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2075 Words
—Si no te conociera lo suficiente diría que estás a nada internarme. —bromee. —Si ese fuese mi plan, ya estarías internada en un psiquiátrico de alta seguridad por cortarme media ceja. —Igual me hubiese escapado —aseguro—. Además, el corte te hace ver malote. De algo me tenían que servir haber visto muchas veces Plan de escape. Fue como un tutorial de “¿Cómo escapar de prisión?” Escuché su sonora carcajada. —No sé qué haría sin ti. —consta entre jadeos. Por lo menos uno de los dos disfrutaba esto. Unos escandalosos gritos captaron mi atención, mis ojos dieron con la culpable. Una chica rabiosa y furiosa que estaba atacando verbalmente a un chico, demostrándole quien manda. Sus gritos eran fuertes y bruscos, tanto que llegué a oír parte la discusión. —No puedes simplemente dejarlo, tarado. —gritó la chica de cabellos azabache y ojos marrones. No la conocía y ya me caía bien ¿Por qué? Solo miren, sabe hacer buenas rabietas, tiene carácter y tiene en claro quién manda. —No voy a cambiar de opinión, Tania. —contradice el chico que veo de espaldas, también tiene su carácter, no da señales de rendirse. —Genial —solloza— ¡vete! Vaya, ahora lloraba, sus ánimos no están estables. —Sabes que no puedo irme —intenta abrazarla, pero se aparta como si su tacto le quemara, exhala—. Te espero adentro. El triste tarado agita su de cabello castaño y creo que mi mirada le pesa porque se gira, me veo en sus ojos... ¿Celestes? Celestes oscuros. Me deja sin aliento. ¡Qué Ojazos! Se encuentra a sí mismo en mis ojos, me veía sorprendido e incluso parecía no creer que me estuviese viendo, su boca se abre ligeramente, recorriéndome en su campo de visión. ¿Me habría visto antes? Le sonreí por... yo que sé, luego busco una razón. Y por inercia la comisura de sus labios dio la bienvenida a una pequeña sonrisa, pequeña y adorable. Permítanme derretirme. Esperen… ¡Me está sonriendo! Mi pulso se aceleró, es porque mi corazón escaparía de mi pecho. Agachó su cabeza aun sonriendo como un tonto, empezando su andar con pasos firmes y decididos, no despegué mi atención de él en ningún momento hasta que desapareció al cruzar la entrada del edificio. Mi cerebro jadea. Que chico tan lindo. Suspiro. Un chasquido rompió mi estado hipnótico. —... ¡Mia! ¿Me estás escuchando? —era Steven. —Sí. —¿Qué te dije? —No, la verdad ni sé que me hablas. Sinceridad por encima de todas las cosas. —Sé que está buenísimo, pero tampoco es para que prepares sopa de saliva en su honor. —Cállate, estúpido. —mascullo cabreándome. —Claro, señorita mejillas de tomates. Si antes de ese comentario las tenía rojas, ahora encendidas debían hasta brillar. Me cubrí la cara con mi mano con la esperanza de tragarme mi vergüenza. —Deja de molestar y mejor entremos. Eso hicimos. El hospital era como cualquier otro. Nada en especial. Sr. Gruñón me guío hasta una especie de sala que, a diferencia del ambiente hospitalario, era muy agradable y cómodo. En cuanto entramos ocho pares de ojos nos observaron. Dentro de la sala había tres chicas y cinco chicos, con ellos unas dos sillas que nos esperaban. Steven ocupó su silla y yo me ubique a su lado. las sillas estaban situadas perfectamente para formar un círculo. Me dediqué a explorar y apodar a las personas a mi alrededor. La primera chica, era delgada, tenía el cabello castaño en un corte muy osado, no pude verle su cara ya que su cabeza caía hacia delante, asumí que dormía. llevaba tenis blancos muy limpios y en buen estado, jeans oscuros y una camiseta de The Beatles. Su vibra era rebelde y perezosa. El chico situado a su lado, le lanzaba bolitas de papel, Visualice su aspecto monocromático; compuesto por jeans desgastados, una camiseta de tonalidad más clara que el resto, combinada con una chaqueta de cuero n***o con demasiadas tachuelas, tenía el cabello revuelto de forma salvaje, su rostro era adorable como un conejito, pero su tatuajes y piercing lo declaraban todo un Bad Boy. La otra chica era inusual, su cabeza estaba oculta bajo la capucha de su chaqueta vino tinto donde se escapaban mechones rojizos, llevaba un enorme suéter que se la tragaría en cualquier instante, jeans opacos, zapatillas vans desgastadas, sus manos eran delgadas y frágiles en ellas era notables las cutículas dañadas de tanta mordedura, sus diminutas uñas lo confirmaban. Esta chica tenía un aura tímida, inteligente y misteriosa. El cuarto m*****o del grupo, un chico que parecía ser un muñeco, su cabello medio rubio bien peinado y firme, sus ojos verde oliva, nariz griega y labios gruesos, sin embargo, su belleza era opacada por la meticulosa perfección que sostenía, camisa blanca sin una arruga ni mancha exponían sus anchos hombros, el pantalón azul casi intacto se percibía nuevo moldeado a sus piernas como segunda piel, sus deportivas blancas eran limpias y relucientes lo hacían ver quisquilloso. En total, ese chico amaba la limpieza, Era Míster Perfecto. El siguiente a su lado, era chico cuya apariencia física atraía con un imán, su cabello era rosa (Sí, Rosa) y muy largo, tenía una sonrisa coqueta de labios rojos, sus pómulos resultados con rubor suave, cejas refinadas, nariz perfilada y sus ojos ámbar enfocados en su víctima: Steven. Miré al susodicho, que evadía contacto visual con sus mejillas de tomates. Oh, después de todo sí conocía la vergüenza. Él llevaba un atuendo a la moda que consistía en un top lleno de brillos (Aaaaaah, amo los brillos), un pantalón de cuero n***o y botas con estampado de leopardo. Ese ser era toda una fierecilla. La última chica la reconocí. Era Tania. La "Escandalosa". Ahora que la tenía más cerca pude detallar mejor su rostro cuadrado. Cabello azabache, ojos cafés, pómulos marcados, nariz pequeña, labios delgados, cejas finas y su piel sublime. El noveno integrante a mi izquierda, era a toda sonrisa, muy alegre y feliz, tenía el cabello castaño ondulado y explosivo, se le veía más joven que todos nosotros; quizá sea el bebé del grupo, cejas delgadas pero pobladas, grandes ojos cafés, mediana nariz recta, labios provocativos y finos, con un montón de chispas de canela en sus mejillas. Ternurita vestía un conjunto deportivo, mono blanco y buzo n***o, sus zapatos no eran tenis, el movía de un lado al otro el conejito rosa de sus pantuflas. La palabra para describirlo era: ADORABLE. El atractivo tarado y último chico se encontraba tarareando la canción que reproducían sus auriculares, su dulce vocecita era la música que ambientaba aquel lugar. Su estilo era informal y casual, lo delataba su camisa de estampados a cuadros en distintos tonos de azules; la cual le quedaba tan sensual, pantalones de un rojo muy oscuro se ajustaba a sus largas y fuertes piernas, combinados con unos tenis blancos con dibujos torpes en n***o. Todo resaltaba su atlético cuerpazo. Sus labios rosados bailaban tal melodía y poseían el contenido perfecto para dar exquisitos besos, nariz pequeña y adorable, cejas pobladas y con muy buena simetría, unas pestañas qué envidiar, mandíbula muy pronunciada. Mis ojos descendieron hasta conectarse con un par de ojos celestes hipnóticos culpables de mis suspiros. Su atención era mía. Mi distracción era él. Su actitud decía: "Soy un chico altera hormonas, baby" Lo es. Traspasaron unos minutos y una mujer de al menos treinta años hizo aparición en la sala, pasó a ocupar la silla del centro. Uno de sus brazos sostenía un vaso de agua que fue colocado en el suelo. Su mirada analítica observó con sumo cuidado nuestros detalles, buscando dentro de cada uno de nosotros. Mi nervioso se activó cuando su evaluación visual recayó en mí, sus marrones ojos iniciaron en mis zapatillas oscuras para terminar en mi collar en forma de estrella, pero un escalofrío sacudió todo mi cuerpo, vi directamente a sus esferas cafés oscuras e intimidantes, rompí el contacto sintiéndome vulnerable y expuesta. Era como si bastara mirarte para descubrir tus secretos. Continuó su inspección y a más tardar la mujer carraspeo para poder hablar. —Vida —dijo en un hilo de voz—. La vida puede definirse como nuestro período de tiempo o duración aquí en la tierra. Desde que nacemos vamos siguiendo las fases que la sociedad nos dicta. Nacer, respirar, desarrollarse, procrear, evolucionar y morir. Pero ¿Ha tenido algún sentido estar por aquí? —pausó reflexionando—. Vivir es la magia que le da la razón a nuestra existencia y nos otorga la satisfacción de vibrar al lograr lo que deseamos. Lo que le da sentido a la vida es nuestro propósito en el mundo, la razón tras nuestra existencia. Y ustedes —pasó su mirada de uno a uno—, ¿conocen el propósito de su vida? El silencio fue una afirmativa a su pregunta. —Eso pensé. Mi nombre es Samanta, soy la psicóloga del hospital y les doy la bienvenida a mi grupo de apoyo. Parpadeo. ¿Grupo de apoyo? Viro bruscamente mi cabeza para mirar a Steven, el muy imbécil me sonreía. No sé cuál sea el propósito de mi vida, pero mi único propósito ahora mismo era golpearlo hasta adelantarle las fases de la suya. Estúpido, esta me la pagas, pelele patético. —Buenos días. —escuché decir a la mitad de nosotros. —Mi grupo de apoyo tiene una a duración de un año. Su única actividad será un proyecto en pareja, deberán aprender, conocer y saber lo más que puedan sobre su compañero, además deberán ayudarse mutuamente para descubrir su propósito en este mundo, esto con la finalidad de fomentar la empatía y fortalecer lazos afectivos. —asignó la psicóloga. —¿No nos vamos a presentar, contar historias tristes y deprimentes para terminar llorando? —preguntó sarcástica la chica perezosa y rebelde aún adormilada. —Cada uno de ustedes está aquí por razones íntimas y privadas, no voy atosigarlos ni obligarlos a que las cuenten, el hecho de haber venido de forma involuntaria me es suficiente. En cuanto a sus prestaciones, sólo digan sus nombres, el resto lo harán al finalizar el proyecto, las presentaciones serán invertidas, es decir, su compañero dará a conocer los datos recopilados en su investigación y viceversa. ¿Entendido? —Sí. —gritamos al unísono. ¿En qué me había metido? En un grupo de apoyo, ya supéralo ¿no? Tienes traumas más impactantes que esto. Recalcó mi conciencia. Un notable carraspeo me devolvió a la realidad, había sido la primera persona en presentarse. —Ariana. —era el nombre de la chica perezosa con un bostezo. —Nick. —se presentó el Bad Boy. —Olivia. —afirmó en tono casi audible la misteriosa chica. —Harry. —soltó orgulloso de su nombre, el señor perfección. —Gigi. —un Grrrrr sonó al final de la oración de esa fierecilla con cabello rosa. —Steven. —enunció Sr. Gruñón. —Mia. —terminé por decir. —Trevor. —escuché decir al risueño chico a mi otro lado. —Tania. —pronunció aún sin ánimos de hablar. —Trey. —dijo Rey Ricura, brindándome un guiño que dio paso a una creciente sonrisa. Este chico será mi perdición. —¡Bien! Ahora elijan a su pareja definitiva para realizar su proyecto. —ordenó con entusiasmo, Samanta. Muchos fuimos desconfiados a la hora de agruparnos, se preguntarán: ¿Quién iba a ser mi pareja? Estaba muy fácil, mi estúpido favorito. Steven. Sonrío imaginándome defiendo sus no tributos, tenía que hacerlo sufrir hasta el final. Era la forma más divertida y amistosa de cobrarle su genial sorpresa. Me vuelvo a él, pero como no soy la favorita del universo, la fiera rosa me arrebató a MI estúpido, se me adelantó, me trago la propuesta de hacer equipo. Oh, Gigi, ya formas parte del enemigo. Y no es nada personal. Pensaba en una alianza con Gigi en contra de Steven para hacerlo pagar o por lo menos para enseñarle como agotar su paciencia, sin embargo, el sonido del impacto entre del suelo y la silla colocada delante de mí, sacudieron mis ideas. Elevé mi vista para buscar al dueño del asiento. Me derretí. —Tú y yo, preciosa. —aclamó, muy mandón un tarado. Trey.
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