pasamos el primer año escolar sin amigos ni nada. Me harté de eso y empecé customizar mi ropa. Las cosas cambiaron desde que mis prendas eran la envidia de todas las niñas. Para mà la ropa no es solo tela unida con hilos. La ropa siempre ha sido mi armadura. Un escudo protector. Cuando las personas te ven, no les importa tu forma de ser o tus sentimientos. Primero juzgan por la mirada y luego con el corazón.
—Tienes buen gusto y gran potencial para llegar muy lejos —sonrĂe—. Yo creo en ti.
—¿Trey Lifford creyendo en algo?
—Desde que te conocĂ he comenzado a creer en muchas cosas, ColibrĂ.
—Me desconcentras. —dije, seleccionando el color para el vestido.
—Vendrás a mi partido está noche ¿verdad?
Oh. Hoy era miércoles.
—Tengo que crear unos documentos que me pidió Gigi. —me excuse.
Me arrepentĂ de haberlo hecho, vi su rostro entristecerse.
—Quiero verte allĂ, ColibrĂ.
Se removió en su asiento, quizá ideando como convencerme.
—Si quieres después del partido yo mismo te ayudaré con esos documentos —propuso.
—¿Qué más?
PensĂł.
—Ir de compras con mi tarjeta.
Carcajee, buena oferta, como rechazarla. Él se ha esmerado en solucionar su idiotez, ha estado aquĂ para mĂ, incluso cuando no le pedĂ ayuda Ă©l me la daba. MerecĂa que fuera, solo por eso irĂa. Solo porque no se rindiĂł en arreglar las cosas.
—Está bien.
SonrĂe de nuevo.
—No te arrepentirás.
Desee lo mismo.
—Pasado mañana viajare —dije recordando el hecho—. Visitaré a mi familia.
Le habĂa insistido mucho a Gigi que accediĂł a darme una semana libre. No obstante, tendrĂ© que revisar correos electrĂłnicos para seguir trabajando a la distancia.
SĂłlo por una semana.
—¿Por cuánto tiempo?
—Una semana.
—Es mucho tiempo. —musito sin intentar ocultar su desacuerdo.
—Estaré aquà antes del próximo viernes. —consolé.
—Te voy a extrañar, ColibrĂ.
—Mejor nos arreglamos para tu partido. —sugerà caminando hacia mi cueva. El suelo retumbo tras mis pasos descalzos.
—Te queda media hora para alistarte.
—Genial. —respondĂ, yendo a la puerta.
—ColibrĂ.
GirĂ© para verlo, tenĂa una mano en su bolsillo izquierdo a lo que la otra rascaba su nuca.
—¿Todo bien? —soltó nervioso.
MordĂ mi labio inferior ya que siempre se preocupaba por estar bien conmigo.
SonreĂ. SĂ, las cosas podĂan estar mejorando.
—Siempre. —respondà cerrando la puerta.
Una canciĂłn de mi biblioteca comenzĂł a reproducirse en mis oĂdos, traĂa puesto los auriculares de Trey. Los tomĂ© prestado, sin avisar.
Baile desplazándome por la habitación, con giros y movimientos de cadera me acerqué a mi armario. Lo abrà como si dentro hubiera el camino al cielo.
PasĂ© mi mirada crĂtica por cada prenda dentro de Ă©l. Le di una oportunidad a un short de jeans oscuro y una camiseta blanca con un logo deforme y cero interesante.
Dando saltitos me dirigà al baño.
Me aseĂ© y relajĂ© en la ducha, excepto por mi cerebro. EstĂ© Ăşnicamente pensaba en lo que habĂa confesado Rey Ricura.
Me gustas, ColibrĂ.
—Le gusto. —mordà mi labio inferior evitando que mi grito de felicidad no escapara de mi boca.