Narra Ángeles
Corría de un lado para otro porque no quería llegar tarde, mientras alistaba a Dulce María para la guardería intentaba darle mordiscos a mi pan.
—Ven, déjame ayudarte con la niña —dice Victoria tomando a la bebé—. Oh, es que estás pesada.
—Gracias Vicky.
Mi amiga se lleva a la niña para que yo pueda terminar de organizarme, anoche mi hija tuvo una leve fiebre y no dormí las horas completas, estuve al pendiente de ella, la alarma sonó y no la escuché.
—Si quieres yo llevo a esta preciosura a la guardería, igual está de camino a mi universidad.
—No Vicky, ya hiciste demasiado por nosotras, debes estar cansada.
—No te preocupes, haría cualquier cosa por estas mejillas regordetas.
—Te lo agradezco, de verdad, prometo compensarlo.
Me recogí el cabello en una coleta y crucé en mis hombros el bolso que uso diario, me di un vistazo rápido en el espejo y no estoy tan mal, al menos me veo presentable.
—Adiós mi amor, pórtate bien en la guardería, te amo —le digo a mi hija dejando un beso en sus mejillas.
Despedirme de mi hija cada mañana es la parte más dura de todas, aún recuerdo cuando tuve que dejarla en la guardería por primera vez, estaba por cumplir solo tres meses; pero no podía quedarme en casa sin hacer nada. Recuerdo que ese día lloré en el trabajo porque me hacía mucha falta mi bebé. Ahora, Dulce María está por cumplir cinco meses, agradezco a Dios que es una niña muy tranquila y sus cuidadoras en la guardería la aman, ellas han sido mis ángeles.
—¡Adiós! –grité dando una última despedida a Vicky y mi bebé.
Salí del departamento y corrí por las escaleras, bajo tres pisos todos los días, toca de esta manera porque el elevador dejó de funcionar hace como un mes. Creo que nos tendremos que adaptar, el administrador no le hace mantenimiento a absolutamente nada en este viejo edificio.
—¿Tienes algo para mí? —le pregunto a Jeison, el chico de la mensajería.
—No, no tengo nada.
—Es una lástima, hace semanas que veo mi buzón vacío.
Mis padres son las únicas personas que se comunican conmigo, cada que pueden me envían una carta o me envían cosas por el correo. Lo sé, no es algo habitual, pero mi padre no sabe usar los “aparatos” así les dice a los móviles. Mi padre es un anciano, realmente es mi abuelo materno, él me crio, le llamo papá desde que tengo uso de razón. Mi madre se divorció de papá cuando yo era solo una niña, él tuvo problemas con el alcohol y eso trajo diferencias entre ellos, las peleas y discusiones aparecieron; cuando el respeto se perdió entre ellos, también se perdió el amor. Así que, nos mudamos a casa de mis abuelos y allí él, mi gran amor Ignacio, reemplazo la figura paterna que me hacía falta.
Me quedé en la parada de buses por más o menos cinco minutos, agradecí tanto llegar a tiempo a la estación. En el camino, aproveché para sacar cuentas sobre mis gastos del mes, tengo que dividir gastos.
—Veamos, tengo que dividir los gastos de arriendo, servicios y alimentación con Victoria, también, tengo que sacar mis gastos de transporte, de la guardería de Dulce María, sus alimentos y comprarle ropita nueva porque la que tiene no le queda. Debo sacar para comprar medicamentos, el que tenía para la fiebre se acabó anoche, así que debo comprar. Restando todo esto con mi pago del almacén de tela, me quedan…
Me decepcioné un poco por el dinero que me quedaría, creí que esta vez podría enviarle algo a mi padre, pero no es suficiente. Bien, tendré que ahorrarlo y quizás el próximo mes pueda enviarle un presente.
Corrí para llegar a la tienda, estaba avergonzada con la señora Martina Faltoyano, la dueña del almacén de telas en el que trabajo.
—Oh, lamento llegar tarde, señora Martina. Ayer mi hija tenía fiebre y…
—No te preocupes, ¿Cómo está Dulce María?
Esta mujer es mi heroína, fue la única persona en darme una oportunidad para trabajar estando embarazada; aquí, en este almacén, creció mi panza y aquí mismo tuve mis contracciones pues el parto se adelantó una semana y media. La señora Martina me llevó al hospital y me dio el tiempo necesario para estar con mi bebé, pero me esperé solo tres meses para continuar con mi trabajo. Necesitaba continuar, ser una mamá soltera no es sencillo, agradezco tener el apoyo de algunas personas.
—Dulce está mejor, amaneció muy bien, creo que su temperatura se debe al cambio de clima; ayer cuando pasé por ella a la guardería hacía un poco de frío y quizás eso le hizo un poco de daño.
—Oh, sí necesitabas quedarte con ella me hubieses avisado, puedo arreglármelas sola al menos por un día.
La señora Martina es una mujer de avanzada edad, su cabello está completamente blanco; ella es dueña de este almacén de telas, aquí hago de todo un poco. Estoy en la caja registradora, me encargo de la contabilidad, también atiendo a los clientes. Tengo conocimientos sobre contaduría porque hice seis semestres, pero luego tuve que retirarme, también sé sobre hilos, telas y fibras naturales o sintéticas. Mi jefa me ha enseñado muchas cosas, ha sido muy amplio todo lo que he aprendido en este lugar.
Dejé mis cosas en un pequeño cuarto que usamos también como bodega, me quité mi chaqueta y me acomodé el suéter para atender a la primera cliente.
—Hola, buen día, bienvenida a Telares Martina, ¿en qué puedo ayudarle?
—Buen día, necesito encontrar una tela llamada Holán.
—Claro, aquí la tenemos.
Salí del mostrador para mostrarle a la mujer los colores de la tela de hilo fino que buscaba, también le mostré otras referencias de telas que teníamos disponibles.
—No estoy segura, no sé si es lo que busco. Es para un viaje y quiero sentirme más ligera.
—Creo que estas telas en lino pueden ayudarte, sus tejidos son frescos y ligeros.
—Está bien, me lo llevaré.
Subí a una escalera que usamos para alcanzar los rollos de tela ubicados en los estantes más altos, con cuidado lo sostuve y lo bajé. Cerca del mostrador tenemos un espacio en el que cortamos las telas, las ponemos sobre una mesa metálica y luego de medir, las cortamos.
—Ángeles, déjame ayudarte a cortar la tela ¿Qué cantidad necesita?
—Oh, gracias señora Martina, le preguntaré de inmediato a la joven.
La chica estaba mirando otras referencias, así que me di la vuelta para volver con la jovencita, pero luego de dar un par de pasos, de la nada, escucho un estruendo que me hace detener. Me giré para saber que había ocasionado el ruido y lo que vi, me alteró los nervios.
Mi jefa estaba tendida en el piso, no sabía que había pasado, fue tan rápido y repentino.
—¡Por Dios, señora Martina! —grité corriendo hacia ella para ayudarle.
Mi jefa estaba allí tendida, tenía la piel muy pálida y su piel se tornaba fría.
—Señora Martina ¿me escucha? ¡Señora Martina!
Mi corazón latía con fuerza, los nervios no me ayudaban a pensar, mi vista se tornaba nublosa y mi voz se entrecortaba.
—Llamaré una ambulancia —dice la joven que estaba dentro de la tienda.
Mi jefa estuvo inconsciente todo el rato, la ambulancia llegó y antes de irme con ella cerré el almacén de telas. La parte difícil fue darle aviso a sus hijas de lo que había pasado, más porque no sabía el motivo de su desmayo.
Ese día supimos que a la señora Martina le había dado un infarto, uno que logró soportar por fortuna, al parecer mi jefa tendría problemas cardiacos desde hace un tiempo y nadie lo sabía.
—Es una fortuna que usted estuviera allí, Ángeles. No sé qué sería de mi madre donde esto le sucediera en su casa o estando sola en algún lado.
—Estaba muy preocupada por la señora Martina, también me alivia haber estado allí para ayudarle.
—Ángeles, sé que lleva un largo periodo trabajando con mi mamá, que ha sido su única compañía pues sabe que mi hermana y yo vivimos fuera de la ciudad con nuestras familias —dice Luciana, la hija mayor de Martina—. Le agradecemos que haya sido de apoyo para su almacén, pero hemos decidido cerrarlo, quiero llevarme a mi madre conmigo. Su estado de salud, su edad, ella no debería trabajar más.
Las palabras de la mujer me dejaron aún más fría que antes.
—¿Cerrarán el almacén?
—Lo siento, Ángeles.
—No, no tiene por qué disculparse —dije con una leve sonrisa a pesar de sentirme en caos por dentro.
¿Qué se supone que haga ahora? Necesito un nuevo empleo, necesito el dinero que gano en el almacén.
—No podemos hacernos cargo a la tienda y ella necesita mantenerse en reposo.
Asentí a lo que dijo mientras pensaba en ¿Qué se supone que deba hacer ahora?
Me quedé solo un rato más, no sabía si esperar o si era necesario hablar con la hija de mi jefa para que reconsidere aquello que me perjudicaría por completo, no sé qué carajos hacer. Miré la hora en mi reloj de mano y me di cuenta que ya debía pasar por Dulce María a la guardería, parece que esto ha sido todo.
Me despedí de las hijas de mi jefa que estaban conmigo en la sala de espera y les entregué las llaves de la tienda.
—Me gustaría quedarme un poco más, pero debo pasar por mi hija a la guardería. Por favor, díganle a la señora Martina, que estoy agradecida por todo y que, si necesita algo, que no dude en llamarme.
—Ángeles, de verdad lo sentimos. Nos gustaría mantener el almacén en pie, pero no es sencillo para nosotras, tenemos otros negocios en la ciudad en la que ahora vivimos y debemos estar al pendiente de nuestra madre… Dios, esto es tan…
—Está bien, entiendo, lo más importante es la salud de la señora Martina.
—Te enviaremos el pago por tu trabajo y tu liquidación, no tienes que preocuparte por eso.
—Gracias.
En el momento que me di la vuelta y le di la espalda a las mujeres, mi cara cambió a una de tragedia, esto no puede estar pasando ahora. Encontrar un empleo en el que sean flexibles conmigo, en el que pueda tener parte de la tarde libre para pasar por mi hija, que los horarios se acomoden a mis condiciones actuales, es muy complejo.
Pasé por mi hija a la guardería, como siempre las cuidadoras son amables conmigo.
—Lamento llegar tarde por mi bebé, pero tuve una urgencia.
—No se preocupe, mamita. Dulce es una niña encantadora, es un gusto para nosotras cuidar de ella.
Tomé a mi hija en mis brazos y le di un beso, a pesar de sonreír por dentro estaba muriendo.
Llegué al edificio y en el apartamento ya se encontraba Vicky.
—¡Oh, miren quien está en casa!
Ella toma a la bebé de mis brazos y la carga.
—Vicky, necesito un nuevo empleo.
—¿Un nuevo empleo? ¿Por qué?
—No sabes todo lo que pasó hoy.
Apoyé mi cabeza en la barra de la cocina y desde allí miraba la punta de mis zapatos.
—¿Te despidieron?
—No, la señora Martina se enfermó, sus hijas se la llevarán fuera de la ciudad y decidieron cerrar el almacén.
Vicky hace expresión de asombro, en sus ojos veo que también le preocupa, pero intenta darme ánimos.
—Encontraremos algo más, ya verás. Podremos encontrar un trabajo con el mismo horario flexible, quizás hasta con mejor pago, no te preocupes, te ayudaré con eso.
Al otro día, empezaría mi búsqueda del nuevo empleo. No puedo quedarme de brazos cruzados, pues las deudas no me esperarán. Así que, después de llevar a Dulce a la guardería, regresé para buscar en algunas páginas o periódicos.
—Ángeles, esta vez tengo algo para ti —dice el mensajero levantando un sobre en sus manos.
—¿De verdad? Es extraño que mis padres me manden cartas en estas fechas.
Solo espero que no haya pasado algo, sería lo último que faltaría.
—Todas las fechas son buenas para recibir cartas, sé por qué lo digo.
Le doy una sonrisa al chico y subo hasta el apartamento para revisar el correo que he recibido.
En aquel sobre encontré un mensaje de la señora Martina y con eso un cheque.
—Mi querida Ángeles, quiero decirte que me encuentro mejor, estaré en el hospital hasta esta tarde pues seré remitida a otra ciudad. Mis hijas han hablado conmigo y parece que mi edad me impide continuar con algunas cosas, lo que es triste para mí, pero debo cuidar de mi salud. Quiero que sepas que no te dejaré desamparada, le he hablado a una buena amiga sobre ti y sobre tus habilidades, eres una excelente trabajadora y mereces estar en un lugar igual de grande que tú y tus sueños. Dejaré junto a esta carta la tarjeta con la dirección del lugar al que debes ir mañana a primera hora y el cheque del pago de tu liquidación y días trabajados en Telares Martina.
Espero la vida te siga bendiciendo, por favor dale un abrazo a Dulce de mi parte.
Con cariño, Martina Faltoyano.
Sentí un nudo hacerse en mi garganta, vi las letras borrosas por las lágrimas que empezaron a salir.
—Muchas gracias, señora Martina —susurré con la voz en un hilo.