El partido estuvo reñido y muy bueno en sus dos primeras fases, más en la Ăşltima no preste tanta atenciĂłn, mi mente solo me repetĂa que no me enojara con Trey, sĂ© que ganĂł The Dragons por el tablero.
Justo ahora caminaba con las chicas a la salida.
—¿Van a ir mañana a la fiesta en la cabaña? —preguntó de pronto la pelirroja.
—Tal vez —admite Tania— sĂłlo si va mi palomita de maĂz.
Nadie ignorĂł sus suspiros de enamorada.
Mi confusiĂłn fue muy grandiosa.
—¿Tu palomita de maĂz?
—Ya sabes el amor de su vida. —indicó Ashley.
—Ah. —EntendĂ.
Ya estábamos afuera del estadio.
—¡ColibrĂ! —gritĂł el Ăşltimo chico que querĂa ver.
Las chicas siguieron, yo también.
—ColibrĂ. —Se interpuso frenándonos el paso.
—¿Qué quieres, Trey? —espete molesta.
—Por qué estás enojada. —dijo viéndome como si fuera un crucigrama.
No, a mĂ no me miras asĂ, no estoy loca.
—Por tu culpa. —me crucé de brazos.
—Déjenos a solas —pidió a las chicas y las vi adelantarse para darnos privacidad—. Lo sé, pero no pude evitar mirarte de más, lo intenté, en verdad lo hice.
Se detiene cuando se percata de mis ojos fulminantes, sabe que no es eso, se lo piensa, revisa que pudo haber hecho, no da con nada, cruza sus brazos y se inclina hasta quedar a mi altura. Asiente comprendiendo.
—¿Qué hice?
—Siento que no te conozco, Trey.
—Dime que quieres saber y te lo diré.
Giro mis orbes, esquivándolo.
—En casa. —dicto, entrando a su auto.
Mi miraba pesaba y quemaba a su paso.
—Después de esta noche me conocerás como la palma de tu mano. —entrelazó de nuevo nuestras manos.
ÂżCĂłmo le hacĂa para calmar mi enojo?
Su pulgar comenzĂł a trazar cĂrculos en mi pequeña palma.
Su tacto era protector y cariñoso. Sus cĂrculos en mi palma lograban disminuir mi nivel de ira.
—No te enojes —susurró—. No me gusta que te distancies de mĂ, ColibrĂ.
Libero mi mano, cruzo brazos. Él se acerca a punto que olfatea mi cuello, me alejo más, se acerca más y rĂe.
—Quieres alejarte. —le aconsejo, encarándolo. Mala idea, su cara roza la mĂa.
—De ti no puedo.
Su aliento acaricia mis labios, sé que me besará, giro la cabeza, removiéndome en mi puesto.
—Solo vamos a casa. —mando, nerviosa.
RĂe de mi estado, estoy roja, quiero morir, tomo mi mano, besĂł mis nudillos antes de encender el motor y ponernos en marcha.
—¿Entonces? —preguntó Trey al cerrar la puerta del departamento.
Se percibĂa ansioso.
—Vayamos a mi recámara —invité, buscando una caja de cereales azucarados para alimentar mis nervios— ¿Quieres?
—No. —negó mis cereales.
—SĂgueme —guĂe hasta mi cueva—, siĂ©ntate.
Ya sentado en la cama. Comencé a dar vueltas.
—¿Cómo es tu familia?
No sabĂa nada de su nĂşcleo familiar. Bueno, sĂłlo de su hermana. Tania.
—Mi madre es contadora, una muy estricta y controladora, pero es buena madre. Mi padre es uno de los abogados más reconocidos del paĂs, todos sus casos son estimados por muchos. Es un padre ejemplar, muy humilde —mirĂł hacia la ventana de mi habitaciĂłn—. Son grandes personas. Y mi Ăşnica hermana es Tania. A ella ya la conoces —me miró—. ÂżY la tuya?
Por fin sabĂa algo. Me sentĂ© junto a Ă©l saboreando las hojuelas de colores.
—Como te dije mi padre es un cantante de rock legendario y mi nana es la mejor madre que pude tener. Papa no tiene mucha paciencia para criar, necesitábamos a gritos que ella llegara a nuestras vidas. Tengo una hermana loca, rebelde e inteligente, ella es la de los diez en la familia. Y luego estoy yo, un desastre con vida —estaba muy atento a mis palabras—. ¿Seguro que no quieres? —me referà a los cereales.
Está vez asintió y cogió con sus manos un puño de hojuelas.
—¿Los extrañas?
—Mucho —afirmé—, no es fácil adaptarse a un lugar en donde no están las personas que quieres, o a las que estás acostumbrado de ver a diario. ¿Cómo fue tu infancia junto a Tania?
De sólo imaginar a la pequeña armando un berrinche únicamente para fastidiarlo.
Él se recostĂł y se acurruco cerca de mĂ, con cara de tener un secreto.
—Una noche les pinte el cabello a todas sus muñecas de color verde; me costó mucho dar con ese color. Tania odia el verde —carcajeó—, cuando despertó gritó “MOCOOO”.
Estallamos a carcajadas.
—Nunca supieron que fui yo.
—¿Qué cruel eras de niño?
—¿Cruel? Âżyo? —ofendido dijo—. Tania se lo merecĂa. HabĂa recortado mis cĂłmics, eso es imperdonable.
Cambio su cara resentida a curiosa.
—¿Alguna travesura, Colibr�
—Bueno… Una vez prendà en fuego el cabello de la vecina. —pronuncié rápidamente.
Trey puso los ojos como platos.
—¿Prender en fuego? —reiteró perplejo.
—Fue un accidente intencional. —abogué por mi inocencia.
—Pero por qué achicharrar el cabello a tu vecina. —sacó otro puño de hojuelas.
—HabĂa matado a mi hámster. Era mu obligaciĂłn hacerle justicia. Su muerte no quedarĂa impune —recordĂ© a Rolly—. Además, odio el maltrato animal.
Era otro motivo en mi defensa.
Las hojuelas sabĂan sublimes.
—En ese caso, bien hecho.
—TenĂas que ver su cabello despuĂ©s del incendio —carcajeé—, tuvo que rasurarse. Le dediquĂ© todos los poemas sobre calvos que me sabĂa durante tres semanas, hasta que se comprĂł una peluca.
—Eras muy traviesa y rebelde.
—Papá era peor. —encogà mis hombros. Ese era mi consuelo.
—¿CĂłmo se llamaba la vĂctima de tu vecina?
—Rolly. Que en paz descanse. —cerré mis ojos nostálgica.
—¿Rolly? —oà su risa—, pobre hámster, tal vez tu vecina lo salvo de tus ocurrencias.
—Hey —le golpee el brazo—, yo lo cuide muy bien, apuesto que tú ni siquiera tuviste una mascota.
—Hubo un pez, lo llamé Serpentino.
ÂżSerpentino?
ÂżLo decĂa a chiste?
—Ahora pensándolo bien, Rolly fue afortunado con su nombre. No puedo decir lo mismo de tú pobre pez.
—TenĂa cuatro y era un pez raro, parecĂa serpentina. Por eso le puse asà —explicó—. Por quĂ© Rolly.
—Era tan gordito y redondito… Justo como un rollo. De ahà Rolly. Cuando murió fue donde entendà el ciclo de la vida.
—Yo con mi abuelo. —se entristeció.
—Mi abuelo te adorara.
Él me miro intrigado y confuso por mi confesión.
—¿Por qué?
—Él ama a los abogados, siempre nos quiso casar con uno.
—Ya quiero conocerlo. —sonrió.
ReĂ.
—Oh, dirá algo asà —carraspeé para imitarlo—. Mi Mia, vaya comprando su vestido de novia. Él es el elegido. Ya me lo ha dicho en dos ocasiones.
—Dos… ¿Le has presentado a dos chicos? —su entrecejo se tensó.
Yo negué, riéndome de su expresión.
—HabĂa conocido un par de hijos de un amigo suyo. Eran abogados. Es como si fuera un requisito para comprometerse con algunas de sus nietas. Está muy loco.
Negué lentamente con la cabeza.
—Nunca antes me he sentido tan feliz de estudiar derecho. —estiró su sonrisa.
—No te emociones. La que decide al final soy yo —recalque—. ¿De verdad, amas esa carrera?
Yo aseguraba que le gustaba mucho el básquet.
Trey naciĂł para jugar.
—Sà —afirmó pensativo—. Faltan unos meses para mi graduación, hasta entonces no podré presentarme con tu abuelo.
Me recosté a su lado.
—Quizá puedas sobornar a mi abuelo con tu tĂtulo, pero papá es difĂcil de convencer. No le agrada casi nada. Todo tiene defectos y nadie es lo suficientemente bueno para Ă©l.
—Hare lo que me pida sólo para que me acepté.
Lo observĂ©, se le veĂa decidido y con mucha determinaciĂłn.
—Solo sé tú mismo —aconseje—. Papá detesta las falsas apariencias. Si eres transparente y sabes de rock, te considerará como un buen modelo para mi futuro esposo.
—¿Y qué hago para que tú me consideres como uno?
Me centre en su mirada.
El mar en ellos estaba embravecido, cada ola dentro de sus ojos golpeaba las orillas de los mĂos.
—Confiar en mà —solté con simplicidad—. ¿Cuáles son tus sueños?
Eso me daba curiosidad.
—En cuanto al deporte, quiero llegar a ser parte de Los Bulls —dijo con entusiasmo—, y en lo personal, quitar la palabra futuro en mi contacto en tu celular.
RecordĂ© como se habĂa registrado Ă©l mismo. Futuro Esposo♡.
—Soy una chica difĂcil y exigente, Trey, creo que te será más fácil formar parte de Los Bull.
—Valdrá la pena cada esfuerzo sólo para escucharte llamarme Esposo. —comentó ilusionado.
—Vamos muy rápido, Trey, apenas llevamos semanas de novios y ya hablas de casarnos —resoplé—. Soy muy joven para comprometerme.
—Tranquila, te espero. —espetó suavemente.
Todos los chicos que me han gustado se rendĂan tarde o temprano en conquistarme… Soy una chica muy compleja, pero creĂa que esa cualidad me harĂa más fácil las cosas. Creo firmemente que el chico indicado para mĂ destrozarĂa todas mis barreras sin importarle cuánto tiempo o esfuerzo le cueste y lo hará sĂłlo porque me ama.
—Prometes nunca rendirte en enamorarme. —le miré de reojo.
DeseĂ© con todas mis fuerzas que nunca desistiera en conquistarme. No querĂa incluirlo en el grupo de chicos que no lucharon por quedarse en mi corazĂłn.
—Prometo amarte y cuidarte hasta ya no respirar.
Anhelo verdadero brillĂł en sus ojos.
—Incluso si me voy…
—Te perseguirĂa hasta el final. —completĂł sonriente.
SonreĂ sintiendo mis latidos de euforia y las hormigas en la panza.
—¿Desde cuando eres daltónico?
Él relajó sus hombros.
—Desde pequeño.
—Nunca has visto los colores. —reflexioné.
NegĂł.
—Sólo veo sus tonalidades más tenues y opacas.
Debe ser muy triste vivir en un lugar asĂ.
—No puedes ver los colores. —susurré delatando mis pensamientos.
—No, pero te veo a ti.
SonreĂa tanto al terminar de decirme eso que yo sonreĂ con Ă©l.
—¿Por qué tuviste en depresión?
Era otra incĂłgnita en la fĂłrmula.
—Es una larga historia.
—¿Estas listo para contármela?... Si no lo estás… Lo entiendo… Pero ÂżAlgĂşn dĂa lograre oĂrla?
—Es un tema muy delicado y profundo para mĂ, ColibrĂ. —admitiĂł con voz rota.
Vi sus ojos cristalizados.
Lo que le habĂa pasado dejĂł una gran herida en Ă©l. Una herida que sangraba y dolĂa. Su rostro se marchito de tristeza que se convirtiĂł en sufrimiento. DolĂa verlo asĂ. Tan vulnerable. Tan sĂłlo.
Por pequeños instantes no supe que hacer… sentà la necesidad de consolarlo.
He hice lo primero que pasĂł por mi mente. Abrazarlo.
Lo rodeé con mis delgaduchos brazos y apoyé mi cabeza en su pecho. Bajo mi cabeza sentà su cuerpo helarse y tensarse.
—Si te incomoda puedo moverme. —susurré alejando mis brazos.
—No, quĂ©date cerca de mĂ. —dijo audiblemente para acariciar mi cabello.
Cerré los ojos relajándome con cada roce de sus dedos haciendo caminos en mi pelaje.
Desde donde estaba pude oĂr perfectamente el sonido más hermoso. Sus latidos. De repente esa melodĂa se volviĂł en mi canciĂłn favorita y todos los temas de amor que habĂa escuchado antes cobraron sentido.
Sus latidos marcaban un compás rĂtmico y vivaz, cada latido se sentĂa como un paso más cerca de Ă©l.
Su corazĂłn podrĂa ser igual a todos los demás, quizá un poco deforme, tal vez más grande y a lo mejor con cicatrices sin haber estado en un quirĂłfano. Lo que lo hacĂa Ăşnico era mi anhelo desesperado de estar en Ă©l.
La verdad, querĂa ser el corazĂłn que Ă©l buscaba.
Al final, me dormĂ oyendo las vibras de dos corazones lastimados dispuestos a curarse mutuamente.
♡♡♡
Unas cosquillas en mi cuello me sacaron unas cuantas risitas.
—Déjame dormir.
Mis quejas fueron ignoradas y mal recibidas ya que las cosquillas aumentaron extendiéndose por mi cintura.
—¡Ya déjame! —grité malhumorada.
Carcajeé cuando las sentà cosquillas mi barriga.
—Ja, ja, ja… Ya. Ja, ja. Déjame. —rogué entre risas.
—No hasta que te levantes. —ordenĂł un maligno y perverso sobre mĂ. Trey.
—Dame una buena razĂłn para hacerlo —exigĂ apuntándolo con mi Ăndice—, y no cuentan la paz mundial ni la guerra nuclear.
—Porque hoy tendrás una cita conmigo —volviĂł a mi cuello—, hoy es mi Ăşltimo dĂa contigo. Quiero usarlo con sabidurĂa.
—Trey, tendrás mil cualidades y te juro que ninguna es la sabidurĂa —me senté—. Pero tienes razĂłn, hoy es mi Ăşltimo dĂa como tu novia.
RecordĂ© que al regresar del viaje ya no lo serĂa.
—Levántate y alĂstate… Te sorprenderĂ© tanto que desearás ser mi novia por otro mes.
La idea no era tan mala.
—Bien, pero salte de mi cuarto.
—Palabras mágicas.
PodrĂa haber dicho me gustas, pero optĂ© por algo mejor. Un beso.
Si iba a ser el Ăşltimo dĂa, yo tambiĂ©n lo usarĂa con sabidurĂa.
Lo atraje a mi desde los cordones de su buzo azul.
Al principio quedĂł paralizado ante mi repentina demostraciĂłn de afecto.
Sus labios eran exquisitos. Ya me era irresistible no probarlos.
Fui un beso corto en experiencia y fascinante en sensaciones.
—Si asĂ serán los buenos dĂas me tientas a pedirte las buenas noches. —acariciĂł con su pulgar mi hinchado labio inferior.
—Sal de aquĂ, pervertido. —le eche ruborizada.
—Me darás otro si lo hago.
—Tal vez. —encogà de hombros.
—Eres la mejor novia que he tenido.
No podrĂa definir lo que pasĂł a mis adentros cuando lo pillĂ© mirándome con devociĂłn, tal vez mi sonrojĂ© más.
En el fondo; en las reservas de cosas desconocidas en mi interior; necesitaba a alguien me mirara como Ă©l. Cada vez que me veĂa de esa forma, me hacĂa sentir valiosa. Como si fuera la recompensa al final del arcoĂris.
—Voy a preparar el desayuno. —avisó.
—Quiero ser tu ayudante. —vociferé caminado hacia el baño.
—¿Qué quieres para desayunar?
—Qué tal unos cupcakes. —sugerà entusiasmada imaginándolos.
—Iré organizando los ingredientes.
Ya luego de salir del baño y de arreglar mi cuarto, me dirigà a la cocina.
Huevos, leche, harina, cacao, azúcar y maquilla estaban en recipientes diferentes. Até mi cabello en una cebolla desordenada y me puse el delantal.
Lista para cocinar.
—¿Por dónde empezamos?
—Con los ingredientes secos —manifestó como todo un chef, vaciando la harina, la azúcar y el cacao en el bol más grande—. Bátela.
Cogà el bol con una cuchara y mezclé integrando entre giros.
—Ahora los lĂquidos. —expresĂł en voz alta, mirándome de reojo.
VertiĂł la leche, los huevos y mantequilla ya derretida.
—Ve agregando los secos poco a poco.
Fui de cucharada en cuchara hasta que la contextura de la mezcla se volviĂł espesa y densa.
Trey habĂa engrasado los moldes para cupcakes con mantequilla.
—Esto evitará que se adhieran.
Oh.
—Pero a ti no te gusta el chocolate, ¿Qué comerás?
—Tal vez, el chocolate no sepa tan mal. —dijo vertiendo la mezcla en cada molde.
—Yo enciendo el honor. —opiné noblemente.
—Ten mucho cuidado.
Miré el horno como si fuera un asesino serial.
—Sabes, mejor hazlo tĂş. —me acobarde. Él rĂe.
Me aparte para que Ă©l encendiera el horno. Deben de saber que Rey Ricura era el chef más sexy y ardiente de todo el edificio. No. De todo el mundo, o por lo menos en el mĂo asĂ era.
—Rellenémoslos con Nutella. —propuse, buscando la crema en la alacena.
Teniendo el frasco en mis manos la boca se me hizo agua de sĂłlo pensar cĂłmo sabrĂa los cupcakes con Nutella. AbrĂ el envase con ansias de llevarme un bocado de esa deliciosa crema a mis papilas gustativas. Justo cuando mi dedo Ăndice estaba por rozar mi boca, mis ojos dieron con unos diamantes de aguamarina. SonreĂ sabiendo que era su centro de atenciĂłn.
—¿Qué tanto te gusta el chocolate? —acortaba la distancia entre nosotros.
—Demasiado, es mi dulce favorito. Claro, después de las gomitas. —hablé muy cerca de su preciosa carita.
—Eso habrá que comprobarlo —llevĂł su Ăndice lleno de la crema a sus irresistibles labios.
—¿Te gusta? —inquirĂ viendo como relamĂa su apetitoso labio inferior.
Por inercia, me relamĂ los mĂos, como si con eso pudiera saborearlos. QuerĂa probarlos.
—No es la gran cosa —restĂł importancia—, quizá sabrĂa mejor… —hundiĂł su Ăndice depositando la crema en mi arco de cupido— … en tus labios.
Desde luego, sus labios volvieron a los mĂos. Besos con sabor a chocolate con avellanas. Lo mejor de lo mejor.
Al adentrar su lengua sentĂ una gran explosiĂłn dentro de mi boca. Una explosiĂłn de emociones y sabores. Dulce, suave, cálido y delicioso. El aire dejĂł de ser esencial para vivir. PreferĂa respirar de esos labios encantadores.
Con su mano izquierda atrayĂ©ndome con fuerza hacia Ă©l, la derecha fue jugando traviesamente con la crema, esparciendo Nutella en mi clavĂcula y cuello. Al dejar mis labios su tibia respiraciĂłn calentĂł mi boca y fue dejando un camino de besos saboreando cada vez más el chocolate sobre mi piel. Se sentĂa tan relajante y debilitante. Yo me derretĂa en su boca y me disolvĂa en su lengua.
Dudo que él chocolate tenga sabor después de este beso. Los labios de Trey encabezaron mi lista de dulces favoritos.
—Creo que me gusta más saborearte a ti. —murmurĂł lamiendo mi clavĂcula.
Que bien se sentĂa.
—Trey. —jadeé, dejando caer mi cabeza.
—Quiero lamer cada parte de tu cuerpo —susurrĂł con voz sensualmente ronca, bajando su mano hacia mis caderas mordisqueado juguetonamente mi cuello—, saborear centĂmetro a centĂmetro toda tu piel.
ÂżAlguien podrĂa decirle que parara?
Chispas, me iba a enloquecer si seguĂa.