Rabia. Eso corrĂa por mis venas.
Los rayos del sol me abofetearon para despertarme.
CreĂ que todo lo ocurrido habĂa sido una pesadilla.
Desafortunadamente no era asĂ.
Trey aĂşn dormĂa como oso en hibernaciĂłn. Lo movĂ varias veces sin Ă©xito alguno en despertarlo. EsperĂ© a que Ă©l bello durmiente rompiera el hechizo del sueño.
Mientras me dolĂa el cuello, las piernas y mi estomago rugĂa en busca de comida. Quizá querĂa informarme de que era hora del desayuno.
Trey bostezo y estiró su rico cuerpo. Tallo sus ojos para abrirlos y mirarme. Te odio. Pensé.
Me cruce de brazos.
—Buenos dĂas. —tentĂł mi furia.
—Vamos a casa. —ordené firme.
—¿Vas a cumplir tu sentencia?
Como querĂa golpearlo ahora mismo.
—No seré tu novia.
—No nos moveremos de aquà hasta que lo seas.
Existen los ejercicios de álgebra y él.
Basta, no soy amor, ni respiro amor, y mucho menos lo doy.
—¡Chispas! —exhalé con desespero— ¡Está bien! enciende el auto. AHORA.
PrendiĂł su Lamborghini para transitar el camino.
—Siempre consigo lo que quiero. —citó su lema de vida.
—Simpri cinsigi li qieri. —le mofé.
—Necesitas desayunar.
—Que inteligente amaneciste hoy. —contesté sarcástica.
Milagrosamente y para el bien de la humanidad, el camino se hizo corto. Al llegar al departamento me encerré en mi habitación para buscar algo de paz en algún cajón.
Me lancé en mi cama con la idea de que esta me tragase.
Cerré mis ojos dejando fluir mis pensamientos.
TREY LIFFORD
Afortunado.
AsĂ me sentĂ cuando Mia aceptĂł ser mi novia.
Mi novia. Me repetà varias veces para creérmelo.
Era consciente de que sĂłlo lo serĂa por un mes.
Pero serán los mejores treinta dĂas de mi vida.
Mia, es decir. Mi novia. Se habĂa ido a su habitaciĂłn y como deseaba ser su cama en este momento.
Fui a preparar nuestros desayunos. Sin embargo, lo Ăşnico que estaba disponible en el refrigerador era un frasco de Nutella y unas gomitas. ÂżEnserio esa era su comida? No iba a permitirlo. DebĂa comer bien mientras yo estĂ© aquĂ. TomĂ© las gomitas para salir del edificio rumbo al supermercado.
Al pisar el aula de cereales, me pregunté cuál era su favorito.
¿Cuál le gustará?
Indeciso los tomĂ© todos y los metĂ en el carrito de compras. El cual estaba repleto de comida. HabĂa frutas, galletas y pan integral, carnes rojas y blancas, masa para panqueques, pasta por montĂłn. En fin, todo el trompo alimenticio estaba en mi carrito.
Llegué con prisa a la caja. Pagué y con más prisa traté de llegar al departamento.
SoltĂ© las bolsas en la encimera junto con un suspiro de alivio al ver que Mia aĂşn no habĂa salido de su cuarto. PensĂ© en quĂ© situaciĂłn estarĂa ella si yo no fuese venido ese dĂa, tambiĂ©n el motivo que ha de tener Steven de dejarla, yo… no podrĂa alejarme de una chica como ella.
Vacié las bolsas colocando y acomodando cada cosa en su lugar, imaginando la sonrisa de mi novia al ver todo esto.
Al terminar, me asegure de que nada estuviese fuera de su sitio.
Fui a tocar la puerta de Mia, no obstante, está estaba abierta.
Me adentrĂ© y estudiĂ© su cuarto. La Ăşltima vez que estuve ahĂ fue estando sin camisa. SonreĂ al recordar sus mejillas rojas en tono marrĂłn. QuĂ© linda se veĂa asĂ.
No conocĂa mucho a Mia, pero en su cuarto se encontraba toda su personalidad. Las paredes Blancas daban luminosidad al ambiente, en ellas colgaba poster y collages de revistas de chicas. Un su escritorio habĂa un desastre de revistas y libros, no era muy organizada mi novia. En el pizarrĂłn que decoraba su escritorio, habĂa bocetos suyos y aunque no pueda ver los colores en ellos… los imagino llenos de vidas a full color. Era una diseñadora innata… una muy dulce y tierna.
Ella era como una explosiĂłn de colores que creĂa ver.
Parecerá raro, pero en mi vida jamás habĂa visto una marrĂłn tan vivo como el de sus ojos… era el Ăşnico color de ella que podĂa ver y me encantaba apreciar esa mirada vivaz cada que podĂa. Sus ojos son mi color favorito, ella es mi color.
Y su sonrisa… su sonrisa ocasionaba nuevas tonalidades de gris más claras y bellas.
ÂżPodĂa ser esto tĂpico del amor?
No lo sé. Lo único que sé es que con ella todo tiene sentido e incluso esas sonrisas sin motivos.
ReĂ por lo cursi de mis pensamientos.
Odiaba la cursilerĂa, me burlaba de mis amigos con sus novias y marĂnenme.
Estoy tan jodidamente atraĂdo a una chica que conocĂ hace unos dĂas.
BusquĂ© a mi novia para verla tirada en la cama. Se habĂa dormido. TendrĂa que estar agotada luego de dormir en un auto. RecordĂ© la forma en la que se movĂa intentando dormir, soltando de vez en cuando su ¡Chispas! o ¡Frijoles! Sin duda alguna, Mia era especial.
Observé con cuidado su precioso rostro. Era muy hermosa.
Las pruebas.
Su brillante cabello castaño caĂa en cascadas sobre las sábanas blancas. Sus mejillas refinadas la hacĂan ver adorable. Su nariz y labios finos eran irresistibles. Sus pestañas no eran largas, pero las acompañaban a sus soñadores ojos cafĂ©s. Sus cejas eran finas y delicadas como su corazĂłn, pero fuertes como su espĂritu.
Mia era sencillamente Hermosa.
Él timbre de la puerta sonó tratando de despertarla, fui rápido a ver de quien se trataba.
Al abrir la puerta mi vida temblĂł. Era Steven.
Oh, Steven, mejor no hubieses vuelto. Pensé.
—¿Qué quieres? —pregunté cortante.
Esperé su respuesta de brazos cruzados.
Lo mirĂ© con furia, querĂa darle una paliza.
—Donde está Mia.
Mire mi reloj, eran las 9:45 am.
—Eso no te importa.
—Claro que me importa. —me empujó para entrar.
—Pues no te importó cuando la dejaste sola. —rugà molesto, empujándolo de nuevo a la entrada.
No, el no pasarĂa, ni le harĂa daño.
Ella no volverĂa a sufrir por su culpa.
MIA HILL
Mi estómago me golpeó para levantarme más unos gritos furiosos lograron hacerlo.
Las voces eran de Trey y Steven.
ÂżSteven? SalĂ como bala hacia la sala.
Efectivamente era Steven. HabĂa vuelto.
—No vuelvas a dejarla sola, Idiota —Trey hecho una furia, atrajo a Steven estrujando el cuello de su camisa—. Ni siquiera te despediste —lo mirĂł con repugnancia, ese no era el Trey que conocĂa—, ÂżSabes cuantas veces se despertaba en las noches a ver si habĂas vuelto? No —gruñó—, no te importĂł.
No entendĂa el enojo de Trey, no hasta que lo recordĂ©, no le dije que lloraba por otro asunto, Ă©l seguramente pensĂł que lloraba por Steven.
—Trey… Yo… —tratĂł de decir Steven, pero su dolor se lo impedĂa.
Ninguno de los dos notĂł mi presencia.
—Tú qué. —exigió con desdén Trey.
—Basta. Tú —apunté a Steven—, vete a tu cuarto. Tenemos que hablar seriamente. Y tú —señalé a Trey–, cálmate y tómate un té verde o un calmante.
Steven se le veĂa menos triste e intranquilo que la Ăşltima vez. Me dedicĂł una sonrisa antes de irse a su cuarto. Dejándome a solas con el Tarado. Él cual estaba sentado en el sofá, mirando la puerta del cuarto cĂłmo si lanzará rayos láser por sus celestes ojos.
Estaba muy furioso.
—Trey —me senté a su lado—, ¿Por qué tan gruñón?
Se suaviza al oĂrme.
—Steven volvió —me susurra, apenado, se lamenta luego—. Ahora tendré que irme.
AsĂ que ese era el problema.
No querĂa irse.
Estaba acostumbrada a que las personas salgan huyendo de mĂ, que no entendĂ porque Ă©l no lo hacĂa.
Él querĂa quedarse, eso de alguna forma ablandĂł mi corazĂłn. SĂ, Trey era insoportable, pero sus intenciones de estar aquĂ, conmigo son honestas, no es una mala persona. Es la Ăşnica persona que me cuida y está aquĂ sin pedirlo.
—Steven se mudará —le conté—. Ya no tendrás que preocuparte por mĂ, estarĂ© bien.
Su ceño se frunce un poco.
—¿Vivirás sola? —se oyó ilusionado.
—Bueno, pensaba rentar el cuarto de Steven.
Era una de las ideas que consideré, nunca me gustó la soledad.
Me levantĂ©, yendo a la cocina. Mi panza rugĂa.
—En el refrigerador te guardé tu desayuno. —indicó Rey Ricura.
Yo sonreĂ mientras dejaba la caja de cereales para adentrarme en el refrigerador. SĂ, Trey guardĂł mi desayuno, pero no sĂłlo eso, tambiĂ©n habĂa comprado muchas cosas. El refrigerador estaba repleto de comida.
—¿Por qué compraste tanta comida? —cuestioné asombrada.
—Mi novia debe comer bien y estar saludable.
No ignore el énfasis en Mi novia.
MirĂ© a Don nutricionista apoyado en la encimera. Irradiaba alegrĂa.
Su novia.
CerrĂ© mis ojos regándole a San ArmonĂa que me guiara.
Cogà una manzana con algunas galletas integrales y sin prisa alguna las comencé a ingerir.
El celular de Rey Ricura comenzĂł a emitir notificaciones.
—Me tengo que ir —avisó viendo la pantalla de su teléfono—. Volveré con mis cosas en hora y media.
—¿Cómo qué “tus cosas”? —recalqué las comillas con mis dedos.
—VivirĂ© aquĂ. —me robĂł mi manzana.
Yo tosĂ, la galleta se me atasco en mi garganta y carraspee para hablar.
—No. Yo voy a rentar la habitaciĂłn. —repetĂ.
—Yo la alquilare. —rechisto sonriendo.
—Trey, somos novios. No esposos para andar viviendo juntos.
—Eso lo sé —se acercó—. Sólo déjame cuidar de ti como si fuera lo único que haré en mi vida.
LimpiĂł unas migajas de galleta en mi mentĂłn para llevarse su dedo a sus labios para saborearlas.
Justo cuándo se relamió su jugoso labio inferior sentà ganas de probar las migajas en su boca.
Agradecà que su teléfono volvió a sonar, deteniendo la mala influencia de mis hormonas.
—Nos vemos. —se despidió y rápidamente salió.
Oh, Trey, quĂ© harĂa contigo.
—Te trae mal. —apareció Steven.
—PorquĂ© frijoles no te despediste de mĂ.
—Ahórrate el sermón. Trey, ya me dio mi merecido —mostró su camisa rota—. Es toda una bestia.
Una bestia muy sexy. Corrigieron mis hormonas.
—Tendré una plática sobre el uso de la violencia con él —pensé en voz alta, y recordé mi otra plática seria con Steven—. Porqué te fuiste.
—No me gustan las despedidas. Los sabes. —Era consciente de eso.
—Por lo menos hubieras dejado una carta o notita que diga: Me esfumo por qué no sé decir adiós. ¿No se te ocurrió?
—Vale, lo siento. —puso su mejor puchero.
Ja. Si creĂa que con esa mueca se la dejarĂa pasar, estaba muy equivocado.
—Si me dices a donde te mudas, tendré piedad contigo. —negocié.
— Te haré llegar la dirección. Sólo no fastidies tanto.
—Te extrañé, estúpido.
—Yo a ti, renacuajo desnutrido.
SonreĂ para correr a abrazarlo.
—Mia.
—¿S�
—¿Cómo es eso de qué tú y Trey son novios?
—Sólo por un mes. —dije volviendo a mis deliciosas galletas.
Nunca las habĂa probado. Eran buenĂsimas.
—¿Sabes cuál es el apodo que le otorgaron las chicas en la universidad?
—Cuál. —inquirà intrigada.
—Baja bragas.
No me sorprendiĂł saber su mote universitario. Me lo suponĂa.
—SĂ, tambiĂ©n ha estado en trĂos y podrĂa apostar que hasta en orgĂas, pero cĂłmo sabes eso.
—Coincidimos en algunas asignaturas.
—Qué carrera estudia Trey.
Él nunca me ha hablado sobre sus estudios, esa pregunta estaba en mi ignorada lista que jamás obtiene respuestas.
Aunque si me ponĂa a especular, dirĂa que estudia sexologĂa o aspira a ser actriz porno, o sĂłlo era un chico con más espermatozoides que neuronas.
—Derecho. —contestó, dejándome pasmada.
Vaya. Este chico me sorprende cada vez más.
—No quiero que salgas lastimada, Mia —añade—, Trey es un poco egoĂsta, no tome a nadie en serio.
Volvimos al tema inicial. Mi falsa relaciĂłn con Trey.
—No es lo que te imaginas, Trey es sólo un amigo más. —aclaré.
—Bien.
Pero hay un detalle que pone todo de cabeza.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Sabes que sĂ.
—Trey hace poco estaba en el hospital —trago grueso—, sabes quĂ© le pasĂł para llegar allĂ. No sĂ©, algĂşn rumor de Ă©l en los pasillos.
—Nadie habla de eso ya que nadie sabe nada. Lo que le pasó es todo un enigma. Pero hay un rumor en boca de todos —lo miré atentamente esperando sus siguientes palabras—. Dicen que Trey está cambiando. Algo que ha dejado en claro con su comportamiento. Ya no sale con chicas, retomó el baloncesto, mejoró sus notas. Es otro creo.
—Vaya ¿Crees qué su drástico cambio se debe a lo que le pasó?
Sospechaba que asĂ era.
—Posiblemente. Sólo no te enamores. No quiero que vuelvas a encerrarte otro año en tu habitación.
Eso lo tenĂa muy en claro.
No sabĂa mucho de matemáticas, pero si sumamos Trey + Mia; su resultado será: grietas al corazĂłn.
—Sabes que soy difĂcil de engatusar. —alardeĂ©.
—Mia, tengo que confesarte algo —su semblante era serio—. Creo que me estoy enamorando de Gigi.
—¿Qué? ¿de Gigi?
AsintiĂł perdido.
Oh Vaya.
Ahora sabĂa cuál era el problema de Steven.
Su conflicto interno más la aceptación de su familia.
La familia de Steven era una muy conservadora y estricta. Yo misma fui testigo cuando me hice pasar por novia de Steven, sus padres son muy exigentes. Al conocerme le dijeron a su hijo que cortara lo nuestro porque segĂşn su criterio yo era muy rebelde e insolente. Al final, no me arrepentĂa de haberle puesto sal a sus cafĂ©s.
No me quiero ni imaginar sus reacciones cuando sepan de Gigi.
MĂnimo lo desheredan.
Mi estĂşpido sentĂa miedo de lo que pasase si acepta sus sentimientos. Lo veĂa en sus verdosos ojos.
—Te apoyarĂ© decidas lo que decidas. —le sonreĂ.
—Lo sé. —me abrazó.
—Tú renacuajo desnutrido tiene trabajo —conté alegre—, bueno, tengo que ir a la entrevista. Tengo el presentimiento de que me ira muy bien.
—¿De qué trabajarás?
BusquĂ© la nota que me entregĂł el Sr. Miller en dĂłnde habĂa anotado todo sobre el trabajo.
—Ayudante del director creativo —leà para ambos—, se escucha bien. Es la única cosa buena de tu mudanza.
—Ya ni me recordarás cuando tengas miles de bocetos que hacer.
—Yo no olvido tan fácil, Steven —le miré—. Ah y serĂ© tĂa.
—¿Qué?, tú hermana está embarazada. —analizó asombrado sus palabras.
—SĂ, serĂ© la mejor tĂa de la familia.
—Eres la Ăşnica tĂa. —dedujo con gracia.
—Justo por eso serĂ© la mejor —reĂ—. No tendrá con quien compararme.
Steven rĂo.
—¿Y cómo van con el proyecto?
Oh, mal. A mĂ siempre me va mal.
—Conocer a Trey es como aprender álgebra. —concluĂ.
—Por lo menos no intentan violarte cada cinco minutos.
Ok, Gigi no estaba bien.
—Información innecesaria. —me asqueé.
—Ya me tengo que ir.
—Por qué, si recién acabas de llegar. —dije tratando de que se quedase, aunque sea unos minutos más.
—Vendré cuando terminé la mudanza. Aún hay cosas que no aparecen —visualizó el departamento, buscaba algo—, y esa caja. —apuntó con su mentón la caja de Alice.
Tragué grueso.
—Es mĂa. —titubeĂ©.
El timbre de la puerta volvió a sonar desconcertándonos a los dos.
—¿Esperas a alguien?
—No —caminé hacia la puerta—. ¿Quién es? —grité a quien sea que estuviera detrás de la puerta.
—Somos nosotras. —gritaron al unĂsono dos voces femeninas.
Eran Tania y Ashley. SonreĂ al darles la bienvenida a mi humilde morada.
—Hola, chicas. Pasen. —las invité a entrar.
No rechazaron la oportunidad y se adentraron.
Sus ojos viajaban hacia todos los lados, hasta ir a parar en Steven.
—Ya me iba —dijo para despedirse—. Nos vemos, Mia. —besó mi mejilla y lo vi desaparecer por el pasillo.
—Me lo presentas. —pidió la pelirroja babeando el rastro de Steven.
No la culpaba. Él estúpido era muy guapo.
—No está interesado en relaciones sentimentales ahora.
—Qué mal. —se tiró sin decencia en mi sofá.
—Y quĂ© las trae por aquĂ, chicas.
—Vinimos a raptarte. —respondió Tania, sentada en el sofá del frente a Ashley. La miré atenta.
—Si, para ir a una discoteca nueva en la cuidad —explicó la pelirroja—. Primero iremos al spa, luego de compras —sonrió al decir compras— y por último a la disco.
—Chicas, de verdad, me gustarĂa mucho ir, pero no tengo mucho dinero como para gastarlo de tal forma.
—Oh, por eso ni te preocupes. Usaremos la tarjeta de Trey. Me debe una grande. —dijo Tania como toda una mafiosa.
SĂ, ella coleccionaba resentimientos.
—No creo que sea buena idea. —consideré la oferta.
Trey se enoja con facilidad. Gastar su dinero no estaba en mis planes. En estos casos, es mejor evitar que pagar.
—Cuándo Trey te vea, se le olvidarán las últimas cifras de sus cuentas. —alegó Ashley
—Anda ÂżsĂ? —ambas hacĂan pucheros.
—Tengo una cita pendiente con tu hermano. —excusé.
—Mejor aĂşn. Vamos a la discoteca y tienen su cita allĂ.
—Yo creo que…
—Vamos. —me empujaron por la puerta.
AhĂ entendĂ la familia Lifford llevaban la terquedad en la sangre.
—Ok, suéltenme y me voy a las buenas con ustedes. —exigà y me obedecieron.
Caminamos por el estacionamiento hasta visualizar un Mercedes gris. Wau qué auto.
—¿Es tuyo? —pregunté a Tania que asintió en afirmación.
—Mi bebé. —acarició su coche.
Steven sal de ese cuerpo, no te pertenece.
—Lo quiere más que a mĂ. —Ashley limpiando una lágrima imaginaria en su pálido rostro.
—Entremos.
Estas chicas eran buena onda, sĂşper alegres y chistosas. Nunca sabĂas cuando hablaban en serio. Todo un lĂo.
—¿No tienes amigas?
TenĂa. RecordĂ© a Alice.
—No, Ashley. —dije apacible.
—Pues ahora tienes dos. —guiño uno de sus verdosos ojos.
SonreĂ.
—Llegamos. —canturreó Tania emocionada.
Al entrar al spa, todo se veĂa costoso y lujoso. Mi cartera quiso correr y mi tarjeta le dio un infarto fulminante.
Primero, fueron las mascarillas. SegĂşn Mati; el estilista de Tania; la mascarilla de aguacate ayudarĂa a la resequedad en mi piel. SiĂ©ndoles sincera, la viscosidad del aguacate en mi rostro fue desagradable, toda esa falta de agrado fue suplantada por maravillosos resultados. Mi tez era brillante y radiante. La mascarilla tenĂa poderes sobrenaturales. ÂżSerá Ă©ste el secreto de belleza de Rey Ricura?
QuĂ© andarĂa haciendo. PensĂ©.
Justo cuando la pantalla de mi celular se iluminĂł mostrando la foto de Trey registrado bajo el nombre “Futuro Esposo” creĂ en la telepatĂa. Pero eso era lo de menos. ÂżCĂłmo habĂa conseguido mi nĂşmero? O peor aĂşn ÂżCĂłmo se habrĂa registrado en mis contactos con ese apodo?
Mi mente respondiĂł a mis preguntas con el flashback de cuando Trey me tendiĂł mi iPhone para llamar a Steven. No hace falta decir que no tenĂa contraseña. ContestĂ© su llamada.
—¿En dónde estás? —su voz grave cargaba con un leve enojo.
Qué amargado.